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* ¿Un gigantesco planeta viniendo hacia la Tierra?

HERCÓLUBUS O PLANETA ROJO: ¿UN GIGANTESCO PLANETA VINIENDO HACIA LA TIERRA?

* A gigantic planet coming towards Earth?

Actualmente está circulando una historia de que un gigantesco planeta rojo está por chocar contra nuestro mundo en muy corto tiempo. Se alega que esto no es ficción sino que realidad. Si es así entonces ¿dónde es que está este planeta del fin mundo?

La versión en cuestión no da muchos detalles sobre este nuevo planeta gigante: sólo que sería rojo, que sería 5 ó 6 veces más grande que Júpiter (el mayor planeta del Sistema Solar), que pasaría al lado del Sol, y que esta sería una profecía a muy corto plazo.

¿QUÉ TAMAÑO TENDRÍA?

Lo de 5 o 6 veces más grande que Júpiter es un poco ambiguo, porque normalmente a los objetos astronómicos más grandes que Júpiter se les suele clasificar por su masa y no por su diámetro.

Júpiter tiene un diámetro de unos 140 mil kilómetros, 11 veces más que la Tierra.

Planetas así de grandes suelen tener un campo gravitacional muy grande, lo que les permitió atrapar una enorme cantidad de gases en sus primeras épocas, con lo que las sustancias que predominan suelen ser hidrógeno, helio, metano y agua.

Si suponemos que el nuevo planeta gigante tiene la misma composición química podríamos asumir la misma densidad y así calcular su diámetro. Con 5 veces la masa estaríamos hablando de 5 veces el volumen de Júpiter, lo que con una calculadora podemos ver daría un diámetro de 240 mil kilómetros. Aunque, paradójicamente, es probable que antes que crecer en diámetro más bien acabe compactándose, justamente por tener tanta masa.

¿CÚANTO SERÍA SU BRILLO?

Objetos muy grandes podrían convertirse en estrellas si es que tienen demasiada masa: la presión comenzará a generar reacciones nucleares en su interior. Pero se necesitan por lo menos 80 veces la masa de Júpiter para que esto suceda, aunque a partir de ya unas 10 veces aparecen unos objetos de transición, llamados enanas marrones, dentro de las que se generan ciertas reacciones secundarias muy débiles. Pero este no es nuestro caso.

Entonces, para poder ver al nuevo planeta gigante, la luz del Sol tiene que ir hasta aquel y después volver hacia nosotros. Su brillo aparente va a depender de cuánta luz del Sol le llega, de la reflectividad de las sustancias en su superficie y del área iluminada que muestre hacia nosotros. Asumiendo que el nuevo planeta gigante tenga 240 mil kilómetros de diámetro, contra 140 mil de Júpiter, con una calculadora vemos que tiene cerca de 3 veces más área circular (el área que nosotros veríamos desde la Tierra). Si su superficie tuviera la misma reflectividad de Júpiter y estuviera a su misma distancia, sería 3 veces más brillante.

Lo del color rojo es una complicación porque significa que podría ser de composición química diferente a Júpiter, por lo menos en su capa más externa. Los colores de los planetas son simplemente el residuo de luz que queda después de que las sustancias en su superficie han absorbido todo lo que pueden de la luz del Sol. Si no consiguen absorber un color, por ejemplo rojo, éste vuelve al espacio. La combinación de nubes blancuzcas y rojizas de Júpiter devuelve al espacio 52 % de la luz que recibe del Sol. La Tierra devuelve 37 %. El porcentaje en cuestión recibe el nombre de albedo.

Coincidentemente, los grandes asteroides de las profundidades del Sistema Solar (conocidos como Objetos Trans-Neptunianos) suelen ser rojizos, si bien que no son gaseosos sino que de gases congelados. El albedo de los objetos de esa región suele ser de menos de 20%, o cerca de un tercio del de Júpiter. Así, a pesar de que del nuevo planeta gigante sería 3 veces más grande, tendría un brillo total muy similar al de Júpiter, por ser menos reflexivo. Eso si ambos estuviesen a la misma distancia, claro.

¿A QUE DISTANCIA ESTARÍA?

Júpiter es el tercer objeto más brillante del cielo nocturno, después de la Luna y Venus. Está a casi 800 millones de kilómetros del Sol. Nosotros estamos a unos 150 millones de kilómetros del Sol, pero como la Tierra completa su órbita muy rápidamente, a veces ambos planetas están del mismo lado y a veces de lados opuestos, con lo que este último valor se puede sumar o restar. Pero en promedio podemos decir que la distancia de Júpiter a nosotros será de cerca de 800 millones de kilómetros.

