* Astrología

Ofiuco en el “Atlas Coelestis” de John Flamsteed. La constelación está centrada en una Ascensión Recta de 17 horas 23 minutos 41 segundos y una Declinación de 7 grados 54 minutos 44 segundos Sur. Nótese que ambos pies cruzan la línea de la eclíptica, el “camino del sol”, llegando hasta los 30 grados 12 minutos 44 segundos de Declinación Sur, entre Escorpio (al que lo pisa) y Sagitario, como se puede apreciar en el mapa. Si bien estas son coordenadas de la actualidad, el dibujo de Flamsteed, en estilo rococó (por James Thornhill) fue publicado allá en 1729, mientras que por su parte Claudio Ptolomeo ya lo catalogaba en el Almagesto del año 150 C.E., y ya era mencionada en un catálogo de Eudoxo de Cnido (c. 408 B.C.E. - c. 355 B.C.E.), en el mismo lugar donde está ahora. Los babilonios en efecto también tenían una constelación en esa parte del zodiaco, pero su nombre es incierto, tal vez Nira, la serpiente conquistada por los dioses cuyo cuerpo se confunde con la Vía Láctea, tal cual ocurre con la constelación de la mitad trasera de la serpiente moderna. Muchos astrólogos probablemente tomarán nota de estos datos y encontrarán la vuelta para seguir abusando de la gente.

MISTICISMO vs. REALIDAD: ASTROLOGÍA


Hasta más o menos la invención del telescopio, hace más de cuatrocientos años, la Astronomía era usada básicamente para entender los movimientos de los objetos celestes, o sea, para obtener un modelo matemático de los cielos. Luego, ese modelo matemático era usado para obtener un “modelo astrológico”. Ese orden denotaba la importancia relativa a la que se le otorgaba a cada “estudio”, o sea, la Astronomía y la Matemática estaban al servicio de la astrología, que se consideraba una aplicación práctica.

Tal era así que, por ejemplo, Nicolás Copérnico, siendo estudiante de Medicina en la Universidad de Padua entre 1501 y 1503, tenía como una de sus materias astrología, puesto que se consideraba que este “conocimiento” era importante para entender las enfermedades.

Antes de seguir, es momento de hacer algunas definiciones técnicas:

Las estrellas son gigantescas bolas de gas ardiendo a billones de kilómetros de aquí. Todas las estrellas son soles. El Sol es una estrella. Si viajásemos hasta las otras estrellas las veríamos tan grandes y calientes como el Sol, y si mirásemos para atrás, de donde salimos, veríamos al Sol como un puntito tenue y frío.

A las estrellas se las clasifican con letras y/o números, según sus características físicas y composición química, generalmente en orden desde más calientes hasta más frías, correspondientes a azules, las más calientes, blancas, amarillas, rojas, las más frías, esencialmente con las letras O-B-A-F-G-K-M (para la anécdota: existe una mnemotecnia: Oh, Be A Fine Girl, Kiss Me, revelando la antigüedad de la clasificación).

El poeta Rabo Serpsé escribió en 2001: “La luna es un lugar, es un lugar, un lugar donde hombres han estado, dejado sus torpes pisadas y una bandera solitaria que al comienzo se rehusaba a quedar en pie.” […] “Me olvido de que la luna es un lugar, que siempre ha sido y hubiera sido inclusive si nadie hubiera ido jamás allá.” (Ref. 1) Marte es un lugar. Europa satélite de Júpiter es un lugar. Titán luna de Saturno es un lugar. Siempre han sido lugares.

Christiaan Huygens (1629-1695) escribió: “¡Qué maravilloso y sorprendente Esquema tenemos aquí de la magnífica Vastedad del Universo! ¡Tantos Soles, tantas Tierras […]! ¿Y cómo deben nuestro asombro y admiración ser incrementados cuando consideramos las prodigiosas distancias y multitud de las Estrellas?” (Ref. 2). Desde el descubrimiento con técnicas avanzadas del planeta extrasolar 51 Pegasi b por Michel Mayor y Didier Queloz en 1995, miles de planetas han sido detectados girando alrededor de otras estrellas.

El cielo como visto desde la Tierra también tiene sus coordenadas como la superficie terrestre. La latitud se llama Declinación, y va desde 0 (cero) grado a lo que está directamente encima del ecuador a 90 grados Norte ó +90 a lo que está directamente encima del polo Norte, ó –90 grados según la Declinación sea hacia el polo Sur. La longitud no se mide en grados sino que en un sistema que sigue la rotación sideral de la Tierra: la Ascensión Recta. La Ascensión Recta comienza con un cero en el cielo y a partir de ahí se cuentan los momentos en que los distintos objetos celestes van pasando por el meridiano después del cero, o sea se mide en horas, minutos y segundos. La Ascensión Recta va entonces de cero a 24 horas. Dicho de otra manera, si la hora cero comienza en determinado objeto celeste, un objeto que esté a 270 grados estará en una Ascensión Recta de 18 horas. El nombre viene del ascenso del objeto celeste sobre el horizonte ideal (visto desde el ecuador) en ángulo recto con respecto a éste; cuanto más pasa el tiempo desde que el punto cero nació sobre el horizonte, mayor será la Ascensión Recta. Por ejemplo, una Ascensión Recta de 16 h 37 min 28 s significa que el objeto nació sobre el horizonte ideal esa cantidad de tiempo después del cero. Esa es pues su ubicación. Estas definiciones las usaremos constantemente en este artículo.

Otra noción que usaremos es la de equinoccios y solsticios. La palabra equinoccio la podemos dividir en dos partes: equi-, que significa igual, y -noccio, que significa noche; esto es, el día y la noche tienen igual duración. La palabra solsticio también la podemos dividir en sol-, el sol, y -sticio, que significa estacionario; esto es, son los dos momentos en que el sol revierte su sentido desde estar lo más bajo sobre el horizonte al mediodía a estar lo más alto sobre el horizonte al mediodía y viceversa, dando cada vez una instantánea “parada” en ese movimiento.

Expliquemos mejor esto: como la Tierra tiene su eje inclinado (hoy sabemos esto) hay momentos en que está más iluminado el hemisferio norte que el sur, y media vuelta orbital alrededor del Sol, es el hemisferio sur el que está más iluminado que el norte. Entonces tenemos esas fechas límites, de más iluminado a menos iluminado, que corresponden aproximadamente a 21 de junio y 22 de diciembre, que son los solsticios. En medio de estas fechas tenemos los momentos intermedios, en que ambos hemisferios están igual de iluminados, que son los equinoccios, y que corresponden aproximadamente a 21 de marzo y 23 de setiembre. (Las fechas oscilan un día de un año para otro).

La órbita de la Tierra alrededor del Sol genera un círculo que se llama eclíptica. La palabra viene de eclipse, porque los eclipses ocurren sobre ese círculo. Desde la superficie de la Tierra, podemos proyectar la eclíptica en el cielo formando una línea, y veremos que a lo largo de un año solar hay partes del cielo que, por el andar de la Tierra, sucesivamente van quedando detrás del resplandor del Sol, desapareciendo y luego volviendo a emerger. En una revolución completa el sol aparente realiza un “barrido” completo de 360 grados en esa franja. La línea de la eclíptica marca pues el “camino del sol” por los cielos a lo largo de un año.

Otro concepto importante es el nacimiento helíaco. La palabra viene de helios, Sol, y es el primer día en que se observa un objeto celeste después de haber quedado oculto por el Sol, debido a la translación de la Tierra. Un día antes el objeto estaba oculto en el resplandor del Sol. El nacimiento helíaco es su reaparición. Esto ocurre siempre en la misma fecha del año sideral. El nacimiento helíaco de un objeto celeste ocurre justo antes del amanecer, por lo que es un evento muy fugaz.

EL USO DEL CIELO PARA LOS BABILONIOS

Los babilonios habitaban en Oriente Medio, en la Mesopotamia entre los ríos Tigris y Éufrates, desde miles de años antes de nuestra Era (si bien usamos la palabra babilonios, éstos en realidad fueron una sucesión de diversos imperios durante gran parte de su historia).

Ellos usaban dos maneras de seguir el tiempo: con las lunas llenas y con la posición de las estrellas. Las lunas llenas completan 12 meses lunares en 1 año, dando así 354 días. El año sideral es más largo, de 365 días. Tal vez mezclando ambos calendarios, llegaron a un sistema de 360 días para el año (Ref. 3). (Cuando con el correr de los años la diferencia de días con 365 sumaba demasiado, se repetía un mes [Ref. 4]).

El número 360 es muy interesante, pues puede ser dividido por un gran número de divisores: 2, 3, 4, 5, 6, 9, 10, 12, 15, 18, 20, 30, 40, 45, 60, 90, 120, 180. El 12, si bien es un número bien menor, también puede ser divido por varios divisores: 2, 3, 4, 6. Así es que los babilonios usaban ambos números con mucha frecuencia, por ejemplo para los rayos de las ruedas de sus carros (Ref. 3). Ellos también inventaron el sistema sexagesimal de 360 grados, 60 minutos para las medidas angulares y 60 minutos, 60 segundos como subdivisión de las medidas horarias (Ref. 5).

Las tablas de MUL.APIN (nombre técnico) son registros astronómicos babilonios presentes en tablas de arcilla. Las más antiguas conservadas hasta hoy son del año 687 B.C.E., pero las primeras fueron probablemente del año 1000 B.C.E., y tal vez derivan de registros más antiguos aún (Ref. 6; Ref. 7). Lo notable es que son libros de texto del conocimiento astronómico acumulado hasta ese momento.

La astronomía babilonia comienza aparentemente con una estrella: Aldebarán (Ref. 7). El nacimiento helíaco de Aldebarán coincidía con el equinoccio de primavera, el comienzo del año solar, alrededor del año 3000 B.C.E.. Aldebarán es una gigante roja de tipo K5+III, a 65 años-luz del Sistema Solar, de magnitud aparente +0,8, siendo una de las 15 estrellas más brillantes del cielo nocturno. (Cuanto mayor el número, menor el brillo. Las más tenues a simple vista son de magnitud +6. Así, se dice que Aldebarán es una estrella de primera magnitud). Tiene una estrella compañera de magnitud aparente +13 y hasta un planeta, Aldebarán b. Durante mucho tiempo se pensó que Aldebarán era parte del aglomerado abierto de Híades, pero ahora se sabe que esas estrellas están detrás y mucho más lejos, a 150 años-luz del Sistema Solar. Por su brillo y su color, Aldebarán de seguro era bastante notable para los observadores antiguos.

Así como el nacimiento helíaco de Aldebarán marcaba el paso de la estación de invierno a verano, hay otra estrella rojiza casi exactamente en el lado opuesto del cielo que tenía su nacimiento helíaco en el equinoccio de otoño boreal. Esta estrella es Antares, supergigante roja de tipo M1.5lab-lb y brillo aparente +1, a 600 años-luz del Sistema Solar, con una compañera azul de brillo de quinta magnitud, unida gravitacionalmente. Antares es una de las estrellas más grandes conocidas, con un diámetro tal que si la ponemos en el lugar del Sol, su superficie llegaría hasta algún lugar entre Marte y Júpiter. El nacimiento helíaco de Antares marcaba el paso del verano al invierno, lo opuesto de Aldebarán.

El sol sale al amanecer en la región este y se pone en la región oeste, pero no exactamente en esos puntos cardinales. Excepto en los equinoccios. En esos días, el sol nace exactamente en el Este y se pone exactamente en el Oeste. Es así pues que con los nacimientos helíacos de Aldebarán y de Antares se tenía una marcación muy precisa de los puntos cardinales Este y Oeste.

Veamos ahora lo que pasa con los solsticios. En esos días, el sol nace lo más al norte en el horizonte este y se pone lo más al norte en el horizonte oeste, y análogamente con el movimiento hacia el sur. En esos puntos el sol, al mediodía, está lo más alto y lo más bajo posible en el año solar, marcando la mitad del verano y la mitad del invierno. Manejando estos datos de la posición del Sol se pueden obtener el punto cardinal Norte y el punto cardinal Sur, pero su resplandor y la dificultad de estimar el momento del “sol estacionario” hace que monitorear las otras estrellas sea mucho más fácil (Ref. 4).

En las fechas de mitad del verano boreal ocurría el nacimiento helíaco de una estrella hoy conocida como Régulus. Es en realidad un sistema cuádruple de estrellas ligadas gravitacionalmente, a 79 años-luz del Sistema Solar, de brillo de magnitud aparente +1,4. El día en que Régulus tenía su nacimiento helíaco se sabía que al mediodía estaba (junto con el Sol) prácticamente apuntando al punto cardinal Norte (aunque es necesaria la sombra de una vara para observar esto desde la latitud de Babilonia, fuera de la región tropical).

Así como el nacimiento helíaco de Régulus marcaba la mitad del verano, el nacimiento helíaco de la estrella Fomalhaut marcaba la mitad del invierno, aunque estaba muy baja en el horizonte desde Babilonia (Ref. 7). Sin embargo, es muy brillante, de magnitud +1,16, por lo que puede resultar útil. Es una estrella que está a 25 años-luz del Sistema Solar, y con la estrella TW Piscis Austrini y la estrella enana marrón LP 876-10 constituye un sistema triple ligadas gravitacionalmente. Tiene un planeta detectado, Fomalhaut b. En la época del 3000 B.C.E., al mediodía del día de su nacimiento helíaco apuntaba, junto con el Sol, aproximadamente al punto cardinal Sur, y como decíamos, en ese momento era aproximadamente la mitad del invierno boreal.

Con el tiempo, los babilonios, así como diferentes culturas alrededor del Mundo, empezaron a señalar a esas estrellas con las estrellas circundantes. No tardó mucho en que empezaran a “unir los puntos” para formar figuras conocidas, un truco psicológico conocido como pareidolia. (La pareidolia es la responsable de que algunos vean estatuas en las nubes, un conejito en las manchas de la Luna o el rostro de Jesús en una vieja tabla de planchar). Cada cultura tenía sus propios dibujos, pero los babilonios veían un toro, un escorpión, un león y un pez en un torrente de agua donde estaban Aldebarán, Antares, Régulus y Fomalhaut, respectivamente (Ref. 7). Cada resultado del “une los puntos” se llama asterismo, y con el tiempo toda la región del cielo circundante al asterismo y todo lo que hay dentro de dicha región pasó a llamarse constelación.

Con el tiempo, empezaron a buscar otras estrellas brillantes cuyos nacimientos helíacos correspondiesen a los 12 meses del año. Es así que comenzaron a llenar de asterismos y constelaciones a la franja del cielo que recorre el Sol, de forma aparente, a lo largo de un año sideral. Esas 12 constelaciones mensuales se convirtieron así en un gigantesco calendario en el cielo.

Estos y otros asterismos que iban inventando eran muy importantes para los babilonios porque sus nacimientos helíacos marcaban fechas importantes en el calendario solar agrícola: cuándo plantar, cuándo cosechar, etc..

Otras culturas, como las culturas de los navegantes del Mar Mediterráneo, empezaron a llenar toda la bóveda celeste con sus propias pareidolias, aparentemente como ayuda para la navegación. Así surgieron decenas de asterismos de todo tipo y sus constelaciones correspondientes (Ref. 8).

Algunas constelaciones antiguas sobrevivieron hasta nuestros días, otras no. Muchas fueron transmutadas, desmembradas, amalgamadas o simplemente sustituidas, de acuerdo a como iban siendo asimiladas por una cultura que las recibía de otra a través del tiempo. Otras son de creación reciente, por ejemplo, como resultado de las exploraciones al Hemisferio Sur.

Al fin práctico de las constelaciones, sin embargo, luego se le unió un fin supersticioso: llegó un momento en que se convirtieron en sagradas. Varias culturas hicieron lo mismo con sus asterismos, pero otras no, notablemente la cultura judía, de la cual deriva el cristianismo. Por ejemplo, a pesar de que también se originó en Mesopotamia, la cultura judía era monoteísta, diferente de la babilonia, que era politeísta. Entonces tenemos ejemplos en las Escrituras, como en su ancestral y milenario Génesis, que dice ya en su en primer capítulo: “[versículo 14] Dijo luego Dios: ‘Haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, que sirvan de señales para las estaciones, los días y los años, [15] y sean por lumbreras en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra’. Y fue así. [16] E hizo Dios las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que señoreara en el día, y la lumbrera menor para que señoreara en la noche; e hizo también las estrellas. [17] Las puso Dios en el firmamento de los cielos para alumbrar sobre la tierra, [18] señorear en el día y en la noche y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. [19] Y fue la tarde y la mañana del cuarto día.” (Ref. 9). O el libro de Deuteronomio: “No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército del cielo, te dejes seducir, te inclines ante ellos y los sirvas, porque Jehová [Yavé], tu Dios, los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.” (Ref. 10). También el libro de Job: “Él hace el Oso, Orión y las Pléyades, y las constelaciones del cielo del sur;” (Ref. 11), y en otra parte: [31] ¿Puedes atar las bandas de las Pléyades, o soltar los cordones de Orión? [32] ¿Puedes dirigir las constelaciones en sus estaciones o guiar al Oso con sus cachorros?” (Ref. 12). Y siguen los esclarecimientos, por ejemplo en Salmos: “Cuando miro al cielo, que hicieron tus dedos, y veo la luna y las estrellas, que colocaste en su lugar,” (Ref. 13). Y en el libro de Amós: “Pero hay uno que hizo las constelaciones Pléyades y Orión; él puede convertir la oscuridad en mañana y la luz del día en noche. Él convoca el agua de los mares y la vierte sobre la superficie de la tierra. ¡El Señor es su nombre!” (Ref. 14). El mensaje es claro: existe un solo creador, y los objetos creados son simplemente eso: objetos.

Una nota sobre las Pléyades y Orión: las Pléyades, ó M45, es un aglomerado abierto (de origen común y ligadas gravitacionalmente) de más de 1000 estrellas, situado a unos 440 años-luz de nosotros, de las cuales sólo 6 ó 7 son visibles a simple vista. En Brasil se lo llama los siete pollitos y en España las siete cabrillas, nombre con que aparece en Don Quijote (Ref. 15). Para los griegos eran 7 hermanas, y William Bouguereau pintó en 1884 una hermosa composición mostrando a seis mujeres juntas en la lejanía intentando llegar hasta una séptima en primer plano, titulada aptamente “La estrella perdida”, por la dificultad de ver a la séptima a simple vista. En japonés al aglomerado estelar se lo conoce ancestralmente como Mutsuraboshi, “6 estrellas”, y también se lo llama con el nombre moderno de Subaru, “juntarse”, que es el nombre adoptado por el fabricante de automóviles, producto de la fusión de 6 empresas y cuyo logotipo evoca a las 6 estrellas del cielo juntas (Ref. 16).

