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* ¿Para qué sirve proteger a los animalitos de los bosques?

Jaguarete ("Panthera onca") Zoológico Edimburgo Escocia Reino Unido
LA IMPORTANCIA DE CONSERVAR LA BIODIVERSIDAD: ¿PARA QUÉ SIRVE PROTEGER A LOS ANIMALITOS DE LOS BOSQUES?


Mucho se habla de preservar animales y plantas, a tal punto que pocos se manifiestan en contra. Sin embargo, hay más que motivos románticos, éticos o legales: el progreso de nuestra civilización puede depender de la conservación de la biodiversidad.

La protección de áreas de bosques en un país como por ejemplo el Paraguay es muy compleja, porque la mayor parte de estas tierras han sido adquiridas por entidades privadas como inversión económica, y muchas veces parece justo que para cancelar el negocio pidan un resarcimiento monetario, que bien podría nunca llegar. De ahí que prefieran usar la tierra a toda prisa.

Como estamos hablando de dinero, es bueno reconocer que el dinero sí soluciona muchos problemas terrenales. La conservación de bosques es un problema económico: para el propietario privado que debe olvidarse de utilizar sus hectáreas, compradas muchas veces con gran sacrificio; para las ONGs que deben comprar bosques antes que sean destruidos por actividades agropecuarias; y para el estado, que debe desviar recursos para proyectos que posiblemente traigan muy pocos votos. Pero, como sociedad, es bueno reflexionar un poco sobre qué se está perdiendo al quemar bosques.

Imaginemos que hayamos heredado una biblioteca con centenas de volúmenes, muchos de los cuales los hemos leído superficialmente, y muchos otros que ni siquiera los hemos abierto y no sabemos de qué tratan. Creo que estamos de acuerdo que si necesitamos más espacio en nuestro escritorio para actividades profesionales, no vamos a prenderle fuego a todos estos libros. Claro, siempre está la posibilidad de que no nos guste la lectura, pero no podemos decir que estos libros no le serán útiles a nuestros hijos algún día. Y estoy seguro de que muchas personas alrededor de nosotros censurarán semejante acto de barbarie. Mejor sería donarlos o venderlos. Pero aunque no consigamos nadie interesado, ¿quemaríamos libros cuyo valor ignoramos completamente? Pues es eso lo que está sucediendo con los bosques en este momento.

LA BIODIVERSIDAD

Tomemos como ejemplo el Bosque Atlántico del Alto Paraná. Mucha gente cree que se trata simplemente de los terrenos sin desmatar que rodean a Ciudad del Este, Paraguay, pero no, es mucho más que eso. La frase “Alto Paraná” no se refiere al décimo Departamento paraguayo, sino que a la “cuenca alta del río Paraná”, o sea, el río Paraná desde la región de Itapúa hasta más al norte del Estado de São Paulo, con todos sus ríos secundarios afluentes: en la margen paraguaya, en la margen argentina y en territorio brasilero. Lo de “Bosque Atlántico”, que a muchos les parece un chiste en un país mediterráneo como Paraguay, se refiere a “bosque atlántico interior”, o la parte interior del bosque atlántico. El bosque atlántico es una extensa región que se extiende (o infelizmente, extendía) desde el océano Atlántico hacia el interior del continente, llegando hasta la Región Oriental de Paraguay y la provincia de Misiones, Argentina. Debemos recordar que estas fronteras existen desde hace un poco más de cien años, pero los animales y plantas que viven en la región las desconocen, y de hecho ellos llegaron miles o millones de años antes.

¿Quién vive ahí? Últimamente paraguayos, argentinos y brasileros, y sus plantas de soja, caña de azúcar, maíz, girasol, sus vacas y toros, sus ciudades e industrias, y todo lo que les da sustento y mueve la economía de la región. Pero es bueno recordar que no siempre fue así: hubo una época en que no había Homo sapiens en miles de kilómetros a la redonda, y ninguna de sus plantas y animales traídos de lejos.

En esa época el paisaje era más o menos así: colinas y más colinas de bosques llenos de palo rosa, cedro, guatambú, incienso, varias especies de laurel, aguaí, timbó, yerba mate nativa, palmito, pindó, 85 variedades de orquídeas y otras 250 especies de árboles. Volando encima de ellos, águilas harpías, águilas crestudas reales, pájaros campana, loros vinosos, cinco variedades de tucanes, y otras 500 especies de aves. Más abajo, jaguaretés, pumas, ocelotes, venados, coatíes, pecaríes, mico-leones negros, serpientes, lagartos, tortugas, sapos, monos y muchas especies más. En los arroyos y ríos, nutrias gigantes de río, tapires, caimanes, yacarés, varias especies de ranas y cerca de 300 especies de peces. En resumen, miles de seres diferentes, raros y asombrosos. Y hay muchos más que todavía no fueron descubiertos, y lo que es más grave, muchos que solamente existen en estos bosques y en ningún otro del mundo.