Si duplicamos la distancia a una estrella su brillo caerá a un cuarto. Si duplicamos nuevamente la distancia su brillo caerá a un cuarto de un cuarto. Con un planeta hay la complicación adicional de que la luz que recibe del Sol también disminuirá, por lo que el brillo que finalmente nos devolverá será aún menor. Si duplicamos la distancia del brillante Júpiter, hasta 1600 millones de kilómetros, su brillo caerá a 1/16 de lo que es ahora. Si la cuadriplicamos, hasta 3200 millones de kilómetros, su brillo será de 1/256.

En Astronomía, el brillo de los astros se mide con una escala de magnitudes inventada por el griego Hiparco allá por el siglo II B. C. E. y perfeccionada por Norman Pogson en 1856. A los objetos más brillantes se los llama de primera magnitud; a los menos brillantes, de sexta magnitud. Los objetos de octava, novena, décima, etc. ya no se pueden ver a simple vista. Hay objetos que son más brillantes que las estrellas nocturnas más brillantes, y estos tienen magnitud negativa, como por ejemplo el Sol, la Luna, Venus, etc. Este es el caso de Júpiter, que llega a cerca de magnitud -3.

La escala es un poco complicada porque si el valor cae en 1 magnitud el brillo cae 2,5 veces. Si cae otra magnitud hay que dividir otra vez por 2,5 y así sucesivamente. Así, para que el brillante Júpiter se haga invisible a nuestros ojos (caiga de magnitud -3 a +7) su brillo debe caer cerca de 10 mil veces. Para conseguir esto debemos alejarlo como mínimo a 8000 millones de km de aquí, en las fronteras del Sistema Solar. Así, asumiendo que el supuesto nuevo planeta brilla tanto cuanto Júpiter, si estuviera a menos de 8000 millones de km de aquí se vería a simple vista.

¿DE CUÁNTO TIEMPO DISPONDRÍAMOS?

Si el objeto viene de las profundidades del Sistema Solar muy probablemente su movimiento sería semejante al de un cometa. Los cometas más rápidos conocidos son los cometas parabólicos, que al final de su caída (cuando ya están casi rozando al Sol) podrían alcanzar velocidades asombrosas de más de 2 millones de km/h. Pero cuando están lejos la velocidad es mucho menor. Por ejemplo, las naves Voyager están en la región de los Objetos Trans-Neptunianos andando a “apenas” 60 000 km/h, aunque a tal distancia del Sol esa velocidad ya es suficiente como para escapar del Sistema Solar.

Si tomamos esta velocidad como parámetro, un planeta así de gigante que estuviera andando en dirección contraria tardaría 15 años para llegar hasta la Tierra, desde el momento en que quede visible a simple vista.

Si usamos binoculares podríamos verlo desde mucho antes. Unos binoculares de buena calidad pueden llegar hasta magnitud 10, suficiente para percibirlo a una distancia de 20 veces la distancia a Júpiter. Podríamos verlo 30 años antes de que llegue a la Tierra, con lo que la hecatombe sucedería no en esta sino que en la siguiente generación.

Un telescopio portátil para aficionados, de buena marca y de buen tamaño, puede llegar a magnitud 15. Así una persona común podría verlo a una distancia de 63 veces la distancia a Júpiter, o sea, cuando el mundo todavía dispondría de cerca de 1 siglo.

Los telescopios profesionales como el Telescopio Espacial Hubble pueden llegar a percibir brillos tan débiles como magnitud 30, con lo que lo veríamos apenas se acerque a 2000 veces la distancia a Júpiter, con cerca de 3000 años de anticipación.

Ahora sólo es cuestión de que el autor de la profecía nos diga en qué dirección debemos mirar para que todos nosotros también podamos ver al nuevo planeta gigante. Siempre y cuando éste exista de verdad, claro.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 13 de mayo de 2007. Fotografía: Una astrónoma aficionada se prepara para una noche de observación en el desierto de Negev, Israel, en julio de 2005. Crédito de la fotografía: Ilan Shimony (licencia original, de la fotografía únicamente, obtenida en: http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es). Con permiso de Ilan Shimony.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. En todos los casos, las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.