Orión era un cazador para los griegos, cuyo cinturón (del que cuelga la correspondiente espada) en dicho asterismo son tres brillantes estrellas de segunda magnitud situadas en el ecuador celeste, muy visibles, alineadas en forma equidistante. Para los árabes las estrellas son Alnitak, Alnilam y Mintaka, el hilo de perlas. Alnitak es una estrella triple de coordenadas 5 h 40 min 45 s de Ascensión Recta y -1 deg 56 min 34 s de Declinación, a unos 1200 años-luz de distancia. Alnilam es una bola supergigante azul de coordenadas 5 h 36 min 13 s de Ascensión Recta y -1 deg 12 min 7 s de Declinación, a una distancia de unos 2000 años-luz. Mintaka es un sistema estelar gravitacional quíntuple de coordenadas 5h 31 min 59 s de Ascensión Recta y -0 (menos cero) deg 17 min 57 s de Declinación, a 1200 años-luz de distancia.

Una ojeada a la Ascensión Recta nos muestra que el espaciamiento aparente en términos de ángulos horarios es de poco más de 4 minutos, y fijándonos en la Declinación notamos que están alejadas sucesivamente cerca de 1 grado sexagesimal de distancia angular una de la otra, hacia el Sur desde el ecuador celeste. Como también entresacamos de los datos, sólo Alnitak y Mintaka están a la misma distancia absoluta del Sistema Solar, 1200 años-luz, con Alnilam a casi el doble de lejos, 2000 años-luz de nosotros, por lo que el cinturón es sólo aparente. Esta diferencia de distancias absolutas en un mismo asterismo ocurre en todas las constelaciones, porque como pudo ser demostrado recién con instrumentos avanzados de 1838, por Friedrich Bessel, el espacio entre las estrellas no es bidimensional, como se creía antes de manera general, sino tridimensional.

Entre paréntesis, otro caso similar es el de las 2 estrellas más brillantes de las 37 que según Claudio Ptolomeo (c. 100 C.E. - c. 170 C.E.) hay en el asterismo del centauro Quirón, llamadas Alfa Centauri y Beta Centauri (para los árabes, respectivamente, Rigil Kentaurus, el pie del Centauro, y Hadar, un nombre propio de significado incierto). Alfa es un sistema de dos estrellas del tamaño del Sol más una enana roja en órbita a ellas, Próxima Centauri, que cuenta con un planeta detectado, Próxima Centauri b. Beta es un sistema estelar de dos supergigantes azules de tipo B1III más una enana azulada de tipo B1V, unidas gravitacionalmente. Comparemos las distancias: Alfa está a 4,3 años-luz (la más cercana a la Tierra después del Sol), y Beta 100 veces más lejos, a 400 años-luz.

Analicemos otro asterismo al azar. Que tal la Cruz del Sur: ninguna de sus estrellas está a la misma distancia que otra, variando desde 88 años-luz para Gama, 228 años-luz para Épsilon, 280 años-luz para Beta, 325 años-luz para Alfa, hasta 364 años-luz para Delta. Compárese el orden de distancia absoluta con el orden alfabético de brillo como visto desde la Tierra: en vez de ser A-B-C-D-E es en realidad C-E-B-A-D, sin ningún patrón. Esta aleatoriedad de estrellas cercanas pero tenues y lejanas pero brillantes se repite por todas partes del cielo.
Es más, estrellas de constelaciones bien separadas pueden estar más cerca unas de las otras que de otras estrella dentro de su propia constelación. Verifiquemos esto listando en orden las 12 estrellas más cercanas al Sistema Solar y las constelaciones a las que pertenecen: Alfa Centauri, constelación del Centauro; Estrella de Barnard, constelación de Ofiuco; Luhman 16, constelación de Vela; Wolf 359, constelación de Leo; Lalande 21185, constelación de la Osa Mayor; Sirius, constelación de Can Mayor; Luyten 726-8, constelación de Cetus; Ross 154, constelación de Sagitario; Ross 248, constelación de Andrómeda; Épsilon Eridani, constelación de Eridanus; Lacaille 9352, constelación de Piscis Austrinus; y Ross 128, constelación de Virgo. Pero que se sepa, nunca nadie formó una constelación con estas 12 estrellas más cercanas. Tal vez sea porque las 12 están en 12 constelaciones diferentes esparcidas por el cielo, y 9 de ellas fuera de los nombres astrológicos.

Volvamos a las 3 estrellas del cinturón del cazador según los griegos, o lo que es lo mismo, a las 3 estrellas del hilo de perlas según los árabes. Para los cristianos Sudamericanos estas 3 estrellas musulmanas son las Tres Marías judías que estuvieron presentes en la crucifixión de Jesús de Nazareth: María Magdalena, María de Nazareth y “la otra María” (esta última, María la esposa de Cleofas, o la madre de los hijos de Zebedeo, o Salomé, según los diferentes Evangelios).

Como vimos en el caso de las Pléyades y en éste de Orión, las mitologías varían completamente de una cultura a otra.
Es así que las constelaciones son pura fantasía, trucos psicológicos, pareidolias como explicamos.

Ahora veamos algo más que hay en el cielo: a pesar de que los semitas creen que existe un solo dios, como vimos, para la época de Ciro el Grande (c. 590 - c. 529 B.C.E), y con certeza desde mucho antes, los babilonios comenzaron a adorar a otras luces en el cielo que no tenían nada que ver con las estaciones o con los puntos cardinales: los planetas. Planeta, palabra que significa errante (que anda de una parte a otra sin tener asiento fijo), era llamado así porque anda de una constelación a otra, y no forma ningún asterismo. Los antiguos conocían 5: Venus, Júpiter, Marte, Saturno y Mercurio, que son los que pueden ser identificados a simple vista. Todos eran “dioses”.

El más importante era Júpiter, conocido por los babilonios como Marduk. También era llamado Bel (“Señor”), y existen relatos sobre una discusión entre el judío Daniel y el rey Ciro el Grande sobre su divinidad. Marduk, o Bel, tenía un templo centrado en un ídolo el cual era alimentado cada noche con abundante comida. Daniel decía que no era más que una estatua de arcilla forrada con bronce y los sacerdotes la volvían viva y glotona con un truco. El rey Ciro preguntó cómo podría ser esto. Daniel entonces dijo que colocasen ceniza en el suelo del templo, justo antes de cerrarlo al fin de la jornada. Esa noche los sacerdotes colocaron comida como siempre, y trancar0n las puertas del templo hasta la mañana, como de costumbre. Al abrirlas, se encontraron pisadas humanas que conducían hasta una puerta secreta dentro del templo. La mentira estaba clara: los sacerdotes, usando la puerta secreta, se robaban la comida todas las noches y decían al rey que Bel, o Marduk, estaba vivo. La verdad era otra: el culto a Bel, Marduk o su nombre moderno, Júpiter, era un vano culto a un simple objeto sin magia o espiritualidad alguna (Ref. 17). Esta verdad se cumple, por supuesto, hasta los días de hoy.

Una cosa que debemos tener en cuenta es que a pesar de que estas religiones politeístas eran muy antiguas, no necesariamente usaban el cielo para adivinación directa, a través de rayos o “energías” o lo que sea, sino que más bien lo veían como un tablero en donde los dioses (o hasta el simple porvenir) se comunicaban por señales indirectas. Era común entre los sacerdotes oficiales de las cortes reales crear augurios condicionales, del tipo “si ocurre tal cosa en el cielo entonces ocurrirá esto”, como la tradición milenaria de la serie Enuma Anu Enlil que alcanzó cerca de 7000 augurios. Toda esta práctica astrológica estaba centrada en la suerte del Estado. Existían en paralelo otras prácticas como la “lectura” del hígado de animales sacrificados, de manchas de aceite y de columnas de humo (Ref. 18).

Los horóscopos más antiguos son bien recientes, de casi la era Helenística. El horóscopo personal más antiguo conocido está en la tableta cuneiforme babilonia AB 251, guardada en el Museo Ashmolean de la Universidad de Oxford, y está fechado el 29 de abril del 410 B.C.E., cuando definitivamente sucumbieron al misticismo astrológico (Ref. 19; Ref. 20). A tal punto, de que para ese tiempo ya incluían al Sol y la Luna entre los planetas.

EL CIELO PARA LOS GRIEGOS

En el 432 B.C.E. el astrónomo griego Euctemon, de Atenas, observando sombras y haciendo cálculos, decidió fijar el comienzo del año no en función de las estrellas nocturnas sino del Sol. Así, el año comenzaba en el equinoccio de primavera, o sea la posición del sol aparente que nace en el punto cardinal Este, el día en que lo noche y día tienen virtualmente la misma duración, sin importarle la posición de las otras estrellas (Ref. 21). Esto tuvo importantes consecuencias.

Los babilonios habían dividido las constelaciones del año en 12 de tamaño igual, asignándole a cada una 30 grados, correspondientes a 30 días, completando 360 días en el año y a la vez 360 grados de la circunferencia (Ref. 4). Cada estrella significativa estaba en el medio de cada cuadro, por ejemplo, Aldebarán estaba a 15 grados del comienzo de la constelación del toro, o sea, el toro comenzaba 15 días antes del nacimiento helíaco de Aldebarán y terminaba 15 días después

Posiblemente por el hecho de que muchas constelaciones no tienen estrellas muy brillantes, Euctemon hizo otra modificación: colocar al comienzo del año el nacimiento helíaco de la primera estrella que esté en la constelación correspondiente de la secuencia. Así, la constelación comenzaba en el primer nacimiento helíaco de cualquiera de sus estrellas, la que aparezca primero, y terminaba un mes después (Ref. 21). A partir de ahí corrían todas las demás constelaciones. Como esta franja por donde “corre el sol” tiene predominantemente asterismos de animales, se la llama franja del zodiaco, de zoo-, es decir, animal.

Tengamos en cuenta, sin embargo, una información muy importante: en el zodiaco los babilonios contaban más de 12 constelaciones, entre 17 y 18 (Ref. 6; Ref. 7; Ref. 20). Pero 12 es un número más cómodo para hacer cálculos matemáticos de calendario (por ejemplo, 12 meses en un año de 360 días, etc.), por lo tanto ignoraban las demás constelaciones, y esa costumbre la mantuvieron los astrónomos que vinieron después, hasta tiempos muy recientes (Ref. 22; Ref. 23). El zodiaco babilonio como tal fue finalizado entre los años 409 B.C.E. y 398 B.C.E. (Ref. 24).

Ahora veamos lo siguiente: la Tierra tiene varios movimientos. A los más conocidos de rotación y translación se unen la precesión, la nutación y el cambio de la oblicuidad de la eclíptica.

La rotación es el giro sobre su mismo eje y dura 24 horas 00 minutos 00 segundos si lo observamos de un mediodía al siguiente mediodía, pero 23 horas 56 minutos 4 segundos si lo observamos mirando a las otras estrellas: es que su translación que ocurre simultáneamente durante ese lapso de tiempo afecta la manera en que vemos al Sol, de ahí la diferencia.

La translación es la revolución alrededor del Sol y dura 365 días 5 horas 48 minutos 45 segundos de un equinoccio de primavera al siguiente equinoccio de primavera, pero 365 días 6 horas 9 minutos 10 segundos si lo miramos en relación a las otras estrellas.

La nutación son pequeños cabeceos que realiza el eje terrestre, de unos 9 segundos de arco, y tiene una periodicidad de 18 años 7 meses.

El cambio de oblicuidad de la eclíptica son movimientos más grandes, mudando la inclinación del eje pasando de 22 grados a 24 grados y viceversa, pero en un período mucho más largo de 41 040 años.

La precesión es el cambio, en forma de una gran vuelta, de la orientación del eje terrestre en relación al polo de la eclíptica, o sea, alrededor de una perpendicular al plano de la órbita de la Tierra. Veamos cómo: el eje de la Tierra está inclinado unos 23 grados 26 minutos con respecto al plano de su órbita, y a la precesión se la suele comparar con el baile del eje de un trompo en rotación, apuntando así el eje en diferentes direcciones. El período es de 25 772 años para dar una vuelta completa y volver el eje a apuntar en la misma dirección en el espacio en la que estaba antes.

El movimiento es grande: en nuestra época el eje terrestre apunta a Polaris, una supergigante amarilla de tipo F7Ib, con una enana de tipo F6V orbitándola, y ambas siendo orbitadas a su vez por una tercera estrella de tipo F3V, todo el sistema a 430 años-luz en la constelación de la osa pequeña. Pero hace 5000 años, en la época de los babilonios, el eje terrestre apuntaba a la estrella Thuban, una gigante blanca de tipo A0III, con una compañera a una distancia comparable a la del Sol a Mercurio, juntas formando un sistema binario a 300 años-luz en la constelación del dragón. Por la precesión actualmente Polaris está a +89 deg 15 min 51 s de Declinación, mientras que Thuban ya se alejó a +64 deg 22 min 33 s de Declinación, una diferencia considerable de 25 grados.

Este movimiento de precesión es el que hace que el año solar sea diferente del año sideral, o sea, que el calendario solar varíe en relación a la posición de las otras estrellas. Entendamos esto mejor: como el eje apunta en distintas direcciones en ese período de 25 772 años, pero eso no influye en que siga habiendo estaciones y por tanto equinoccios, las estaciones, bañadas por el Sol, se adelantan en relación a la posición de las otras estrellas. Como consecuencia práctica hay dos años, el solar y el sideral, cuyos valores dimos, y esa diferencia hace que el nacimiento helíaco de las otras estrellas cambie de fecha lentamente. Es decir, el nacimiento helíaco de una estrella se atrasa en promedio 1 día cada 70 años 7 meses.

En el año 3000 B.C.E., Aldebarán estaba en cero horas de Ascensión Recta, pues era el comienzo del año. Pero esa diferencia entre año solar y año sideral la llevó a estar en la época helenística a alrededor de 2 horas y 20 minutos de Ascensión Recta, o sea, Aldebarán nacía para los griegos alrededor de dos horas y media más tarde que para los babilonios de antes, en el mismo día del año. En la época griega helenística, en el día del equinoccio de primavera el nacimiento helíaco ya no correspondía a la constelación del toro, sino a la del carnero. El cielo se movía.

El astrónomo griego Eudoxo de Cnido (c. 408 B.C.E. - c. 355 B.C.E..) observó esto e hizo entonces una modificación más: mover el comienzo del año sideral a la constelación real para su época, la del carnero (Ref. 21).

El descubrimiento del motivo de que el “cielo se mueva” (en realidad el tercer movimiento importante de la Tierra, como lo definió por primera vez Copérnico) se le atribuye al gran Hiparco de Nicea, un amante de la verdad, como decía de él Claudio Ptolomeo. Lo hizo comparando minuciosamente posiciones de estrellas anotadas por los astrónomos Timócares y su probable alumno Aristilo, desde Alejandría, aproximadamente entre el 298 B.C.E. y el 259 B.C.E con las posiciones que él, Hiparco, observaba en su propia época (Ref. 25; Ref. 26).

(Para la anécdota: para calcular las coordenadas para su época de las estrellas en la noche usó la línea Sol-Tierra-Luna, que se formó en los eclipses lunares del 21 de abril del 146 B.C.E. y el 21 de marzo del 135 B.C.E.. En esas noches, midió la posición de las estrellas con respecto a la Luna eclipsada, y sumó 180 grados para saber sus distancias angulares al Sol, y de ahí hasta el punto del equinoccio. Hiparco estudió los equinoccios con observaciones en los otoños de los años 162 B.C.E., 159 B.C.E., 158 B.C.E., 147 B.C.E, 146 B.C.E. y 143 B.C.E.; y en las primaveras de los años 146 B.C.E., 145 B.C.E., 144 B.C.E., 143 B.C.E., 142 B.C.E., 141 B.C.E., 135 B.C.E., 134 B.C.E., 133 B.C.E., 132 B.C.E., 131. B.C.E., 130 B.C.E., 129 B.C.E. y 128 B.C.E., usando para ello la sombra de un anillo de bronce ubicado en la “Plaza Stoa” de Alejandría, y también en la isla de Rodas).

Vio que entre las posiciones de estrellas de aquellos astrónomos anteriores y las de él había una discrepancia sistemática de 2 grados, siempre en el mismo sentido, lo que en el año 128 B.C.E. dedujo no como errores de catálogo sino atribuible a un movimiento hasta entonces desconocido. A este tercer movimiento Hiparco lo describió como un lento desplazamiento circular del polo de toda la bóveda celeste alrededor del polo de la eclíptica (Ref. 25).

En esa época todavía no se había descubierto que la Tierra tiene un eje de rotación, hasta la demostración de Léon Foucault en 1851, pero la comparación es válida.

Juguemos un poco con la definición de Hiparco. Razonemos como los griegos. Todo partía de la creencia de que la Tierra estaba absolutamente inmóvil. Como creían que la Tierra no giraba, pensaban que la rotación era de la bóveda celeste, y que el eje de rotación estaba en ésta, marcando un polo celeste. Como creían que la Tierra no se desplazaba, pensaban que la translación era del Sol; pero esperemos, la eclíptica, “el camino del sol” a lo largo del año, está inclinada con respecto al ecuador, y portando debía haber un segundo eje giratorio, marcando otro polo: el de la eclíptica. Y como creían que la Tierra no se bamboleaba, pensaban que el lento bamboleo debía ser de toda la bóveda celeste, haciendo, como decía Hiparco, que el primer polo ande alrededor del segundo. Éste último movimiento aparente es el que hace que los equinoccios se adelanten en el zodiaco; de cuya observación viene la expresión “precesión de los equinoccios”.

Por supuesto, hoy entendemos que la mecánica real de todo esto es diferente a la creencia de hace 2000 años, pero como una primera aproximación el efecto es análogo.

Hiparco de Nicea fue el primer ser humano en calcular dos valores distintos para el año en la Tierra. Con el valor de precesión de alrededor de 2 grados entre la época de Timócares y Aristilo y la suya, estimó que el año sideral se atrasaba con respecto al año solar como mínimo un centésimo de grado por año. Para el año solar disponía de las observaciones de los solsticios de verano de al menos 3 astrónomos anteriores, en el 432 B.C.E., 330 B.C.E. y 280 B.C.E..