Pero estas miles y miles de especies no interesan a muchos, porque no sirven para comer, para industrializar o, fuera algunos excéntricos sin conciencia, nadie los quiere comprar. No tienen valor monetario, ni siquiera sumándolas todas juntas. Se prefiere cambiar toda esa diversidad biológica por unas pocas decenas de especies domesticadas o creadas por nosotros, ya harto conocidas, como la soja, el ganado vacuno y afines, que valen mucho más. Pero, ¿la ecuación económica será siempre así?

CONOCIMIENTO ES PODER

Si hay algo que hemos aprendido con la ciencia experimental es que la naturaleza esconde muchas más maravillas de las que podemos imaginar. Y cuanto más observamos, más descubrimos. Imaginemos que los astrónomos sólo puedan observar al Sol, a la Luna, al Lucero del Alba, la Estrella Polar y nada más. ¿Ya se imaginó como serían los libros de Astronomía? Que los químicos sólo puedan experimentar con un puñado de elementos químicos. ¿Consigue imaginarse como estaría la Química si es que ni Mendeleev ni nadie hubiera podido reunir información suficiente para confeccionar la Tabla Periódica de Elementos? Y que los biólogos sólo puedan recorrer estancias y plantaciones y recoger muestras de sólo unas cuantas especies con valor de mercado ¿Qué sería de la Biología si Charles Darwin se hubiera quedado estudiando vacas en Escocia y nunca hubiera ido a las Galápagos?

Cada vez que se queman bosques se destruye información valiosa que la naturaleza tardó millones de años de evolución biológica en generar. Cada especie de ser vivo es el sobreviviente de una larga cadena de mutaciones y posteriores puestas a prueba por el medio ambiente en que vivió. Cada uno contiene información sobre lo que funciona y sobre lo que no funciona en la biología, sobre lo que es útil y sobre lo que es un impedimento. Cada uno es una pieza en un gigantesco rompecabezas que ni siquiera sabemos qué tamaño tiene. Y cada uno nos puede decir mucho de por qué el propio Homo sapiens llegó hasta aquí, por qué tiene las características físicas y mentales que tiene, y cuáles son las fortalezas y debilidades de nuestra herencia genética.

Y el ecosistema entero nos muestra cómo es posible nacer, crecer, multiplicarse y prosperar (no por años o siglos, sino que por millones de años) sin el cuidado de agricultores o peones. Pero muchos están convencidos de que nuestros métodos de cría de animales y plantas son superiores a lo que la naturaleza ha venido haciendo, abordo de un planeta que tiene recursos limitados y con innumerables más especies que las que hoy controlamos. Creen que ya sabemos todo, y que no tenemos más nada que aprender.

Ahora imaginemos a las futuras generaciones de biólogos estudiando sólo animales embalsamados y fotografías. ¿Qué posibilidades de aumentar el saber humano tendrán? ¿Qué dejarán de descubrir? Algunos dicen que la cura contra el cáncer o el SIDA. Otros dicen que la manera de hacer que los humanos lleguen a los 200 años. Otros dicen que dejarán de hacerse grandes descubrimientos que ni siquiera imaginamos, como cuando Fleming descubrió los antibióticos, por accidente, en hongos. Los ecosistemas naturales son enormes bases de datos con información suficiente para siglos y más siglos de investigaciones y descubrimientos, de consecuencias que nadie puede prever.

Los activistas de muchas entidades de conservación de la naturaleza son como Noés del siglo XXI, intentando salvar al menos una pareja de cada especie antes de que llegue “el diluvio”. Pero sabemos que la historia bíblica no es verdadera porque decenas de millones de especies vivientes no caben en un arca de madera de 300 codos de largo, así como tampoco caben en el Jardín Botánico, y ni siquiera en cientos de CD-ROMs. Los ecosistemas sólo caben en kilómetros y más kilómetros de ambiente natural, en este caso, bosques ancestrales. Y es bueno recordar que una vez que se los destruye, ya no hay vuelta atrás, porque cada extinción es para siempre.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 13 de agosto de 2006. Fotografía: un jaguarete ("Panthera onca") en el Zoológico de Edimburgo, Escocia, Reino Unido. Crédito de la fotografía: Pascal Blachier, de Savoie, Francia (licencia original, de la fotografía únicamente, obtenida en: http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/deed.es). Con permisso de Pascal Blachier.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. En todos los casos, las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.