(Más anécdotas: fueron Euctemón y Metón de Atenas, inicio del Primer Ciclo Metónico, de 19 años cada uno, en el 28 de junio de 432 B.C.E. al mediodía, registrado como 27 al amanecer por Claudio Ptolomeo ó 27 al anochecer según el calendario civil de Atenas; Calipo de Cícico, inicio del Primer Ciclo Calípico, de 76 años cada uno, en el 28 de junio de 330 B.C.E. al amanecer; Aristarco de Samos, 2 Ciclos Calípicos contando desde el inicio del Primer Ciclo Metónico, en el 27 de junio del 280 B.C.E. al amanecer, registrado como 26 al mediodía, fin oficial del quinto año del calendario dionisiano, en el quinto año del régimen de Ptolomeo II Filadelfo, rey de Egipto; una o múltiples fechas de Arquímedes de Siracusa [c. 287 B.C.E. - 212 B.C.E.]; y su propio registro de su observación del solsticio de verano boreal ocurrido el 26 de junio de 135 B.C.E. al amanecer [Ref. 25; Ref. 27]).

Contando los días y cuartos de día transcurridos y dividiendo por la cantidad de años, el año solar calculado fue de 365 días 5 horas 55 minutos, apenas 6 minutos más que el valor real (Ref. 25). Con este dato el valor mínimo para el año sideral sería así de 365 días 6 horas 10 minutos, que es 1 minuto más que el valor real.

Hiparco probablemente también observó, calculó e hizo coincidir el inicio del año solar para su época con algún punto dentro de la constelación del carnero (cercano a Gama Arietis, Mesarthim para los árabes, magnitud +4, que hoy sabemos es una estrella binaria, una de tipo B9V y la otra A1p Si, a 160 años-luz del Sistema Solar), punto al que estableció como el primer punto del carnero (Ref. 21; Ref. 28). Pero asimismo no usó los nacimientos helíacos de las estrellas para contar los años, sino que dejó que el primer punto se arrastre con el tiempo por la bóveda celeste, siguiendo al movimiento de los equinoccios solares. Esto es, insistió en la distinción entre año sideral y año solar, optando por este último (Ref. 21; Ref. 25; Ref. 28). Lo que no resolvió el problema para la astrología.

Cerca año 150 C.E. el astrónomo egipcio helenístico Claudio Ptolomeo terminó el libro de Astronomía más influjente hasta pasada la Edad Media: la “Sintaxis Matemática”, que pasaría a la Historia como el Almagesto, que significa “El Majestuoso”. Esta obra, en 13 tomos, expresó el sistema mecánico que intentaba explicar los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las estrellas nocturnas, poniendo a la Tierra como centro y a toda la Creación girando en torno a ella, algo que no fue discutido hasta Copérnico en 1543. Incluyó un catálogo, basado en Hiparco, de 1022 estrellas. También describió y citó los nombres de 48 constelaciones visibles desde el Mundo conocido (Ref. 29). Sin embargo, perdió la oportunidad de actualizar el comienzo del año, que ya no estaba en el carnero sino que ya había pasado a los dos peces.

LAS 88 CONSTELACIONES

Algo que Claudio Ptolomeo no incluyó en el Almagesto fueron los bordes de las constelaciones. De hecho, nadie lo había hecho hasta ese momento, más allá de las 12 divisiones del zodiaco. Para 1930 ya se habían inventado todas las constelaciones que hay en el Hemisferio Sur (como la constelación del Sextante, del Microscopio, el Telescopio, la Máquina Neumática) y algunas constelaciones del Hemisferio Norte habían sido desmembradas. La Unión Astronómica Internacional por tanto llegó a un acuerdo sobre las divisiones, que se hicieron básicamente con simples líneas rectas siguiendo meridianos de Ascensión Recta y paralelos de Declinación, bordeando en general los asterismos tradicionales (Ref. 30; Ref. 31; Ref. 32). Así se oficializaron las 88 constelaciones existentes.

Finalmente se pudieron medir las extensiones Norte-Sur, Este-Oeste y las áreas de las constelaciones y sus distintas partes con precisión. Examinemos las del zodiaco. La franja del zodiaco se extiende 9 grados arriba y 9 grados abajo de la eclíptica (el “camino del sol” aparente), en total 18 grados, para incluir el movimiento de todos los 5 planetas visibles para los antiguos.

El equinoccio de primavera boreal ahora está, después de 5000 años, a 4 horas 35 minutos 55 segundos de Ascensión Recta de Aldebarán, ocurriendo por delante de ésta. Cero horas de Ascensión Recta está ahora en los dos peces (Ref. 33: Ref. 34; Ref. 35; Ref. 36; Ref. 37; Ref. 38), y ha estado dentro de esta constelación desde el 68 B.C.E., y estará en ella hasta el año 2597, cuando cruzará la línea de la frontera con Acuario (el origen del torrente de agua que bebe el pez; incidentalmente, éste último por su parte ahora separado como Piscis Austrinus) (Ref. 38).

Por tanto, las constelaciones del zodiaco con sus fechas y el tiempo en que el sol se “pasea” en ellas es (Ref. 32; Ref. 35; Ref. 39): Piscis, del 12 de marzo al 18 de abril; el sol tarda 38 días en recorrerla. Aries, del 19 de abril al 13 de mayo; el sol tarda 25 días en recorrerla. Tauro: del 14 de mayo al 19 de junio; el sol tarda 37 días en recorrerla. Gemini: del 20 de junio al 20 de julio; el sol tarda 31 días en recorrerla. Cáncer: del 21 de julio al 9 de agosto; el sol tarda 20 días en recorrerla. Leo: del 10 de agosto al 15 de setiembre; el sol tarda 37 días en cruzarla. Virgo: del 16 de setiembre al 30 de octubre; el sol tarda 45 días en cruzarla (la más ancha). Libra: del 31 de octubre al 22 de noviembre; el sol tarda 23 días en recorrerla. Escorpio: del 23 de noviembre al 29 de noviembre; el sol tarda 7 días en cruzarla (la más estrecha). Ofiuco, constelación que se dejó de lado porque 360 grados no es divisible entre 13, entre otros motivos: 30 de noviembre al 17 de diciembre; el sol pasa 18 días en ella. Sagitario: del 18 de diciembre al 18 de enero; el sol aparente la cruza en 32 días. Capricornio: del 19 de enero al 15 de febrero; el sol aparente la cruza en 28 días. Y Acuario: del 16 de febrero al 11 de marzo; el sol aparente la cruza en 24 días. (Las fechas oscilan 1 día para más ó para menos de un año a otro).

Si contamos desde la línea de la frontera entre las constelaciones de Piscis (los dos peces) y Aries (el carnero), vemos que el equinoccio de primavera boreal en realidad cae 29 días antes (Ref. 39; Ref. 40), muy dentro de Piscis (Ref. 38). En coordenadas, una diferencia de Ascensión Recta de 1 hora 47 minutos (Ref. 32). O sea, el nacimiento helíaco de Aries ocurre con un retraso de casi dos horas con respecto al nacimiento en el Este del sol equinoccial, y la constelación de Aries está desfasada casi todo un tercio del camino desde el horizonte hasta lo alto.

La estrella Gama Arietis fue sustituida por la estrella Omega Piscium (magnitud aparente +4, tipo F4IV, a 104 años-luz del Sistema Solar) como la estrella con nombre más cercana al primer punto del año astronómico, el lugar cuyas móviles coordenadas se mantienen siempre en cero horas de Ascensión Recta y cero grados de Declinación.

Y si aún tenemos la lisonjera esperanza de volver a ver el primer día del año astronómico naciendo en Tauro (el toro), el desfasaje por el movimiento de precesión del eje de la Tierra ahora es de (después de cálculos redondos) 54 días (Ref. 39; Ref. 40). En coordenadas un desfasaje en Ascensión Recta de 3 horas 23 minutos (Ref. 32), bien más de la mitad del camino desde el horizonte hasta lo alto. La última vez que un babilonio pudo ver un equinoccio con el sol en la constelación del toro fue en 1866 B.C.E. (Ref. 38).

Y así con todas y cada una de las otras constelaciones del zodiaco. Evidentemente, el cielo del año 2000 C.E. de nosotros no es el cielo del año 300 B.C.E de los griegos y mucho menos el cielo del 3000 B.C.E. de los babilonios.

En cuanto a la constelación de Ofiuco, el héroe mítico que agarra una enorme serpiente, tan grande que su cola y su cabeza forman otras dos constelaciones separadas, siempre existió. Claudio Ptolomeo ya lo catalogaba en el Almagesto del año 150 C.E.. Aratus de Soli (fl. c. 315 B.C.E. - c. 245 B.C.E.) compuso un notable poema en versos de regla hexamétrica en el que describió su fisonomía, junto con la enorme serpiente que agarra con las dos manos al nivel de su cintura, con sus dos pies sobre el escorpión y su cabeza vecina al asterismo del que se arrodilla (“Engonasin”, posteriormente Hércules), con la mandíbula de la serpiente aproximándose a la corona boreal, todo esto perfectamente enmarcando su posición real (Ref. 41).

La inspiración para el poema parece ser un catálogo astronómico de Eudoxo de Cnido de aproximadamente el 368 B.C.E., (aunque, básicamente por cómo fueron colocados los solsticios y equinoccios, existe controversia sobre si éste se originó un milenio antes [Ref. 8; Ref. 42; Ref. 43; Ref. 44]).

Los babilonios también tenían una constelación en esa parte del zodiaco, pero su nombre es incierto, tal vez Nira, la serpiente conquistada por los dioses cuyo cuerpo se confunde con la Vía Láctea (Ref. 7), tal cual lo hace la constelación de la mitad trasera de la serpiente moderna (Ref. 45).

La supernova (explosión de una estrella) SN 1604 apareció en el tobillo derecho de Ofiuco y fue estudiada con meticuloso detalle por Johannes Kepler, quien publicó en 1606 los resultados de su investigación en un libro, conteniendo un mapa con los pies del personaje cruzando la eclíptica (Ref. 46). SN 1604 fue visible durante 1 año y llegó a magnitud -2,5, con lo que pudo verse durante la luz del día. Por las mediciones hechas, estaba más allá de la Luna, lo que sirvió de polémica para Galileo Galilei afirmando que la “esfera de las estrellas fijas” no es inmutable, como decía Aristóteles.

Por otro lado, la llamada Estrella de Barnard, una enana roja a una distancia de 5,95 años-luz que es la segunda estrella más cercana al Sistema Solar después de Alfa Centauri, está en Ofiuco. De magnitud aparente +9,5, tiene el mayor movimiento propio de entre todas las estrellas conocidas: se mueve por el cielo a 17 minutos de arco por siglo, la mitad del diámetro aparente de la Luna. Todas las estrellas tienen movimiento propio, esto es, independiente de las otras estrellas, y éste puede ser en cualquier dirección. Este fenómeno fue descubierto en 1718 por Edmond Halley (sí, el del cometa). El movimiento propio de cada estrella es un detalle no menor que no hay que olvidarlo al enfrascarse en los asterismos, pues estos cambian de forma muy lentamente con el pasar de las eras. Por ejemplo, en meros 10 400 años, la Estrella de Barnard habrá cambiado de lugar una enorme distancia angular de 30 grados, el ancho de un signo astrológico completo, hacia el noroeste. La estrella 61 Cygni (binaria de tipos K5V y K7V, a 11,4 años-luz del Sistema Solar, magnitud +5,2), ésta sí visible a simple vista, se mudará 15 grados hacia el este-nordeste. Aldebarán va más lenta, casi 3 grados en ese espacio de tiempo, pero eso quiere decir que ya cambió de lugar en su constelación casi un grado y medio desde la época de los babilonios, hacia el este-sudeste.

Después del caso de Ofiuco tenemos el caso de la ballena. Cada 27 de marzo una parte del disco solar penetra en esta constelación, y cada año penetra más y más a un ritmo de 0,2 segundos de arco por año, hasta que en determinado momento la línea de la eclíptica la cruzará y luego el sol entero se insertará en ella, siendo así la 14a. constelación en su camino (Ref. 47).

Si contamos a los planetas, y considerando a la franja del zodiaco como de un ancho de 18 grados, existen 25 constelaciones que son visitadas: el que vierte el agua, el carnero, el cangrejo, la cabra, la ballena, el cuervo, la copa, los gemelos, la serpiente de agua hembra, el león, la balanza, el que agarra la serpiente, el cazador, el caballo alado, los dos peces, el arquero, el escorpión, el escudo, el sextante, el toro, la virgen, el perro pequeño, el cochero, la serpiente y el águila (Ref. 39; Ref. 47; Ref. 48). Si incluimos a Plutón, que “fue” planeta entre 1930 y 2006, tenemos además a el pastor, la cabellera de la reina Berenice II, el río, y el león pequeño, para un total de 29 constelaciones zodiacales (Ref. 39).

LOS PLANETAS NUEVOS

Desde la Prehistoria hasta el Renacimiento, los seres humanos conseguían contar 5 de esas luces que vagan por el cielo por caminos aparentemente inciertos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. También se solía incluir al Sol y a la Luna, aunque los caminos de ellos a prima facie eran menos complicados. La Tierra era la Tierra, el centro inamovible del Universo, y por definición no era planeta.

Los babilonios los llamaban con otros nombres, como Ishtar para Venus y Marduk para Júpiter. Los griegos, cuyas mitología y astronomía eran un sincretismo de tradiciones babilonias y de pueblos marineros del Mediterráneo, los llamaban Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Cronos. La Luna era Selene y el Sol, Helios. Más tarde, los romanos, que habían adquirido una fuerte influencia cultural de los griegos, utilizaron gran parte de los mismos mitos pero con diferentes nombres, (los que llegaron a la modernidad).

Existe un notable ejemplo de este tipo de sincretismo en el Templo de Dendera, Egipto, donde en el techo de una capilla dedicada a la diosa egipcia Osiris se grabó en bajorrelieve, cerca del 36 B.C.E., en el período del régimen helenístico y protección romana, el único mapa completo de un cielo de antes de nuestra Era Común (B.C.E.). Muestra el zodiaco clásico pero rodeado por constelaciones egipcias para el resto del cielo. Las constelaciones zodiacales, sin embargo, no aparecen con las formas de las figuras greco-romanas, sino como figuras babilónicas (Ref. 7; Ref. 8).

Y una impensada unión entre la religión pagana y la religión cristiana ocurrió cuando, según Hechos de los Apóstoles, Pablo discurseó ante los atenienses en el consejo de Areopagus y equiparó a Zeus con Yavé, utilizando para ello la introducción del antes mencionado poema del pagano Aratus de Soli y repitiendo su quinto verso: “Porque en él vivimos y nos movemos y existimos, como incluso algunos de vuestros propios poetas han dicho: ‘Porque nosotros también somos su descendencia’.” (Ref. 41; Ref. 49).

El 7 de marzo de 321 el emperador Constantino el Grande ratificó de facto que la semana romana de 8 días pasase a tener 7, y que llevasen los nombres de los planetas, considerados dioses. Esos son los nombres actuales, derivados de los nombres paganos: Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes. El siguiente día era para Saturno y el día del descanso era el Dies Solis. Sábado de “Sabbath” y Domingo de “Dominicus” (del Señor) son judeocristianos, pero en inglés Saturday y Sunday aún son días de Saturno y del Sol.

(Aunque no todos los latinos siguen la nomenclatura astrológica: en Brasil los días sólo son Domingo, Segunda, Tercera, Cuarta, Quinta, Sexta y Sábado).

Notemos que el orden no corresponde al orden de los planetas como los conocemos actualmente. Es que hasta pasada la Edad Media había mucha confusión en cuanto a cuál estaba más cerca y cuál más lejos, especialmente en el caso de Mercurio y Venus.

Paremos un momento y notemos por qué, hasta este punto de este artículo, hemos dicho los nombres de decenas de seres colocados en el cielo. Hay una historia para cada objeto celeste, y cada objeto celeste tiene su historia (o diez, o cien, según a cuántas culturas se la preguntemos). Esto es por definición lo que se llama Mitología. La palabra viene de mito: un relato, generalmente tradicional, de eventos en apariencia históricos, que sirve para desarrollar parte de la visión del mundo de un pueblo o explicar una práctica, creencia o fenómeno natural.

En el mundo de los antiguos, los conocimientos humanos sobre el mundo que les rodeaba eran desde luego mucho más limitados que ahora, y peor, no existía un método consensuado para buscar la realidad. Hoy lo tenemos: el Método Científico, que prueba las ideas para ver si funcionan, y si no funcionan, las descarta.

Sin la predictibilidad de los fenómenos que nos enseñan los conocimientos científicos modernos, el mundo antiguo era muy pero muy misterioso. Debía haber seres moviendo los hilos para que funcione cada cosa, seres misteriosos actuando de manera misteriosa. Los llamaban dioses.

Los dioses tenían voluntad propia, oculta. Y el ser humano le teme a lo desconocido. Había que aplacarlos y ganarse su favor para poder sobrellevar la vida. Había un dios para cada preocupación humana. Es así que crearon toda clase de cultos, y generalmente escondían a sus misteriosos dioses en los lugares más recónditos, por ejemplo en lo más alto del cielo. La cuestión es si los asterismos y las constelaciones fueron inventados antes que los mitos, o al revés, si los mitos fueron inventados antes que los asterismos y las constelaciones. En la Edad Antigua, generalmente era de manera paralela, solapada, (Ref. 7; Ref. 8) … lo que es de esperarse de gente a quienes les costaba diferenciar fantasía de realidad.

En los siglos XVI y XVII ocurrió uno de los más drásticos cambios del modo humano de pensar del que se tiene registro: se lo llamó la “Revolución Científica”. Si bien que finalmente llegó a todos los campos de las ciencias, comenzó en la Astronomía. Hubo cuatro grandes momentos en esa Revolución. En 1543 Nicolás Copérnico publicó su libro “Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes”, donde presentó un esquema matemático del Sistema Solar que pretendía aclarar muchas de las dudas que todavía existían a pesar del Almagesto de Ptolomeo. Lo más notable desde el punto de vista mecánico y filosófico fue el considerar a la Tierra un planeta. Es decir, la Tierra (y todo lo que hay en ella) ya no es el centro de la Creación. Ese lugar lo ocuparía el Sol. Con la Tierra andando alrededor del Sol, la posición y el movimiento de los otros planetas quedaba más claro. Pero todos los mitos sobre seres celestes ahora deberían repensarse ya que de pronto la Tierra en sí se convirtió en un ser celeste.

En 1609 Johannes Kepler publicó su “Astronomía nueva”. Kepler se había educado en un seminario y era hombre muy religioso. Era un matemático extraordinario, pero también era muy místico: creía, como muchos griegos antiguos, que los cinco sólidos perfectos (el tetraedro, el octaedro, el cubo, el icosaedro y el dodecaedro) regían el cosmos. En 1596 publicó su libro “El Sagrado Misterio del Cosmos (Explicado)”, dando a conocer su siguiente idea: que colocando estos sólidos uno dentro del otro, era posible obtener las distancias relativas entre los planetas. Estos, claro, orbitarían al Sol sobre esferas, el otro sólido perfecto.

Esto tenía más de numerología que de ciencia, pero Kepler creía que podía demostrarlo. Contactó al astrónomo más renombrado de la época, Tycho Brahe, y fue a trabajar en su famoso observatorio. Pero después de más de 1000 páginas de cálculos y más cálculos sobre la órbita del planeta Marte, se dio cuenta de que había un error de 8 minutos de arco. Eso indicaba que los planetas no andaban en círculos perfectos, sino en elipses.

Podía haber despreciado ese error pequeñísimo, pero Johannes Kepler tuvo la valentía de no hacerlo. En 1609 publicó el otro libro citado en el que anunciaba con toda sinceridad que la teoría que con tanto esfuerzo había intentado probar por más de una década estaba equivocada. No entendía el porqué de las elipses, pero sí entendía que el Universo era diferente de lo que él quería que fuese. Y esa humildad es la esencia de la Ciencia.

Las tres leyes de Kepler del movimiento planetario, como llegaron a conocerse, explican en primer lugar que el camino real de los planetas son elipses, lo que trae como importante consecuencia que la distancia de los planetas al Sol es (ligeramente) variable a lo largo de la órbita. En segundo lugar, cuando los planetas se acercan al Sol aceleran, y cuando se alejan desaceleran. Y en tercer lugar (la tercera ley), cuanto más alejada la órbita de un planeta al Sol, más despacio camina el planeta por el espacio, en términos de velocidad no aparente sino absoluta. Evidentemente, hay alguna cosa en el Sol que hace que los planetas anden de esa forma, pero ¿qué?, y ¿cuál es la forma de esta interacción?

En 1687 Isaac Newton publicó lo que se considera uno de los más grandes libros de la Historia: “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”. En él se explican las leyes de la Dinámica, o cómo interactúan los objetos con las fuerzas, y la Ley de Gravitación Universal. Esta última ley explica que entre dos objetos de cualquier masa hay una fuerza de atracción que aumenta con el tamaño de las masas y disminuye rápidamente con la distancia. Finalmente, era posible describir “el camino de los dioses” por el cielo con gran exactitud. Ya no eran impredecibles.

En ese entretiempo, en 1632, un italiano se metió en un problema que podría costarle la vida por escribir un libro: “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del Mundo, Ptolomeico y Copernicano”. En él daba como vencedor al sistema heliocéntrico, con el Tierra convirtiéndose en un objeto celeste más, y nosotros humildes pasajeros de una “nave espacial”, nacida alejada del centro de la Creación. El italiano era Galileo Galilei, y gran parte de lo que escribió lo hizo por experiencia propia, con lo que vio con sus propios ojos.

En 1609 había apuntado el recién inventado telescopio a los cielos y descubrió cráteres en la Luna, y que ésta también tiene montañas y valles, cordilleras y planicies muy similares a las de la Tierra: “...así que si alguien desea revivir la vieja opinión de los Pitagóricos, de que la Luna es otra Tierra, por así decirlo, la porción brillante muy bien puede representar la superficie de la tierra [seca], y la oscura la amplitud de agua. De hecho, yo nunca he dudado de que si la esfera de la Tierra es vista desde una distancia, cuando inundada con los rayos del Sol, esa parte de la superficie que es tierra [seca] se presentaría a sí misma a la vista más brillante, y esa que es agua como más oscura en comparación.” (Ref. 50).

Apuntó el telescopio a la Vía Láctea, esa franja lechosa que se puede apreciar en noches muy oscuras, y vio que está formada por innumerable cantidad de estrellas, muchas más que las visibles a simple vista, por lo que el cielo es mucho más vasto de lo que se sospechaba.

Apuntó el telescopio a Venus y vio que no es un punto sino una esfera, y tiene fases como las de la Luna. Siguiendo esas fases pudo calcular que Venus gira no alrededor de la Tierra sino que alrededor del Sol.

Apuntó el telescopio a Júpiter y vio cuatro pequeños objetos brillantes girando alrededor de él, los hoy bautizados como satélites galileanos: Calixto, Ganímedes, Europa e Io, un “sistema solar” en miniatura.

Todo esto tuvo un impacto profundo en la mente de los lectores de Galileo. Tal es así, que el científico se volvió peligroso, porque, por lo menos a los ojos de la Iglesia Católica, destruía un orden establecido con mucho trabajo desde la época de los griegos. No importaba lo que él veía, lo que importaba era lo que se creía. Pero a pesar de que terminó en prisión perpetua, aún luego de ser obligado a retractarse de lo que vio, el cambio ya estaba hecho.

“Galileo inauguró una nueva era en la Ciencia, al poner como juez supremo la observación y la experiencia. Los griegos fueron grandes matemáticos y filósofos, pero no descollaron en la Física, justamente porque la Física es una ciencia basada en la observación y la experiencia. Los griegos eran excelentes razonadores, y creían que 'todo' podía ser resuelto pensando y discutiendo. Galileo, en cambio, admitía la importancia del razonamiento, pero dejaba que la experiencia diera el veredicto. Con él se inicia la época de la Ciencia moderna” (Ref. 51).

Y el telescopio siguió dando sorpresas y destruyendo mitos milenarios. No sólo hizo que el Sol y la Tierra intercambiasen lugares, en 1781 agregó un planeta enteramente nuevo: Urano. William Herschel, trabajando desde el jardín de su casa en Inglaterra con un telescopio de 15 cm de diámetro, convenció a los que faltaba por convencer de que la oscuridad escondía más mundos del Sistema Solar.

Era algo insospechado. Durante miles de años, durante la edad entera de la Civilización, los planetas terminaban en Saturno. De ahí para adelante estaba el pre-socrático Empíreo, el salón luminoso, donde según Dante habitaban serafines y querubines (Ref. 52), cuya luz se filtraba a la Tierra a través de esos agujeritos que eran las estrellas (Ref. 53). Estos no solamente eran descubrimientos científicos, eran cambios filosóficos.

Reconocida la Mitología como ficción, los nombres asociados a Urano son mayormente de obras de Shakespeare. Por ejemplo, a su última luna descubierta antes de la era de las naves interplanetarias, Gerard Kuiper, el primero que la vio, la bautizó Miranda, la heroína de “La tempestad”, quien exclama en la obra: “Oh, admirable mundo nuevo”, a lo que su interlocutor Próspero le responde: “Es nuevo para ti”. De hecho, Miranda existe desde antes del origen de la Vida en la Tierra, e igualmente estaría orbitando Urano estemos o no estemos aquí. A los planetas no les interesan nuestros mitos.

Al estudio de Urano se aplicaron toda las más recientes teorías y avances científicos disponibles. Un poco más de medio siglo después de descubierto, empezaron a notarse perturbaciones en su órbita que necesariamente eran de tipo gravitacional. Estudiando la órbita de ese mundo 2 veces más lejos que Saturno, 20 veces más lejos que la distancia de la Tierra al Sol, el matemático John Couch Adams se convenció de que había un planeta más allá de Urano e intentó convencer de esto a astrónomos profesionales, pero sus cálculos fueron tenidos como no lo suficientemente precisos. Simultáneamente, Urbain Le Verrier también hizo sus tremendos cálculos, que resultaron más precisos al punto de que, cuando finalmente en 1846 consiguió que un observatorio con un buen instrumento le ayude, el telescopio lo localizó en la primera noche. Es así que se dice que Le Verrier encontró un planeta (Neptuno) en la punta de su lápiz.

La nave interplanetaria Voyager 2 lo visitó en 1989, después de 12 años de viaje por el frío del espacio. Las fotografías de Neptuno nos mostraron un mundo azul con nubes blancas, que recuerda a la Tierra, aunque está hecho de gas, con tempestades tan violentas cuanto las que hay en Júpiter. La Voyager 2 confirmó que lo circunda oscuros anillos de polvo y se agregaron seis nuevos satélites naturales a la lista de dos conocidos. El mayor de estos, Tritón, era apenas un punto en los mayores telescopios, pero en las postales enviadas por la Voyager 2 aparece como un lugar casi tan grande como la Luna, pero de extraños hielos rosados y verdosos de nitrógeno y metano. Las cámaras de alta resolución nos mostraron que entre los hielos surgen géiseres de negros vapores de moléculas semejantes a las que existen en los seres vivos. Tritón resultó ser un mundo en actividad y una pieza más en el rompecabezas para entender el origen de la Vida. La distancia era tan increíble que, a pesar de que la señal viajaba a la velocidad de la luz, luego de enviar un comando los técnicos podían irse y volver 10 horas después para recibir la respuesta de la nave.

Ahora tenemos el caso de Plutón y su compañero Charon (también conocido como Carón o Caronte). En el año 2006, en medio de una creciente polémica sobre que Plutón había sido erróneamente clasificado como planeta a la fecha de su descubrimiento, en 1930 (véase mi artículo “¿Cómo que Plutón no es más planeta?”), la XXVI Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional (IAU) aprobó la Resolución B5, donde por primera vez en su historia se pronunció sobre lo que deberíamos llamar planeta: “La IAU por tanto resuelve que los planetas y otros cuerpos, excepto satélites, en nuestro Sistema Solar sean definidos en tres categorías distintas...” y ahí se le sacó a Plutón de la categoría de planeta.

La lectora o lector atentos habrán notado que dice “excepto satélites”. En el sitio en Internet de la IAU se dan pistas del por qué: “Por ahora, Charon es considerado simplemente como que es un satélite de Plutón”, pero un cambio de clasificación “puede ser considerado más adelante” porque “en realidad, no ha habido un reconocimiento oficial de que la localización del baricentro [el punto alrededor del cual anda en su translación] esté involucrada en la definición de satélite.”. Charon no anda alrededor de Plutón, sino que alrededor de un punto en el espacio entre ambos, como ocurre en las boleadoras de Patoruzú.

Para colmo, comparte el extraño sistema de Plutón con los más distantes Hydra (Hidra), Nix (ó Nox, ó Noche) y los recientemente descubiertos Kerberos (ó Cerbero, ó Cancerbero), y Styx (Estigia), cuatro trozos irregulares de materia de apenas 50 km x 36 km x 32 km y 48 km x 33 km x 30 km los dos primeros; aún más pequeño, de 19 km x 10 km x 9 km, el tercero; y el cuarto que, con sus 16 km x 9 km x 8 km, únicamente Antoine de Saint-Exupéry, el mágico escritor de “El Principito”, hubiera tenido autoridad moral suficiente como para llamarlo planeta.

O sea, Hydra, Nix, Kerberos y Styx serían satélites distantes de ambos cuerpos más grandes (simultáneamente) pero Charon, con sus cerca de 1200 km y su forma redondeada (“en equilibrio hidrostático”, según la definición de planeta de la IAU) no sería satélite porque no anda alrededor de Plutón, pero tampoco puede ser planeta porque ni siquiera Plutón, aun teniendo éste casi nueve veces más masa, consigue ser considerado un planeta, etc.. Como vemos, el intento de clasificar a Charon acaba haciéndose bastante confuso. ¡Haga alguien un horóscopo con estos datos!

Entonces, si el misticismo no quedó ultrapasado con la Revolución Científica, ¿cómo se puede hacer una carta astral para una persona caminando en Marte, un lugar donde el sol está en la constelación de la ballena por 6 días todos los años? ¿Un lugar donde el año dura 687 días y desde donde el paso del sol por cada constelación zodiacal dura casi el doble? ¿Un lugar desde donde mirando arriba no se ve ningún planeta rojo y sí un planeta azul vagando por el cielo, llamado Tierra? ¿Qué pasa con todos los horóscopos hechos durante los miles de años antes del descubrimiento del planeta Urano en 1781? ¿Por qué los astrólogos no percibieron una fuerza en Urano que los guíe hasta Neptuno, y tuvieron que hacerlo los matemáticos y los astrónomos? ¿Qué hay de los horóscopos hechos antes de 1846, cuando se descubrió el segundo planeta nuevo? ¿La distancia de 10 horas para una comunicación entre la Tierra y Neptuno no sabotea una carta astral natal que debe contener la hora exacta del nacimiento del incauto? ¿Qué pasa con las personas nacidas entre 1930 y 2006, cuando había 9 planetas en el Sistema Solar y luego volvieron a ser 8? ¿Qué pasó con las personas nacidas antes de 1930 y fallecidas después de 2006? ¿Qué ocurrió con esos horóscopos de casi todo el Siglo XX? ¿Fueron barridos con la Resolución B5 de la IAU, o nunca existieron?

¿Dónde están nuestros miedos? ¿Todavía le tememos a la oscuridad? Hay luces allá arriba, y son maravillosas, maravillosas como la propia Tierra. Alguna vez se hará común el entendimiento de que la Tierra y lo que está arriba no son cosas separadas. La Tierra no es una cosa que está aquí y el Universo allá arriba, la Tierra es parte del Universo. Todos los elementos químicos que existen en la Tierra existen en el espacio, y todos los elementos químicos que existen en el espacio existen en la Tierra. La Ley de la Gravitación Universal se llama Universal justamente porque fue la primera que se encontró que se cumple en la Tierra y en la Luna, y en cualquier planeta y en cualquier estrella y en cualquier galaxia.

Convengamos pues que si bien mirar al cielo nos maravilla, no es menos cierto que no hace falta estudiarlo para inventar mitos.

¿FUNCIONA LA ASTROLOGÍA?

En primer lugar, al analizar la Historia, hemos visto que la “astronomía” que leemos en los horóscopos de la página de historietas de un periódico, sentados en un sofá de la sala de nuestra casa, no tiene nada que ver con la Astronomía que vemos al salir al patio y mirar hacia arriba. Con ayuda de un buen telescopio la cosa empeora. La astrología está totalmente desconectada de los objetos celestes que pretende representar. Es más, cuando enfrentados con el desfasaje de las constelaciones por la precesión de los equinoccios, muchos astrólogos alegremente dicen que las constelaciones y los signos son cosas diferentes, y lo que ellos siguen son los signos y no las constelaciones. Si es así, pues tenemos licencia para retirar el prefijo astro- de astrología.

Veamos un perfecto ejemplo de la charlatanería astrológica, que se puede encontrar en Internet (donde de paso, es deber advertirlo, 99 % de lo que hay es basura). Comienza así:

“Quirón retrógrado y las heridas emocionales”

“En astrología no solo se estudian los planetas, sino que también a los cometas, asteroides y demás cuerpos celestes. Hoy hablaremos de Quirón, el asteroide-cometa de las heridas ocultas y su tránsito actual.”

“Quirón es un asteroide-cometa en órbita entre Saturno y Urano que, posiblemente, proviene del cinturón de Kuiper. Se encuentra entre dos planetas con energías opuestas: traspasa las barreras de Saturno (el planeta de los límites, estructuras y el orden) y se adentra en el campo de Urano (el planeta de la revolución, los cambios y la originalidad). Por ello es que se halla ‘tironeado’ entre dos vibraciones, la de la estabilidad y lo nuevo. El mismo retrograda una vez al año, durante 4-5 meses.”

“En la mitología griega, Quirón es un centauro (mitad animal - mitad hombre). Fue una criatura abandonada por sus padres y aislado de toda la sociedad, discriminado. Sin embargo, fue adoptado por el dios Apolo, quien lo ayudó e hizo que se convirtiera en un ser sabio que ayudaba a los demás a sanar. Es conocido como ‘el sanador herido’, porque a través de sus heridas más profundas, cura a los demás.”

“Su símbolo astrológico es una llave, indicando que su función es dar la clave a las personas para que se conecten con el espíritu y así, evolucionen. Quirón en la carta astral de una persona está muy relacionado con el dolor y el sentimiento de abandono (así como el mito, quien se sintió herido por el abandono).”

“Representa una herida abierta y la capacidad para curarla, una vez aceptada su existencia. En la carta, simboliza lo que podemos hacer por los demás, pero que no podemos hacer por nosotros mismos. Así es como, muchas veces, podemos ayudar a otros a alcanzar sus objetivos, allí donde nos sentimos incapaces de alcanzar los nuestros.”

“Quirón hoy se encuentra en Aries, signo que representa las luchas, la impaciencia y el ‘estar a la defensiva’. Quirón retrógrado en Aries significa darse cuenta (en general) de que algo nos está molestando, y tal vez estamos resistiendo demasiado. Con este tránsito, muchos se sentirán cansados de luchar con uno mismo, con las heridas del pasado, los apegos o adicciones que nosotros sabemos que hacen daño.”

“En este momento, probablemente, se presente alguna situación en la que, por ejemplo, algún amigo que dice algo que no queríamos escuchar, pero debíamos hacerlo. Para otros a lo mejor, sea algún profesor o asesor que nos dará alguna crítica que duele, pero todo se dará con el fin de aprender. Se recomienda tener disposición a ver con más profundidad las heridas, la raíz de las heridas, las heridas heredadas. Aceptación, trabajar en sanar.”

El cuerpo menor (2060) Quirón fue descubierto en 1977 por Charles Kowal entre las órbitas de Saturno y Urano, y se lo catalogó como asteroide, hasta entonces el más distante conocido (los asteroides del Cinturón Principal están entre las órbitas de Marte y Júpiter). El número 2060 significa que es el asteroide número 2060 en tener su órbita determinada. En 1989, inesperadamente, se descubrió que este cuerpo de unos 200 km estaba desarrollando un envoltorio vaporoso alrededor de él, lo que por definición lo convirtió en cometa, recibiendo un segundo prefijo, 95P/Quirón, por ser el cometa periódico número 95 en tener su órbita determinada. Otros cuerpos semejantes han sido descubiertos en esa región del Sistema Solar, los que reciben el nombre colectivo de Centauros, aunque en la mitología greco-romana Quirón es diferente de otros centauros por demostrarse un ser servicial hacia la Humanidad. El nombre de un objeto celeste recién descubierto es propuesto por su descubridor, para ser aprobado por la Unión Astronómica Internacional. Si en 1977 a Charles Kowal se le hubiera ocurrido llamar al asteroide 2060 con el nombre Dolops, el hermano salvaje de Quirón, ¿cómo hubiera sido ese zafarrancho astrológico que acabamos de leer?

En segundo lugar, podemos hablar de las cuatro fuerzas del Universo, la Fuerza Nuclear Débil, la Fuerza Nuclear Fuerte, la Fuerza Electromagnética y la Fuerza de Gravedad para descubrir que ninguna de estas es lo suficientemente grande para que los planetas nos afecten. Podemos calcular que la fuerza de gravedad del médico asistiendo al nacimiento de un bebé es mayor que la fuerza de gravedad de Marte. La masa del médico es muchísimo más pequeña, pero Marte está muchísimo más lejos. Lo mismo con el electromagnetismo: el campo electromagnético de Júpiter es el mayor de todos los planetas, pero podemos calcular que el campo electromagnético de cualquier electrodoméstico común en nuestros hogares lo supera. En verdad, los únicos objetos celestes cuya gravedad y electromagnetismo influyen apreciablemente en la Tierra son, respectivamente, la Luna, en forma de mareas, y el Sol en forma de auroras polares.

Hay quien dice que son otras fuerzas misteriosas y no las conocidas las que hacen a los horóscopos. Pero la Teoría del Todo, la que incansablemente se busca para entender cómo ocurrió el Big Bang y cómo el reloj del tiempo comenzó a correr y el espacio comenzó su expansión, no incluye ninguna otra fuerza. Es más, se habla de la Unificación de Todas las Fuerzas, pues sabemos que al comienzo mismo del Big Bang no existía nada que las pueda generar. Así pues, la tendencia es unir las fuerzas, y no a desdoblarlas en otras nuevas.

Alguno podrá decir que las distancias no importan. Si es así, entonces habría que considerar la gravedad de todos los objetos de la Galaxia, de otras galaxias, del Universo entero, y la fuerza electromagnética de todos los objetos de la Galaxia, de otras galaxias, del Universo entero al hacer un horóscopo o una carta astral.

Pero no hace falta buscar cuáles serían estas “energías místicas” de las que los astrólogos hablan para saber si la astrología funciona o no. No hace falta saber de Electrónica para darse cuenta si un televisor funciona o no. Sólo hay que probarlo.

Para llegar a conclusiones, los científicos usan una particular manera de pensar, conocida como Método Científico: primero se define cuál es la duda. Luego, se piensa en un mecanismo que podría explicar lo que está ocurriendo (Teoría); después se define una posible respuesta (Hipótesis Experimental), y se definen qué indicios harían que la posible respuesta sea incorrecta (Hipótesis Nula). Luego se diseña un experimento para saber la respuesta, se realiza el experimento y se recolectan los datos. Finalmente se analizan los datos recolectados y se saca una conclusión. Antes de divulgarlo, se pone el trabajo a disposición de especialistas independientes para que sea revisado en busca de errores.

De crucial importancia es la Hipótesis Nula: toda Teoría debe poderse falsear (no falsificar, falsear), es decir, debe poder decirse si está equivocada. Los científicos no hacen todo lo posible para probar que su Teoría está correcta, sino al contrario, hacen todo lo posible para probar que su Teoría está incorrecta. La Ciencia no avanza confirmando Teorías, la Ciencia avanza descartando Teorías.

Un error es creer que los descubrimientos científicos son opiniones de los científicos. La Ciencia no es lo que los científicos dicen, la Ciencia es lo que todo el mundo puede ver y tocar por sí mismo.

Una virtud esencial del buen científico es el escepticismo. El escepticismo consiste en decir “no sé” cuando no se sabe. La mayoría de las personas, ante una pregunta, esperan como respuesta un “sí” o un “no”. Sin embargo, en Ciencia las posibles respuestas no son sólo dos sino tres: “sí”, “no” y “no sé”. Esta última respuesta es difícil de asimilar para la mayoría de las personas, puesto que el cerebro humano no aguanta la duda. Es así que cuando no hay una respuesta, la gente simplemente, consciente o inconscientemente, tiende a inventarla. El buen científico es una persona que aprendió a convivir permanentemente con dudas existenciales en su vida.

En este contexto, hay que tener mucho cuidado en “creer” en cosas. No porque uno crea que algo existe, si este algo no existe, va a comenzar a existir; y no porque uno crea que algo no existe, si este algo sí existe, va a dejar de existir. Toda creencia es, por definición, subjetiva.

La realidad de las cosas es independiente de nuestras creencias.

La razón de existir del Método Científico es buscar la realidad objetiva, separándola de la subjetividad tantas veces engañosa.

Porque el Universo es como es, y no como nos gustaría que sea.

Hay innumerable cantidad de pruebas rigurosas sobre astrología, pero veamos sólo algunas:

En la década de 1950 un psicólogo francés llamado Michel Guaquelin propuso que los atletas victoriosos nacen cuando el planeta Marte nace en el horizonte. Su hipótesis quedó conocida como el “efecto Marte”.

Para que una hipótesis sea reconocida como válida debe ser reproducible. Reproducibilidad quiere decir que debe ser realizado por otros investigadores bajo condiciones similares y dar el mismo resultado.

Un experimento de Claude Benski y colaboradores contó con un número de 1066 atletas franceses campeones. Los nombres fueron obtenidos de las dos principales antologías de “Quién es quien” centradas en atletas. No encontraron ninguna evidencia estadística que correlacione el momento de nacimiento del atleta y el correspondiente nacimiento del planeta Marte en el horizonte con el éxito. Es decir, los nacimientos de los campeones se producían al azar. Y al contrario, encontraron un sesgo selectivo por parte de Michel Guaquelin, que intentó influir en el experimento proponiendo que se incluyan ciertos atletas y se borren otros (Ref. 54).

Andrew Fraknoi propuso hacer algo parecido con 43 presidentes de Estados Unidos de América, desde George Washington hasta Barack Obama. Como todos ellos tuvieron un destino parecido, se probó ver bajo qué signo zodiacal habían nacido. El resultado corresponde al azar (Ref. 55).

Bernard Silverman comparó los signos de 2978 parejas de recién casados y 478 parejas de recién divorciados para ver si eran de “signos compatibles” o de “signos incompatibles”. El resultado corresponde al azar (Ref. 56).

En un estudio de David Henningsen y Mary Lynn Henningsen con 556 personas casadas se descubrió que las personas que creen en la astrología tienen, si así lo podemos decir, paradójicamente, significativamente más problemas maritales que aquellas que no creen en la astrología (Ref. 57)

Geoffrey Dean estudió a 1393 “Gemelos de Tiempo”, personas nacidas en promedio con menos de 5 minutos de diferencia en la ciudad de Londres del 3 al 9 de marzo de 1958. Se analizaron 110 características de ellos en diferentes momentos de su vida hasta la edad adulta, incluyendo cociente intelectual, habilidad para la lectura y para las matemáticas, ansiedad, agresividad, sociabilidad, altura, peso, agudeza visual, audición, habilidad para el arte, la música y los deportes, ocupación, estado civil, etc.. Las coincidencias no superaron los 3 % (Ref. 58).

Geoffrey Dean también hizo un experimento sobre el supuesto uso de la intuición en los astrólogos. Participaron 90 astrólogos de Estados Unidos, Reino Unido, Europa continental y Australia, con 1198 voluntarios. De éstos, mediante test psicológicos se seleccionaron 160 personas, la mitad con extremos de personalidad, en concreto 40 con extroversión extrema y 40 con neuroticismo extremo, y la otra mitad, 80, normales, como grupo de control. Luego 45 astrólogos hicieron sus conjuros, mientras que los otros 45 intentaron juzgar sin cartas astrales, como grupo de control. No hubo ningún efecto. Es más, a los astrólogos que trabajaron con cartas astrales les fue peor que a los que lo hicieron sin cartas astrales. Este resultado apunta a que los astrólogos no consiguen adivinar características básicas de las personas, tan fáciles de detectar como por ejemplo si son extremadamente extrovertidas o no (Ref. 59).

En un experimento dirigido por Shawn Carlson, 28 astrólogos propuestos por una asociación estadounidense de astrólogos prepararon cartas astrales de 116 voluntarios. Al mismo tiempo, se hicieron test psicológicos estandarizados de personalidad de los 116 voluntarios. Se les dio a cada astrólogo 3 test de personalidad anónimos y se les pidió que identifiquen cuál test correspondía a cada carta astral. Acertaron un tercio de las veces. Como al elegir al azar 1 opción de 3 se acertará en promedio 1 vez de cada 3, los astrólogos no consiguieron ser mejores que la simple casualidad. Al mismo tiempo, se les presentó a los 116 individuos 3 cartas astrales anónimas, 1 de las cuales era la suya, y se les pidió que se identifiquen con una de ellas. Nuevamente, acertaron un tercio de las veces, una tasa de aciertos congruente con el simple azar. Para controlar que realmente los voluntarios tenían la posibilidad de verse reflejados a sí mismos cuando se les preguntaba, se les presentó 3 test de personalidad anónimos, 1 de los cuales era el suyo. Acertaron la mitad de las veces. La tasa de error es alta, pero los propios astrólogos decían que ellos mismos podían equivocarse hasta la mitad de las veces. De todas maneras, esta parte del experimento controlado indica dos cosas. Primero que las personas tienen gran dificultad para decir cómo son cuando se las confronta (“Conócete a ti mismo” ya estaba escrito en el templo del Oráculo de Delfos hace más de 2300 años). Y segundo que, a pesar de esto, los voluntarios sí tienen la habilidad de reconocerse a sí mismos en los test psicológicos significativamente más veces que lo esperado por el azar, a diferencia de la incapacidad para identificarse que ocurre cuando se buscan a sí mismos en las cartas astrales, preparadas especialmente para ellos por los astrólogos. En otras palabras, la astrología no pudo ser mejor que el simple azar (Ref. 60).

Una revisión de más de 40 experimentos controlados diferentes sobre astrología, revisados por Geoffrey Dean e Ivan Kelly, en los que participaron un total de cerca de 700 astrólogos e incluyeron un total de 1150 cartas astrales, se fijaron en la precisión. Los experimentos de precisión revisados por ambos generalmente se refieren a astrólogos que intentan adivinar cuál carta astral de nacimiento corresponde a cuál individuo, con informaciones tales como perfiles de personalidad o historias de casos. El resultado matemático corresponde a adivinanzas al azar (Ref. 58).

Dean y Kelly también analizaron experimentos hechos sobre pruebas de discriminación. Las pruebas de discriminación involucran a personas que eligen su propia interpretación de cartas astrales, generalmente de entre otras tres a cinco más, todas los cuales deben estar libres de pistas, como fechas y posiciones planetarias. Se revisaron un total de 10 estudios diferentes en los cuales participaron un total de casi 300 voluntarios. No existe resultado que sugiera otra cosa más que el simple azar (Ref. 58).

También revisaron pruebas de coincidencia entre astrólogos. Estudiaron 25 experimentos diferentes en los cuales participaron un total de casi 500 astrólogos. Los resultados son que, esencialmente, no existe ninguna coincidencia entre las adivinanzas de los diferentes astrólogos (Ref. 58).

El siguiente es un experimento que se puede hacer con los compañeros de clase o de trabajo en el tiempo libre: Bertram Forer tomó un test de personalidad a 39 de sus alumnos y les dijo que traería los resultados la semana siguiente. El test consistía en una lista de hobbies, material de lectura, características personales, obligaciones laborales, y esperanzas y ambiciones secretas de la persona ideal. Llegado el día, le entregó a cada uno una hoja con 13 items de lo que teóricamente eran 13 descripciones breves de la personalidad de cada uno. Les pidió que los lean de manera confidencial, y que luego escriban al dorso qué tan bien el conjunto de 13 items los describía a cada uno, en una escala de 0 al 5. La evaluación promedio de los 39 alumnos fue de 4,25, con 40 % de los mismos dando la puntuación máxima de 5. La tomadura de pelo era que todas las 39 hojas eran iguales, y las 13 descripciones breves de personalidad las había extraído de un libro de astrología que había comprado en un kiosco (Ref. 61).

Y podemos seguir con la lista de experimentos, pero paramos por aquí para que esto no se convierta en longaniza.

¿Quién cree en horóscopos? Nick Allum realizó un estudio en 25 países de la Unión Europea con ayuda de la encuestadora oficial Eurobaromenter, entrevistando adecuadamente a un total de 11 622 personas. Los resultados más relevantes son que la creencia en astrología y horóscopos es más acentuada en la edad joven, en personas con bajo nivel educativo, bajo estatus profesional, habitantes de ciudades o pueblos pequeños, gente religiosa, con bajo conocimiento científico, ignorantes sobre el método de puesta a prueba de las hipótesis, de las mediciones técnicas, y acostumbradas a una vida en que la autoridad es importante (Ref. 62).

Es así que los astrólogos se ganan inescrupulosamente la vida abusando de las personas ignorantes y crédulas.

CONCLUSIÓN

La palabra clave aquí es pareidolia. Los asterismos no existen en el mundo real, son inventos humanos. Las constelaciones no existen en el mundo real, son inventos humanos. Los signos no existen en el mundo real, son inventos humanos. La astrología no existe en el mundo real, es un invento humano.

Los astrólogos desde luego harán todo lo posible para encontrarle la vuelta a los hechos expuestos en este artículo (hasta mostrando cartas astrales hechas por computadora, ¡gran cosa!) y seguir diciendo que la astrología, de alguna manera fantasiosa, todavía funciona. Dirán que la reina Berenice II (c. 269 B.C.E. - 221 B.C.E.) amó tanto a su esposo Ptolomeo III Euergetes, rey de Egipto, que su cabellera simboliza esto, esto y lo otro, y que por tanto usted debe hacer esto. Al final, los astrólogos son expertos demagogos, aquellos que dicen justo lo que su público quiere escuchar. Y como nos advertía el famoso orador Robert South en 1716: “Una palabra plausible e insignificante, en boca de un demagogo experto, es un arma peligrosa y terrible,”.

Asimismo, Benjamín Franklin bien lo decía sobre las huecas justificativas autoconvincentes que el ser humano usa para aprestarse a hacer cosas insensatas: “Una cosa tan conveniente es ser una criatura razonable, ya que le permite a uno encontrar o fabricar una razón para todo lo que uno tiene en mente hacer.” (Ref. 63).

La diferencia fundamental entre la Ciencia y lo que se llama pseudociencia es que en la pseudociencia uno adapta el Mundo a sus pensamientos, en cuanto que en la Ciencia es al revés, uno adapta sus pensamientos al Mundo.

Desde la Revolución Científica, la milenaria astrología ha sido reconocida como pseudociencia, y ha sido suplantada ahora, para los asuntos celestes, por la Astronomía, y para los asuntos humanos, por la Psicología.

Pero veamos algunas opiniones expertas sobre el misticismo:

Phil Plait hace un resumen (Ref.63):

“- No hay fuerza, conocida o desconocida, que pueda afectarnos aquí en la Tierra como afirman los astrólogos. Las fuerzas conocidas se debilitan demasiado rápido, dejando que una fuente domine por completo (la Luna para la gravedad, el Sol para el electromagnetismo). Una fuerza desconocida haría que los asteroides y planetas extrasolares abrumen totalmente a los planetas cercanos.”

“- Los astrólogos tienden a confiar en nuestra capacidad para recordar aciertos y olvidar fallos. Incluso una predicción precisa puede ser una simple casualidad.”

“- Estudio tras estudio ha demostrado que las afirmaciones y predicciones hechas por los astrólogos no tienen mérito. No se pueden distinguir del azar, lo que significa que los astrólogos no pueden afirmar que tienen alguna capacidad de predecir el camino de tu vida.”

“- Hay daño, daño real, en la astrología. Debilita aún más la capacidad de las personas de mirar racionalmente al mundo, una habilidad que necesitamos ahora más que nunca.”

Y concluye que la astrología es simplemente errónea.

Hay mucho de religión en la astrología. Como decía Bill Maher sobre las religiones: “…como no hay dioses que estén realmente hablando con nosotros, ese vacío es llenado por personas con sus propias corrupciones y limitaciones y planes ideologizados. Y cualquiera que te diga que sabe, que simplemente sabe lo que sucede cuando te mueres, te lo prometo, tú no sabes. ¿Cómo puedo estar tan seguro? Porque yo no sé, y tú no posees poderes mentales que yo no tenga. La única actitud apropiada que una persona debe tener ante las grandes preguntas no es la certeza arrogante que es la marca registrada de la religión, sino la duda. La duda es humilde, y eso es lo que el ser humano necesita ser, considerando que la historia humana es simplemente una letanía de entender las cosas de maneras totalmente equivocadas.” (Ref. 65).

Y para los que a pesar de todo todavía ven a la astrología más como ciencia, Richard Feynman la colocaba con otras pseudociencias en lo que él rememoraba como la “Religión del Avión de Carga”, un extraño culto surgido en las islas de los Mares del Sur (Melanesia). Los nativos consideraban una bienaventuranza a los aviones de carga de los estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, e inventaron un montón de ritos de burdas imitaciones de personal y supuestos equipos técnicos de aeropuertos para atraerlos nuevamente: “Ellos están haciendo todo correctamente. La forma es perfecta. Se ve exactamente de la manera que se veía antes. Pero no funciona. Ningún avión aterriza.” (…) “Sabemos por experiencia que la verdad saldrá a la luz. Otros experimentadores repetirán tus experimentos y descubrirán si tú estuviste equivocado o correcto. Los fenómenos de la Naturaleza estarán de acuerdo o en desacuerdo con tu teoría. Y, aunque tú puedas ganar fama y emoción temporalmente, tú no ganarás una buena reputación como científico si tú no has intentado ser muy cuidadoso con este tipo de trabajo. Y este tipo de integridad, este tipo de cuidado para no engañarse a uno mismo, es lo que está faltando en gran medida en la investigación estilo Religión del Avión de Carga.” (…) “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar. Así que debes tener mucho cuidado con eso. Después de que no te hayas engañado, es fácil no engañar a otros científicos. Sólo tienes que ser honesto de manera convencional después de eso.” (Ref. 66).

En 1975 Paul Kurtz, Lawrence E. Jerome y Bart J. Bok escribieron un comunicado, firmado por otros 183 reconocidos científicos, incluyendo 18 ganadores del Premio Nobel, que en parte dice: “Uno podría imaginar, en este día de iluminación y educación generalizadas, que sería innecesario desacreditar las creencias basadas en la magia y la superstición. Sin embargo, la aceptación de la astrología impregna la sociedad moderna. Estamos especialmente perturbados por la continua difusión acrítica de cartas, pronósticos y horóscopos astrológicos por parte de los medios de comunicación y de periódicos, revistas y editores de libros de buena reputación. Esto sólo puede contribuir al crecimiento del irracionalismo y el oscurantismo. Creemos que ha llegado el momento de desafiar directamente, y con fuerza, las alegaciones pretenciosas de los charlatanes astrológicos.” (Ref. 67).

Cerca del año 54 C.E., una carta salió de Éfeso, Asia Menor, con la siguiente línea: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando me convertí en adulto, dejé de lado las cosas de niño.” (Ref. 68).

A. L.

P.S.: Si a usted le atrajo este artículo porque está buscando una guía en su vida, le recomiendo encarecidamente que consulte con un psicólogo; en las estrellas no encontrará las respuestas que busca. En cambio, si a usted le atrajo este artículo porque le gusta la Astronomía, le aliento a que consiga un telescopio, ¡y cielo despejado para usted!



REFERENCIAS

1) Rabo Serpsé, “The Moon is a Place”, Spork Press, Otoño de 2001. Disponible en http://www.sporkpress.com/1_2/pieces/Serpse.htm. Fecha de acceso: 24 julio 2020. Agradecimientos especiales a Drew Burk por intermediar en esta gentileza.

2) Christiaan Huygens, “Cosmotheoros”, editorial Adriaan Moetjens, La Haya, 1698, y editorial Timothy Childe, Londres, 1698.

3) Aurelio Baldor, revisado por Marcelo Santalo Sors y Pablo. E. Suardiaz Calvet, “Geometría plana y del espacio. Con una introducción a la Trigonometría”, Compañía Cultural Editora y Distribuidora de Textos Americanos S. A., Ediciones y Distribuciones Códice S. A., Madrid, 1984, p. 22.

4) Wayne Horowitz, “The 360 and 364 day year in Ancient Mesopotamia”, Journal of the Ancient Near East Society, Volumen 24, 1996, pp. 35-44.

5) Aurelio Baldor, “Aritmética. Teórico-Práctica”, Cultural Centroamericana S. A., Guatemala, 1976, p. 468.

6) Alexander Boxer, “A scheme of Heaven: astrology and the birth of Science”, Profile Books, 2020.

7) John H. Rogers, “Origin of the ancient constellations I: the Mesopotamian traditions”, Journal of the British Astronomical Association, Volumen 108, Número 1, 1998, pp. 9-28. Disponible en: http://articles.adsabs.harvard.edu/pdf/1998JBAA..108....9R. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

8) John H. Rogers, “Origin of the ancient constellations II: the Mediterranean traditions”, Journal of the British Astronomical Association, Volumen 108, Número 2, 1998, pp. 79-89. Disponible en: http://articles.adsabs.harvard.edu/pdf/1998JBAA..108...79R. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

9) Génesis 1:14-19. Ver nota de pie de página en Santa Biblia, Reina-Valera 95, Edición de Estudio. Reina-Valera 95® © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569). Revisada por Cipriano de Valera (1602). Otras Revisiones: 1862, 1909 y 1960. Introducciones © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995.

10) Deuteronomio 4:19. Ver nota de pie de página en Santa Biblia, Reina-Valera 95, Edición de Estudio. Reina-Valera 95®.

11) Job 9:9. Ver nota de pie de página en NET [New English Translation] Bible, Biblical Studies Press, Richardson, Texas, 2005. Escrituras y/o notas citadas con permiso. Citas designadas (NET) son de la NET Bible® copyright ©1996-2006 por Biblical Studies Press, L.L.C. http://bible.org Todos los derechos reservados.

12) Job 38:31-32 (NET).

13) Salmo 8:3 (NET).

14) Amós 5:8 (NET).

15) Miguel de Cervantes Saavedra, “El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha”, año 1605, cita en la “Segunda parte del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha”, año 1615, Capítulo XLI, “Aventura de Clavileño”, Edición Conmemorativa IV Centenario Cervantes, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, edición y notas de Francisco Rico, reimpresión corregida y aumentada, Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2015, p. 863 y nota “46” de pie de página.

16) “Origen del nombre Subaru”, Subaru Global, Fuji Heavy Industries Ltd., 2006. Disponible en: https://web.archive.org/web/20100411083646/http://www.subaru-global.com/origin_name.html. Fecha de acceso: 16 junio 2020.

17) Daniel 14:1-22, versión de Teodoción, “A New English Translation of the Septuagint”, ©2007 por la International Organization for Septuagint and Cognate Studies, Inc. Usado con permiso de la Oxford University Press. Todos los derechos reservados.

18) Ulla Susanne Koch-Westenholz, “Mesopotamian Astrology: An Introduction to Babylonian and Assyrian Celestial Divination”, Museum Tusculanum Press, Copenhague, 1995.

19) Abraham Sachs, “Babylonian horoscopes”, Journal of Cuneiform Studies, Volumen 6, Número 2, 1952, pp. 54-57, citado por Alexander Boxer en la Ref. 6.

20) John Lankford, editor, “History of Astronomy: An Encyclopedia”, con una introducción de Marc Rothenberg, Garland Encyclopedias in the History of Science, Volumen 1, Editorial Routledge, Taylor & Francis Group, 2011, p. 43.

21) Robert Powell, “The Definition of the Babylonian Zodiac”, Tesis de Ph.D. de la Academia Polaca de Ciencias (Instituto para la Historia de la Ciencia), Varsovia, 20 diciembre 2004, sumario. Disponible en: https://web.archive.org/web/20090521081306/http://www.astrologer.com/aanet/pub/transit/jan2005/babylonian.htm. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

22) George Rubie, “The British Celestial Atlas: Being a Complete Guide to the Attainment of a Practical Knowledge of the Heavenly Bodies”, Baldwin & Cradock, Paternoster Row; George Wooll, y el autor, Hastings. Londres, 1830, p. 79.

23) “The Nautical Almanac and Astronomical Ephemeris, for the year 1775.”, publicado por orden de The Commissioners of Longitude, Richardson and Co., Londres, 1774.

24) John P. Britton, “Studies in Babylonian lunar theory: Part III. The introduction of the uniform zodiac.”, Archive for History of Exact Sciences, Volumen 64, Número 6, noviembre 2010, pp. 617-663.

25) Hiparco de Nicea, “Sobre la longitud del año”, “Sobre los meses y días intercalares” y “Sobre el desplazamiento de los puntos solsticiales y equinocciales”, citado por Claudio Ptolomeo en el “Almagesto”, Libro III, Capítulo 1, y Libro VII, Capítulo 2 y Capítulo 3, Alejandría, c. 150, traducido y anotado por Gerald T. Toomer, con un prefacio de Owen Gingerich, Princeton University Press, Princeton, New Jersey, 1998, pp. 131-139 y 327-329.

26) John C. Brandt, Peter Zimmer y Patricia B. Jones, “Declinations in the Almagest: Accuracy, Epoch, and Observers”, Journal of Astronomical History and Heritage, Volumen 17, 2014, pp. 326-338.

27) Dennis Rawlins, “Hellenistic Solstices and Babylonian Use of Them”, Bulletin of the American Astronomical Society, Volumen 17, marzo 1985, p. 583.

28) Lucius Junius Moderatus Columella, “Sobre las cosas de la Agricultura”, ante c. 70 C.E., traducido por Edward Seymour Foster y Edward H. Heffner, The Loeb Classical Library, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1954, Libro 9, Capítulo 14, párrafo 12.

29) Christian Heinrich Friedrich Peters, Edvard Boll Knobel, “Ptolemy's catalogue of stars. A revision of the Almagest”, The Carnegie Institution of Washington, 1915. Disponible en: https://web.archive.org/web/20130829023007/http://hbar.phys.msu.ru/gorm/almagest/Peters.htm. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

30) Eugène Delporte, “Atlas Céleste”, Reporte a la Comisión 3 de la Unión Astronómica Internacional, Consejo Internacional de Investigación, Cambridge University Press, Londres, 1930.

31) “Zodiac Constellations”, “Constellations: A Guide to the Night Sky”. Disponible en: https://www.constellation-guide.com/constellation-map/zodiac-constellations. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

32) Larry McNish, “The Constellations”, The Royal Astronomical Society of Canada - Calgary Centre, 5 noviembre 2018. Disponible en: http://calgary.rasc.ca/constellation.htm#list. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

33) “Why is the vernal equinox called the ‘First Point of Aries’ when the Sun is actually in Pisces on this date?”, Southworth Planetarium, University of Southern Maine, Portland, ME, 2020. Disponible en: https://usm.maine.edu/planet/why-vernal-equinox-called-first-point-aries-when-sun-actually-pisces-date. Fecha de acceso. 29 mayo 2020.

34) Kristen Erickson, “Constellations and the Calendar”. “First Things First: Astrology is not Astronomy!”. “Astrology is NOT Science!”, Space Place, NASA Science, Disponible en: https://spaceplace.nasa.gov/starfinder2. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

35) Phil Plait, “No, NASA Didn’t Change Your Astrological Sign”, Bad Astronomy, Slate Magazine, Graham Holdings Company, 26 setiembre 2016. Disponible en: https://slate.com/technology/2016/09/no-nasa-didn-t-change-your-astrological-sign.html. Fecha de acceso: 29 setiembre 2020.

36) Charlie Jane Anders “Why did your zodiac sign change? We asked the astronomer who started it all”, Mad Astronomy, Space, Gizmodo, 13 enero 2011. Disponible en: https://io9.gizmodo.com/why-did-your-zodiac-sign-change-we-asked-the-astronome-5733004. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

37) “Constellations and the Calendar. Did you recently hear that NASA changed the zodiac signs? Nope, we definitely didn’t…”, NASA Tumblr, 20 setiembre 2016. Disponible en: https://nasa.tumblr.com/post/150688852794/zodiac. Fecha de acceso: 30 mayo 2020.

38) Jean Meeus, “Mathematical Astronomy Morsels”, Volumen 1, Willmann-Bell, 1997, p. 304.

39) Lee T. Shapiro, con una actualización de Luc Désamoré, “The Real Constellations of the Zodiac”, Planetarian, International Planetarium Society, Inc., Marietta, Ohio, primavera de 1977. Actualizado en 2011.

40) Ivan Smith, “Vernal Equinox. Date and Time of the Spring Equinox 1788-2211”. Disponible en: https://web.archive.org/web/20090206130157/http://ns1763.ca/equinox/vern1788-2211.html. Fecha de acceso: 5 junio 2020.

41) Aratus de Soli, “Phaenomena”, versos 63-66, 74-88, traducido por Alexander Mair y Gilbert Mair, Loeb Classical Library, Volumen 129, William Heinemann, Londres, 1921. Disponible en: https://www.theoi.com/Text/AratusPhaenomena.html. Fecha de acceso: 9 junio 2020.

42) Elly Dekker, “Illustrating the Phaenomena: Celestial Cartography in Antiquity and the Middle Ages”, Oxford University Press, Oxford, 2013.

43) Dennis Duke, “Statistical Dating of the Phenomena of Eudoxus”, DIO - The International Journal of Scientific History, Volumen 15, diciembre 2008, pp. 7-23. Disponible en: http://www.dioi.org/vols/wf0.pdf. Fecha de acceso: 9 junio 2020.

44) Bradley E. Schaefer, “The latitude and epoch for the origin of the astronomical lore of Eudoxus”, Journal for the History of Astronomy, Volumen xxxv, 2004, pp. 161-223.

45) James B. Kaler, “Stars”, University of Illinois, Urbana, 2017. Disponible en: http://stars.astro.illinois.edu/sow/ophser-t.html. Fecha de acceso: 19 junio 2020.

46) Johannes Kepler, “Sobre la estrella nueva en el pie del que agarra la serpiente”, Oficina calcográfica Pauli Sessii, Praga, 1606, mapa entre las paginas 76 y 77.

47) Luc Désamoré, “Quand les planètes quittent le zodiaque”, Le Ciel, Volumen 67, octubre 2005, pp. 302-316.

48) Luc Désamoré, “Quand les planètes quittent le zodiaque (suite)”, Le Ciel, Volumen 67, octubre 2005, pp. 370-373.

49) Hechos de los Apóstoles 17:22-29 (NET).

50) Galileo Galilei, “Sidereus Nuncius”, Thomam Baglinum, Venecia, 1610, p. 9.

51) Alberto Maiztegui y Jorge Sabato, “Introducción a la Física”, Tomo I, octava edición, marzo de 1965, p. 112. Tomado de: ©Introducción a la Física, de Maiztegui y Sábato, Ed. Kapelusz, Buenos Aires, 1951.

52) Dante Alighieri, “La Divina Comedia”, Paraiso, Canto XXVIII, líneas 70-78, 94-104.

53) Bryan E. Penprase, “The Power of Stars: How Celestial Observations Have Shaped Civilization”, Springer Science & Business Media, New York, 2011, p. 27.

54) Claude Benski, Dominique Caudron, Yves Galifret, Jean-Paul Krivine, Jean-Claude Pecker, Michael Rouzé, Evry Schatzman, con un comentario de J. W. Nienhuys, “The ‘Mars Effect’: A French Test of 1 000 Sports Champions.”, Prometheus, 1996.

55) Andrew Fraknoi, “Debunking Pseudoscience - K2: Activities About Astrology”, Actividad K2, nivel escolar: 7-12 grados, Astronomical Society of the Pacific, San Francisco, 2010.

56) Bernard Silverman, “Studies of Astrology”, The Journal of Psychology. Interdisciplinary and Applied, Volumen 77, Ejemplar 2, 1971, pp. 141-143.

57) David Dryden Henningsen y Mary Lynn Miller Henningsen, “It’s not you, it’s Capricorn: Testing Astrological Compatibility as a Predictor of Marital Satisfaction”, Human Communication, Volumen 16, Número 4, 2013, pp.171-183.

58) Geoffrey Dean and Ivan W. Kelly, “Is Astrology Relevant to Consciousness and Psi?”, Journal of Consciousness Studies, Volumen 10, Números 6-7, 2003, pp. 175-198.

59) Geoffrey Dean, “Can astrology predict E and N? 2: the whole chart”, Correlation. The Astrological Association Journal of Research in Astrology, Volumen 5, Número 2, Astrological Association of Great Britain, 1985, pp. 2-24, citado por Dean y Kelly en la Ref. 58.

60) Shawn Carlson, “A double-blind test of astrology”, Nature, Volumen 318, 5 diciembre 1985, pp. 419-425.

61) Bertram Forer, “The fallacy of personal validation: a classroom demonstration of gullibility”, Journal of Abnormal and Social Psychology, Volumen 44, Número 1, 1949, pp. 118-123. Disponible en: https://web.archive.org/web/20160305220420/http://apsychoserver.psych.arizona.edu/JJBAReprints/PSYC621/Forer_The%20fallacy%20of%20personal%20validation_1949.pdf. Fecha de acceso: 13 junio 2020.

62) Nick Allum, “What Makes Some People Think Astrology Is Scientific?”, Science Communication, Volumen 33, Número 3, 1 setiembre 2011, pp. 341-366.

63) Benjamin Franklin, “Autobiografía”, Ediouro, Editora Tecnoprint S.A., Rio de Janeiro, 1979, p. 51.

64) Phil Plait, “Astrology”, Bad Astronomy, 2008. Disponible en: http://www.badastronomy.com/bad/misc/astrology.html. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

65) Bill Maher, “Religulous”, dirigida por Larry Charles, escrita por Bill Maher, Thousand Words, 2008.

66) Richard P. Feynman, “Cargo Cult Science” “Some remarks on science, pseudoscience, and learning how to not fool yourself.” Discurso de comienzo del año lectivo de 1974 de Caltech. Engineering and Science, junio 1974, pp. 10-13. © 1974 Alumni Association California Institute of Technology. Publicado por el Instituto de Tecnología de California (Caltech) y la Asociación de Ex-Alumnos.

67) Paul Kurtz, Lawrence E. Jerome, Bart J. Bok y otros 183 firmantes, “Objections to Astrology. A Statement by 186 Leading Scientists”, The Humanist, Volumen 35, Número 5, Setiembre/Octubre de 1975.

68) Primera Carta de Pablo a los Corintios, capítulo 13, versículo 11 (NET).



Si desea compartir este artículo con otras personas, podrá establecer un enlace de Internet, pero no deberá copiar ninguna parte de esta página. Copyright © 2020. Se prohíbe la reproducción. Todos los derechos reservados.

Ilustración: Ofiuco en el “Atlas Coelestis” de John Flamsteed. La constelación está centrada en una Ascensión Recta de 17 horas 23 minutos 41 segundos y una Declinación de 7 grados 54 minutos 44 segundos Sur. Nótese que ambos pies cruzan la línea de la eclíptica, el “camino del sol”, llegando hasta los 30 grados 12 minutos 44 segundos de Declinación Sur, entre Escorpio (al que lo pisa) y Sagitario, como se puede apreciar en el mapa. Si bien estas son coordenadas de la actualidad, el dibujo de Flamsteed, en estilo rococó (por James Thornhill) fue publicado allá en 1729, mientras que por su parte Claudio Ptolomeo ya lo catalogaba en el Almagesto del año 150 C.E., y ya era mencionada en un catálogo de Eudoxo de Cnido (c. 408 B.C.E. - c. 355 B.C.E.), en el mismo lugar donde está ahora. Los babilonios en efecto también tenían una constelación en esa parte del zodiaco, pero su nombre es incierto, tal vez Nira, la serpiente conquistada por los dioses cuyo cuerpo se confunde con la Vía Láctea, tal cual ocurre con la constelación de la mitad trasera de la serpiente moderna. Muchos astrólogos probablemente tomarán nota de estos datos y encontrarán la vuelta para seguir abusando de la gente.































MISTICISMO vs. REALIDAD: ASTROLOGÍA

Hasta más o menos la invención del telescopio, hace más de cuatrocientos años, la Astronomía era usada básicamente para entender los movimientos de los objetos celestes, o sea, para obtener un modelo matemático de los cielos. Luego, ese modelo matemático era usado para obtener un “modelo astrológico”. Ese orden denotaba la importancia relativa a la que se le otorgaba a cada “estudio”, o sea, la Astronomía y la Matemática estaban al servicio de la astrología, que se consideraba una aplicación práctica.

Tal era así que, por ejemplo, Nicolás Copérnico, siendo estudiante de Medicina en la Universidad de Padua entre 1501 y 1503, tenía como una de sus materias astrología, puesto que se consideraba que este “conocimiento” era importante para entender las enfermedades.

Antes de seguir, es momento de hacer algunas definiciones técnicas:

Las estrellas son gigantescas bolas de gas ardiendo a billones de kilómetros de aquí. Todas las estrellas son soles. El Sol es una estrella. Si viajásemos hasta las otras estrellas las veríamos tan grandes y calientes como el Sol, y si mirásemos para atrás, de donde salimos, veríamos al Sol como un puntito tenue y frío.

A las estrellas se las clasifican con letras y/o números, según sus características físicas y composición química, generalmente en orden desde más calientes hasta más frías, correspondientes a azules, las más calientes, blancas, amarillas, rojas, las más frías, esencialmente con las letras O-B-A-F-G-K-M (para la anécdota: existe una mnemotecnia: Oh, Be A Fine Girl, Kiss Me, revelando la antigüedad de la clasificación).

El poeta Rabo Serpsé escribió en 2001: “La luna es un lugar, es un lugar, un lugar donde hombres han estado, dejado sus torpes pisadas y una bandera solitaria que al comienzo se rehusaba a quedar en pie.” […] “Me olvido de que la luna es un lugar, que siempre ha sido y hubiera sido inclusive si nadie hubiera ido jamás allá.” (Ref. 1) Marte es un lugar. Europa satélite de Júpiter es un lugar. Titán luna de Saturno es un lugar. Siempre han sido lugares.

Christiaan Huygens (1629-1695) escribió: “¡Qué maravilloso y sorprendente Esquema tenemos aquí de la magnífica Vastedad del Universo! ¡Tantos Soles, tantas Tierras […]! ¿Y cómo deben nuestro asombro y admiración ser incrementados cuando consideramos las prodigiosas distancias y multitud de las Estrellas?” (Ref. 2). Desde el descubrimiento con técnicas avanzadas del planeta extrasolar 51 Pegasi b por Michel Mayor y Didier Queloz en 1995, miles de planetas han sido detectados girando alrededor de otras estrellas.

El cielo como visto desde la Tierra también tiene sus coordenadas como la superficie terrestre. La latitud se llama Declinación, y va desde 0 (cero) grado a lo que está directamente encima del ecuador a 90 grados Norte ó +90 a lo que está directamente encima del polo Norte, ó –90 grados según la Declinación sea hacia el polo Sur. La longitud no se mide en grados sino que en un sistema que sigue la rotación sideral de la Tierra: la Ascensión Recta. La Ascensión Recta comienza con un cero en el cielo y a partir de ahí se cuentan los momentos en que los distintos objetos celestes van pasando por el meridiano después del cero, o sea se mide en horas, minutos y segundos. La Ascensión Recta va entonces de cero a 24 horas. Dicho de otra manera, si la hora cero comienza en determinado objeto celeste, un objeto que esté a 270 grados estará en una Ascensión Recta de 18 horas. El nombre viene del ascenso del objeto celeste sobre el horizonte ideal (visto desde el ecuador) en ángulo recto con respecto a éste; cuanto más pasa el tiempo desde que el punto cero nació sobre el horizonte, mayor será la Ascensión Recta. Por ejemplo, una Ascensión Recta de 16 h 37 min 28 s significa que el objeto nació sobre el horizonte ideal esa cantidad de tiempo después del cero. Esa es pues su ubicación. Estas definiciones las usaremos constantemente en este artículo.

Otra noción que usaremos es la de equinoccios y solsticios. La palabra equinoccio la podemos dividir en dos partes: equi-, que significa igual, y -noccio, que significa noche; esto es, el día y la noche tienen igual duración. La palabra solsticio también la podemos dividir en sol-, el sol, y -sticio, que significa estacionario; esto es, son los dos momentos en que el sol revierte su sentido desde estar lo más bajo sobre el horizonte al mediodía a estar lo más alto sobre el horizonte al mediodía y viceversa, dando cada vez una instantánea “parada” en ese movimiento.

Expliquemos mejor esto: como la Tierra tiene su eje inclinado (hoy sabemos esto) hay momentos en que está más iluminado el hemisferio norte que el sur, y media vuelta orbital alrededor del Sol, es el hemisferio sur el que está más iluminado que el norte. Entonces tenemos esas fechas límites, de más iluminado a menos iluminado, que corresponden aproximadamente a 21 de junio y 22 de diciembre, que son los solsticios. En medio de estas fechas tenemos los momentos intermedios, en que ambos hemisferios están igual de iluminados, que son los equinoccios, y que corresponden aproximadamente a 21 de marzo y 23 de setiembre. (Las fechas oscilan un día de un año para otro).

La órbita de la Tierra alrededor del Sol genera un círculo que se llama eclíptica. La palabra viene de eclipse, porque los eclipses ocurren sobre ese círculo. Desde la superficie de la Tierra, podemos proyectar la eclíptica en el cielo formando una línea, y veremos que a lo largo de un año solar hay partes del cielo que, por el andar de la Tierra, sucesivamente van quedando detrás del resplandor del Sol, desapareciendo y luego volviendo a emerger. En una revolución completa el sol aparente realiza un “barrido” completo de 360 grados en esa franja. La línea de la eclíptica marca pues el “camino del sol” por los cielos a lo largo de un año.

Otro concepto importante es el nacimiento helíaco. La palabra viene de helios, Sol, y es el primer día en que se observa un objeto celeste después de haber quedado oculto por el Sol, debido a la translación de la Tierra. Un día antes el objeto estaba oculto en el resplandor del Sol. El nacimiento helíaco es su reaparición. Esto ocurre siempre en la misma fecha del año sideral. El nacimiento helíaco de un objeto celeste ocurre justo antes del amanecer, por lo que es un evento muy fugaz.

EL USO DEL CIELO PARA LOS BABILONIOS

Los babilonios habitaban en Oriente Medio, en la Mesopotamia entre los ríos Tigris y Éufrates, desde miles de años antes de nuestra Era (si bien usamos la palabra babilonios, éstos en realidad fueron una sucesión de diversos imperios durante gran parte de su historia).

Ellos usaban dos maneras de seguir el tiempo: con las lunas llenas y con la posición de las estrellas. Las lunas llenas completan 12 meses lunares en 1 año, dando así 354 días. El año sideral es más largo, de 365 días. Tal vez mezclando ambos calendarios, llegaron a un sistema de 360 días para el año (Ref. 3). (Cuando con el correr de los años la diferencia de días con 365 sumaba demasiado, se repetía un mes [Ref. 4]).

El número 360 es muy interesante, pues puede ser dividido por un gran número de divisores: 2, 3, 4, 5, 6, 9, 10, 12, 15, 18, 20, 30, 40, 45, 60, 90, 120, 180. El 12, si bien es un número bien menor, también puede ser divido por varios divisores: 2, 3, 4, 6. Así es que los babilonios usaban ambos números con mucha frecuencia, por ejemplo para los rayos de las ruedas de sus carros (Ref. 3). Ellos también inventaron el sistema sexagesimal de 360 grados, 60 minutos para las medidas angulares y 60 minutos, 60 segundos como subdivisión de las medidas horarias (Ref. 5).

Las tablas de MUL.APIN (nombre técnico) son registros astronómicos babilonios presentes en tablas de arcilla. Las más antiguas conservadas hasta hoy son del año 687 B.C.E., pero las primeras fueron probablemente del año 1000 B.C.E., y tal vez derivan de registros más antiguos aún (Ref. 6; Ref. 7). Lo notable es que son libros de texto del conocimiento astronómico acumulado hasta ese momento.

La astronomía babilonia comienza aparentemente con una estrella: Aldebarán (Ref. 7). El nacimiento helíaco de Aldebarán coincidía con el equinoccio de primavera, el comienzo del año solar, alrededor del año 3000 B.C.E.. Aldebarán es una gigante roja de tipo K5+III, a 65 años-luz del Sistema Solar, de magnitud aparente +0,8, siendo una de las 15 estrellas más brillantes del cielo nocturno. (Cuanto mayor el número, menor el brillo. Las más tenues a simple vista son de magnitud +6. Así, se dice que Aldebarán es una estrella de primera magnitud). Tiene una estrella compañera de magnitud aparente +13 y hasta un planeta, Aldebarán b. Durante mucho tiempo se pensó que Aldebarán era parte del aglomerado abierto de Híades, pero ahora se sabe que esas estrellas están detrás y mucho más lejos, a 150 años-luz del Sistema Solar. Por su brillo y su color, Aldebarán de seguro era bastante notable para los observadores antiguos.

Así como el nacimiento helíaco de Aldebarán marcaba el paso de la estación de invierno a verano, hay otra estrella rojiza casi exactamente en el lado opuesto del cielo que tenía su nacimiento helíaco en el equinoccio de otoño boreal. Esta estrella es Antares, supergigante roja de tipo M1.5lab-lb y brillo aparente +1, a 600 años-luz del Sistema Solar, con una compañera azul de brillo de quinta magnitud, unida gravitacionalmente. Antares es una de las estrellas más grandes conocidas, con un diámetro tal que si la ponemos en el lugar del Sol, su superficie llegaría hasta algún lugar entre Marte y Júpiter. El nacimiento helíaco de Antares marcaba el paso del verano al invierno, lo opuesto de Aldebarán.

El sol sale al amanecer en la región este y se pone en la región oeste, pero no exactamente en esos puntos cardinales. Excepto en los equinoccios. En esos días, el sol nace exactamente en el Este y se pone exactamente en el Oeste. Es así pues que con los nacimientos helíacos de Aldebarán y de Antares se tenía una marcación muy precisa de los puntos cardinales Este y Oeste.

Veamos ahora lo que pasa con los solsticios. En esos días, el sol nace lo más al norte en el horizonte este y se pone lo más al norte en el horizonte oeste, y análogamente con el movimiento hacia el sur. En esos puntos el sol, al mediodía, está lo más alto y lo más bajo posible en el año solar, marcando la mitad del verano y la mitad del invierno. Manejando estos datos de la posición del Sol se pueden obtener el punto cardinal Norte y el punto cardinal Sur, pero su resplandor y la dificultad de estimar el momento del “sol estacionario” hace que monitorear las otras estrellas sea mucho más fácil (Ref. 4).

En las fechas de mitad del verano boreal ocurría el nacimiento helíaco de una estrella hoy conocida como Régulus. Es en realidad un sistema cuádruple de estrellas ligadas gravitacionalmente, a 79 años-luz del Sistema Solar, de brillo de magnitud aparente +1,4. El día en que Régulus tenía su nacimiento helíaco se sabía que al mediodía estaba (junto con el Sol) prácticamente apuntando al punto cardinal Norte (aunque es necesaria la sombra de una vara para observar esto desde la latitud de Babilonia, fuera de la región tropical).

Así como el nacimiento helíaco de Régulus marcaba la mitad del verano, el nacimiento helíaco de la estrella Fomalhaut marcaba la mitad del invierno, aunque estaba muy baja en el horizonte desde Babilonia (Ref. 7). Sin embargo, es muy brillante, de magnitud +1,16, por lo que puede resultar útil. Es una estrella que está a 25 años-luz del Sistema Solar, y con la estrella TW Piscis Austrini y la estrella enana marrón LP 876-10 constituye un sistema triple ligadas gravitacionalmente. Tiene un planeta detectado, Fomalhaut b. En la época del 3000 B.C.E., al mediodía del día de su nacimiento helíaco apuntaba, junto con el Sol, aproximadamente al punto cardinal Sur, y como decíamos, en ese momento era aproximadamente la mitad del invierno boreal.

Con el tiempo, los babilonios, así como diferentes culturas alrededor del Mundo, empezaron a señalar a esas estrellas con las estrellas circundantes. No tardó mucho en que empezaran a “unir los puntos” para formar figuras conocidas, un truco psicológico conocido como pareidolia. (La pareidolia es la responsable de que algunos vean estatuas en las nubes, un conejito en las manchas de la Luna o el rostro de Jesús en una vieja tabla de planchar). Cada cultura tenía sus propios dibujos, pero los babilonios veían un toro, un escorpión, un león y un pez en un torrente de agua donde estaban Aldebarán, Antares, Régulus y Fomalhaut, respectivamente (Ref. 7). Cada resultado del “une los puntos” se llama asterismo, y con el tiempo toda la región del cielo circundante al asterismo y todo lo que hay dentro de dicha región pasó a llamarse constelación.

Con el tiempo, empezaron a buscar otras estrellas brillantes cuyos nacimientos helíacos correspondiesen a los 12 meses del año. Es así que comenzaron a llenar de asterismos y constelaciones a la franja del cielo que recorre el Sol, de forma aparente, a lo largo de un año sideral. Esas 12 constelaciones mensuales se convirtieron así en un gigantesco calendario en el cielo.

Estos y otros asterismos que iban inventando eran muy importantes para los babilonios porque sus nacimientos helíacos marcaban fechas importantes en el calendario solar agrícola: cuándo plantar, cuándo cosechar, etc..

Otras culturas, como las culturas de los navegantes del Mar Mediterráneo, empezaron a llenar toda la bóveda celeste con sus propias pareidolias, aparentemente como ayuda para la navegación. Así surgieron decenas de asterismos de todo tipo y sus constelaciones correspondientes (Ref. 8).

Algunas constelaciones antiguas sobrevivieron hasta nuestros días, otras no. Muchas fueron transmutadas, desmembradas, amalgamadas o simplemente sustituidas, de acuerdo a como iban siendo asimiladas por una cultura que las recibía de otra a través del tiempo. Otras son de creación reciente, por ejemplo, como resultado de las exploraciones al Hemisferio Sur.

Al fin práctico de las constelaciones, sin embargo, luego se le unió un fin supersticioso: llegó un momento en que se convirtieron en sagradas. Varias culturas hicieron lo mismo con sus asterismos, pero otras no, notablemente la cultura judía, de la cual deriva el cristianismo. Por ejemplo, a pesar de que también se originó en Mesopotamia, la cultura judía era monoteísta, diferente de la babilonia, que era politeísta. Entonces tenemos ejemplos en las Escrituras, como en su ancestral y milenario Génesis, que dice ya en su en primer capítulo: “[versículo 14] Dijo luego Dios: ‘Haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche, que sirvan de señales para las estaciones, los días y los años, [15] y sean por lumbreras en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra’. Y fue así. [16] E hizo Dios las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que señoreara en el día, y la lumbrera menor para que señoreara en la noche; e hizo también las estrellas. [17] Las puso Dios en el firmamento de los cielos para alumbrar sobre la tierra, [18] señorear en el día y en la noche y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. [19] Y fue la tarde y la mañana del cuarto día.” (Ref. 9). O el libro de Deuteronomio: “No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército del cielo, te dejes seducir, te inclines ante ellos y los sirvas, porque Jehová [Yavé], tu Dios, los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos.” (Ref. 10). También el libro de Job: “Él hace el Oso, Orión y las Pléyades, y las constelaciones del cielo del sur;” (Ref. 11), y en otra parte: [31] ¿Puedes atar las bandas de las Pléyades, o soltar los cordones de Orión? [32] ¿Puedes dirigir las constelaciones en sus estaciones o guiar al Oso con sus cachorros?” (Ref. 12). Y siguen los esclarecimientos, por ejemplo en Salmos: “Cuando miro al cielo, que hicieron tus dedos, y veo la luna y las estrellas, que colocaste en su lugar,” (Ref. 13). Y en el libro de Amós: “Pero hay uno que hizo las constelaciones Pléyades y Orión; él puede convertir la oscuridad en mañana y la luz del día en noche. Él convoca el agua de los mares y la vierte sobre la superficie de la tierra. ¡El Señor es su nombre!” (Ref. 14). El mensaje es claro: existe un solo creador, y los objetos creados son simplemente eso: objetos.

Una nota sobre las Pléyades y Orión: las Pléyades, ó M45, es un aglomerado abierto (de origen común y ligadas gravitacionalmente) de más de 1000 estrellas, situado a unos 440 años-luz de nosotros, de las cuales sólo 6 ó 7 son visibles a simple vista. En Brasil se lo llama los siete pollitos y en España las siete cabrillas, nombre con que aparece en Don Quijote (Ref. 15). Para los griegos eran 7 hermanas, y William Bouguereau pintó en 1884 una hermosa composición mostrando a seis mujeres juntas en la lejanía intentando llegar hasta una séptima en primer plano, titulada aptamente “La estrella perdida”, por la dificultad de ver a la séptima a simple vista. En japonés al aglomerado estelar se lo conoce ancestralmente como Mutsuraboshi, “6 estrellas”, y también se lo llama con el nombre moderno de Subaru, “juntarse”, que es el nombre adoptado por el fabricante de automóviles, producto de la fusión de 6 empresas y cuyo logotipo evoca a las 6 estrellas del cielo juntas (Ref. 16).

Orión era un cazador para los griegos, cuyo cinturón (del que cuelga la correspondiente espada) en dicho asterismo son tres brillantes estrellas de segunda magnitud situadas en el ecuador celeste, muy visibles, alineadas en forma equidistante. Para los árabes las estrellas son Alnitak, Alnilam y Mintaka, el hilo de perlas. Alnitak es una estrella triple de coordenadas 5 h 40 min 45 s de Ascensión Recta y -1 deg 56 min 34 s de Declinación, a unos 1200 años-luz de distancia. Alnilam es una bola supergigante azul de coordenadas 5 h 36 min 13 s de Ascensión Recta y -1 deg 12 min 7 s de Declinación, a una distancia de unos 2000 años-luz. Mintaka es un sistema estelar gravitacional quíntuple de coordenadas 5h 31 min 59 s de Ascensión Recta y -0 (menos cero) deg 17 min 57 s de Declinación, a 1200 años-luz de distancia.

Una ojeada a la Ascensión Recta nos muestra que el espaciamiento aparente en términos de ángulos horarios es de poco más de 4 minutos, y fijándonos en la Declinación notamos que están alejadas sucesivamente cerca de 1 grado sexagesimal de distancia angular una de la otra, hacia el Sur desde el ecuador celeste. Como también entresacamos de los datos, sólo Alnitak y Mintaka están a la misma distancia absoluta del Sistema Solar, 1200 años-luz, con Alnilam a casi el doble de lejos, 2000 años-luz de nosotros, por lo que el cinturón es sólo aparente. Esta diferencia de distancias absolutas en un mismo asterismo ocurre en todas las constelaciones, porque como pudo ser demostrado recién con instrumentos avanzados de 1838, por Friedrich Bessel, el espacio entre las estrellas no es bidimensional, como se creía antes de manera general, sino tridimensional.
Entre paréntesis, otro caso similar es el de las 2 estrellas más brillantes de las 37 que según Claudio Ptolomeo (c. 100 C.E. - c. 170 C.E.) hay en el asterismo del centauro Quirón, llamadas Alfa Centauri y Beta Centauri (para los árabes, respectivamente, Rigil Kentaurus, el pie del Centauro, y Hadar, un nombre propio de significado incierto). Alfa es un sistema de dos estrellas del tamaño del Sol más una enana roja en órbita a ellas, Próxima Centauri, que cuenta con un planeta detectado, Próxima Centauri b. Beta es un sistema estelar de dos supergigantes azules de tipo B1III más una enana azulada de tipo B1V, unidas gravitacionalmente. Comparemos las distancias: Alfa está a 4,3 años-luz (la más cercana a la Tierra después del Sol), y Beta 100 veces más lejos, a 400 años-luz.
Analicemos otro asterismo al azar. Que tal la Cruz del Sur: ninguna de sus estrellas está a la misma distancia que otra, variando desde 88 años-luz para Gama, 228 años-luz para Épsilon, 280 años-luz para Beta, 325 años-luz para Alfa, hasta 364 años-luz para Delta. Compárese el orden de distancia absoluta con el orden alfabético de brillo como visto desde la Tierra: en vez de ser A-B-C-D-E es en realidad C-E-B-A-D, sin ningún patrón. Esta aleatoriedad de estrellas cercanas pero tenues y lejanas pero brillantes se repite por todas partes del cielo.
Es más, estrellas de constelaciones bien separadas pueden estar más cerca unas de las otras que de otras estrella dentro de su propia constelación. Verifiquemos esto listando en orden las 12 estrellas más cercanas al Sistema Solar y las constelaciones a las que pertenecen: Alfa Centauri, constelación del Centauro; Estrella de Barnard, constelación de Ofiuco; Luhman 16, constelación de Vela; Wolf 359, constelación de Leo; Lalande 21185, constelación de la Osa Mayor; Sirius, constelación de Can Mayor; Luyten 726-8, constelación de Cetus; Ross 154, constelación de Sagitario; Ross 248, constelación de Andrómeda; Épsilon Eridani, constelación de Eridanus; Lacaille 9352, constelación de Piscis Austrinus; y Ross 128, constelación de Virgo. Pero que se sepa, nunca nadie formó una constelación con estas 12 estrellas más cercanas. Tal vez sea porque las 12 están en 12 constelaciones diferentes esparcidas por el cielo, y 9 de ellas fuera de los nombres astrológicos.

Volvamos a las 3 estrellas del cinturón del cazador según los griegos, o lo que es lo mismo, a las 3 estrellas del hilo de perlas según los árabes. Para los cristianos Sudamericanos estas 3 estrellas musulmanas son las Tres Marías judías que estuvieron presentes en la crucifixión de Jesús de Nazareth: María Magdalena, María de Nazareth y “la otra María” (esta última, María la esposa de Cleofas, o la madre de los hijos de Zebedeo, o Salomé, según los diferentes Evangelios).

Como vimos en el caso de las Pléyades y en éste de Orión, las mitologías varían completamente de una cultura a otra.
Es así que las constelaciones son pura fantasía, trucos psicológicos, pareidolias como explicamos.

Ahora veamos algo más que hay en el cielo: a pesar de que los semitas creen que existe un solo dios, como vimos, para la época de Ciro el Grande (c. 590 - c. 529 B.C.E), y con certeza desde mucho antes, los babilonios comenzaron a adorar a otras luces en el cielo que no tenían nada que ver con las estaciones o con los puntos cardinales: los planetas. Planeta, palabra que significa errante (que anda de una parte a otra sin tener asiento fijo), era llamado así porque anda de una constelación a otra, y no forma ningún asterismo. Los antiguos conocían 5: Venus, Júpiter, Marte, Saturno y Mercurio, que son los que pueden ser identificados a simple vista. Todos eran “dioses”.

El más importante era Júpiter, conocido por los babilonios como Marduk. También era llamado Bel (“Señor”), y existen relatos sobre una discusión entre el judío Daniel y el rey Ciro el Grande sobre su divinidad. Marduk, o Bel, tenía un templo centrado en un ídolo el cual era alimentado cada noche con abundante comida. Daniel decía que no era más que una estatua de arcilla forrada con bronce y los sacerdotes la volvían viva y glotona con un truco. El rey Ciro preguntó cómo podría ser esto. Daniel entonces dijo que colocasen ceniza en el suelo del templo, justo antes de cerrarlo al fin de la jornada. Esa noche los sacerdotes colocaron comida como siempre, y trancar0n las puertas del templo hasta la mañana, como de costumbre. Al abrirlas, se encontraron pisadas humanas que conducían hasta una puerta secreta dentro del templo. La mentira estaba clara: los sacerdotes, usando la puerta secreta, se robaban la comida todas las noches y decían al rey que Bel, o Marduk, estaba vivo. La verdad era otra: el culto a Bel, Marduk o su nombre moderno, Júpiter, era un vano culto a un simple objeto sin magia o espiritualidad alguna (Ref. 17). Esta verdad se cumple, por supuesto, hasta los días de hoy.

Una cosa que debemos tener en cuenta es que a pesar de que estas religiones politeístas eran muy antiguas, no necesariamente usaban el cielo para adivinación directa, a través de rayos o “energías” o lo que sea, sino que más bien lo veían como un tablero en donde los dioses (o hasta el simple porvenir) se comunicaban por señales indirectas. Era común entre los sacerdotes oficiales de las cortes reales crear augurios condicionales, del tipo “si ocurre tal cosa en el cielo entonces ocurrirá esto”, como la tradición milenaria de la serie Enuma Anu Enlil que alcanzó cerca de 7000 augurios. Toda esta práctica astrológica estaba centrada en la suerte del Estado. Existían en paralelo otras prácticas como la “lectura” del hígado de animales sacrificados, de manchas de aceite y de columnas de humo (Ref. 18).

Los horóscopos más antiguos son bien recientes, de casi la era Helenística. El horóscopo personal más antiguo conocido está en la tableta cuneiforme babilonia AB 251, guardada en el Museo Ashmolean de la Universidad de Oxford, y está fechado el 29 de abril del 410 B.C.E., cuando definitivamente sucumbieron al misticismo astrológico (Ref. 19; Ref. 20). A tal punto, de que para ese tiempo ya incluían al Sol y la Luna entre los planetas.

EL CIELO PARA LOS GRIEGOS

En el 432 B.C.E. el astrónomo griego Euctemon, de Atenas, observando sombras y haciendo cálculos, decidió fijar el comienzo del año no en función de las estrellas nocturnas sino del Sol. Así, el año comenzaba en el equinoccio de primavera, o sea la posición del sol aparente que nace en el punto cardinal Este, el día en que lo noche y día tienen virtualmente la misma duración, sin importarle la posición de las otras estrellas (Ref. 21). Esto tuvo importantes consecuencias.

Los babilonios habían dividido las constelaciones del año en 12 de tamaño igual, asignándole a cada una 30 grados, correspondientes a 30 días, completando 360 días en el año y a la vez 360 grados de la circunferencia (Ref. 4). Cada estrella significativa estaba en el medio de cada cuadro, por ejemplo, Aldebarán estaba a 15 grados del comienzo de la constelación del toro, o sea, el toro comenzaba 15 días antes del nacimiento helíaco de Aldebarán y terminaba 15 días después

Posiblemente por el hecho de que muchas constelaciones no tienen estrellas muy brillantes, Euctemon hizo otra modificación: colocar al comienzo del año el nacimiento helíaco de la primera estrella que esté en la constelación correspondiente de la secuencia. Así, la constelación comenzaba en el primer nacimiento helíaco de cualquiera de sus estrellas, la que aparezca primero, y terminaba un mes después (Ref. 21). A partir de ahí corrían todas las demás constelaciones. Como esta franja por donde “corre el sol” tiene predominantemente asterismos de animales, se la llama franja del zodiaco, de zoo-, es decir, animal.

Tengamos en cuenta, sin embargo, una información muy importante: en el zodiaco los babilonios contaban más de 12 constelaciones, entre 17 y 18 (Ref. 6; Ref. 7; Ref. 20). Pero 12 es un número más cómodo para hacer cálculos matemáticos de calendario (por ejemplo, 12 meses en un año de 360 días, etc.), por lo tanto ignoraban las demás constelaciones, y esa costumbre la mantuvieron los astrónomos que vinieron después, hasta tiempos muy recientes (Ref. 22; Ref. 23). El zodiaco babilonio como tal fue finalizado entre los años 409 B.C.E. y 398 B.C.E. (Ref. 24).

Ahora veamos lo siguiente: la Tierra tiene varios movimientos. A los más conocidos de rotación y translación se unen la precesión, la nutación y el cambio de la oblicuidad de la eclíptica.

La rotación es el giro sobre su mismo eje y dura 24 horas 00 minutos 00 segundos si lo observamos de un mediodía al siguiente mediodía, pero 23 horas 56 minutos 4 segundos si lo observamos mirando a las otras estrellas: es que su translación que ocurre simultáneamente durante ese lapso de tiempo afecta la manera en que vemos al Sol, de ahí la diferencia.

La translación es la revolución alrededor del Sol y dura 365 días 5 horas 48 minutos 45 segundos de un equinoccio de primavera al siguiente equinoccio de primavera, pero 365 días 6 horas 9 minutos 10 segundos si lo miramos en relación a las otras estrellas.

La nutación son pequeños cabeceos que realiza el eje terrestre, de unos 9 segundos de arco, y tiene una periodicidad de 18 años 7 meses.

El cambio de oblicuidad de la eclíptica son movimientos más grandes, mudando la inclinación del eje pasando de 22 grados a 24 grados y viceversa, pero en un período mucho más largo de 41 040 años.

La precesión es el cambio, en forma de una gran vuelta, de la orientación del eje terrestre en relación al polo de la eclíptica, o sea, alrededor de una perpendicular al plano de la órbita de la Tierra. Veamos cómo: el eje de la Tierra está inclinado unos 23 grados 26 minutos con respecto al plano de su órbita, y a la precesión se la suele comparar con el baile del eje de un trompo en rotación, apuntando así el eje en diferentes direcciones. El período es de 25 772 años para dar una vuelta completa y volver el eje a apuntar en la misma dirección en el espacio en la que estaba antes.

El movimiento es grande: en nuestra época el eje terrestre apunta a Polaris, una supergigante amarilla de tipo F7Ib, con una enana de tipo F6V orbitándola, y ambas siendo orbitadas a su vez por una tercera estrella de tipo F3V, todo el sistema a 430 años-luz en la constelación de la osa pequeña. Pero hace 5000 años, en la época de los babilonios, el eje terrestre apuntaba a la estrella Thuban, una gigante blanca de tipo A0III, con una compañera a una distancia comparable a la del Sol a Mercurio, juntas formando un sistema binario a 300 años-luz en la constelación del dragón. Por la precesión actualmente Polaris está a +89 deg 15 min 51 s de Declinación, mientras que Thuban ya se alejó a +64 deg 22 min 33 s de Declinación, una diferencia considerable de 25 grados.

Este movimiento de precesión es el que hace que el año solar sea diferente del año sideral, o sea, que el calendario solar varíe en relación a la posición de las otras estrellas. Entendamos esto mejor: como el eje apunta en distintas direcciones en ese período de 25 772 años, pero eso no influye en que siga habiendo estaciones y por tanto equinoccios, las estaciones, bañadas por el Sol, se adelantan en relación a la posición de las otras estrellas. Como consecuencia práctica hay dos años, el solar y el sideral, cuyos valores dimos, y esa diferencia hace que el nacimiento helíaco de las otras estrellas cambie de fecha lentamente. Es decir, el nacimiento helíaco de una estrella se atrasa en promedio 1 día cada 70 años 7 meses.

En el año 3000 B.C.E., Aldebarán estaba en cero horas de Ascensión Recta, pues era el comienzo del año. Pero esa diferencia entre año solar y año sideral la llevó a estar en la época helenística a alrededor de 2 horas y 20 minutos de Ascensión Recta, o sea, Aldebarán nacía para los griegos alrededor de dos horas y media más tarde que para los babilonios de antes, en el mismo día del año. En la época griega helenística, en el día del equinoccio de primavera el nacimiento helíaco ya no correspondía a la constelación del toro, sino a la del carnero. El cielo se movía.

El astrónomo griego Eudoxo de Cnido (c. 408 B.C.E. - c. 355 B.C.E..) observó esto e hizo entonces una modificación más: mover el comienzo del año sideral a la constelación real para su época, la del carnero (Ref. 21).

El descubrimiento del motivo de que el “cielo se mueva” (en realidad el tercer movimiento importante de la Tierra, como lo definió por primera vez Copérnico) se le atribuye al gran Hiparco de Nicea, un amante de la verdad, como decía de él Claudio Ptolomeo. Lo hizo comparando minuciosamente posiciones de estrellas anotadas por los astrónomos Timócares y su probable alumno Aristilo, desde Alejandría, aproximadamente entre el 298 B.C.E. y el 259 B.C.E con las posiciones que él, Hiparco, observaba en su propia época (Ref. 25; Ref. 26).

(Para la anécdota: para calcular las coordenadas para su época de las estrellas en la noche usó la línea Sol-Tierra-Luna, que se formó en los eclipses lunares del 21 de abril del 146 B.C.E. y el 21 de marzo del 135 B.C.E.. En esas noches, midió la posición de las estrellas con respecto a la Luna eclipsada, y sumó 180 grados para saber sus distancias angulares al Sol, y de ahí hasta el punto del equinoccio. Hiparco estudió los equinoccios con observaciones en los otoños de los años 162 B.C.E., 159 B.C.E., 158 B.C.E., 147 B.C.E, 146 B.C.E. y 143 B.C.E.; y en las primaveras de los años 146 B.C.E., 145 B.C.E., 144 B.C.E., 143 B.C.E., 142 B.C.E., 141 B.C.E., 135 B.C.E., 134 B.C.E., 133 B.C.E., 132 B.C.E., 131. B.C.E., 130 B.C.E., 129 B.C.E. y 128 B.C.E., usando para ello la sombra de un anillo de bronce ubicado en la “Plaza Stoa” de Alejandría, y también en la isla de Rodas).

Vio que entre las posiciones de estrellas de aquellos astrónomos anteriores y las de él había una discrepancia sistemática de 2 grados, siempre en el mismo sentido, lo que en el año 128 B.C.E. dedujo no como errores de catálogo sino atribuible a un movimiento hasta entonces desconocido. A este tercer movimiento Hiparco lo describió como un lento desplazamiento circular del polo de toda la bóveda celeste alrededor del polo de la eclíptica (Ref. 25).

En esa época todavía no se había descubierto que la Tierra tiene un eje de rotación, hasta la demostración de Léon Foucault en 1851, pero la comparación es válida.

Juguemos un poco con la definición de Hiparco. Razonemos como los griegos. Todo partía de la creencia de que la Tierra estaba absolutamente inmóvil. Como creían que la Tierra no giraba, pensaban que la rotación era de la bóveda celeste, y que el eje de rotación estaba en ésta, marcando un polo celeste. Como creían que la Tierra no se desplazaba, pensaban que la translación era del Sol; pero esperemos, la eclíptica, “el camino del sol” a lo largo del año, está inclinada con respecto al ecuador, y portando debía haber un segundo eje giratorio, marcando otro polo: el de la eclíptica. Y como creían que la Tierra no se bamboleaba, pensaban que el lento bamboleo debía ser de toda la bóveda celeste, haciendo, como decía Hiparco, que el primer polo ande alrededor del segundo. Éste último movimiento aparente es el que hace que los equinoccios se adelanten en el zodiaco; de cuya observación viene la expresión “precesión de los equinoccios”.

Por supuesto, hoy entendemos que la mecánica real de todo esto es diferente a la creencia de hace 2000 años, pero como una primera aproximación el efecto es análogo.

Hiparco de Nicea fue el primer ser humano en calcular dos valores distintos para el año en la Tierra. Con el valor de precesión de alrededor de 2 grados entre la época de Timócares y Aristilo y la suya, estimó que el año sideral se atrasaba con respecto al año solar como mínimo un centésimo de grado por año. Para el año solar disponía de las observaciones de los solsticios de verano de al menos 3 astrónomos anteriores, en el 432 B.C.E., 330 B.C.E. y 280 B.C.E..

(Más anécdotas: fueron Euctemón y Metón de Atenas, inicio del Primer Ciclo Metónico, de 19 años cada uno, en el 28 de junio de 432 B.C.E. al mediodía, registrado como 27 al amanecer por Claudio Ptolomeo ó 27 al anochecer según el calendario civil de Atenas; Calipo de Cícico, inicio del Primer Ciclo Calípico, de 76 años cada uno, en el 28 de junio de 330 B.C.E. al amanecer; Aristarco de Samos, 2 Ciclos Calípicos contando desde el inicio del Primer Ciclo Metónico, en el 27 de junio del 280 B.C.E. al amanecer, registrado como 26 al mediodía, fin oficial del quinto año del calendario dionisiano, en el quinto año del régimen de Ptolomeo II Filadelfo, rey de Egipto; una o múltiples fechas de Arquímedes de Siracusa [c. 287 B.C.E. - 212 B.C.E.]; y su propio registro de su observación del solsticio de verano boreal ocurrido el 26 de junio de 135 B.C.E. al amanecer [Ref. 25; Ref. 27]).

Contando los días y cuartos de día transcurridos y dividiendo por la cantidad de años, el año solar calculado fue de 365 días 5 horas 55 minutos, apenas 6 minutos más que el valor real (Ref. 25). Con este dato el valor mínimo para el año sideral sería así de 365 días 6 horas 10 minutos, que es 1 minuto más que el valor real.

Hiparco probablemente también observó, calculó e hizo coincidir el inicio del año solar para su época con algún punto dentro de la constelación del carnero (cercano a Gama Arietis, Mesarthim para los árabes, magnitud +4, que hoy sabemos es una estrella binaria, una de tipo B9V y la otra A1p Si, a 160 años-luz del Sistema Solar), punto al que estableció como el primer punto del carnero (Ref. 21; Ref. 28). Pero asimismo no usó los nacimientos helíacos de las estrellas para contar los años, sino que dejó que el primer punto se arrastre con el tiempo por la bóveda celeste, siguiendo al movimiento de los equinoccios solares. Esto es, insistió en la distinción entre año sideral y año solar, optando por este último (Ref. 21; Ref. 25; Ref. 28). Lo que no resolvió el problema para la astrología.

Cerca año 150 C.E. el astrónomo egipcio helenístico Claudio Ptolomeo terminó el libro de Astronomía más influjente hasta pasada la Edad Media: la “Sintaxis Matemática”, que pasaría a la Historia como el Almagesto, que significa “El Majestuoso”. Esta obra, en 13 tomos, expresó el sistema mecánico que intentaba explicar los movimientos del Sol, la Luna, los planetas y las estrellas nocturnas, poniendo a la Tierra como centro y a toda la Creación girando en torno a ella, algo que no fue discutido hasta Copérnico en 1543. Incluyó un catálogo, basado en Hiparco, de 1022 estrellas. También describió y citó los nombres de 48 constelaciones visibles desde el Mundo conocido (Ref. 29). Sin embargo, perdió la oportunidad de actualizar el comienzo del año, que ya no estaba en el carnero sino que ya había pasado a los dos peces.

LAS 88 CONSTELACIONES

Algo que Claudio Ptolomeo no incluyó en el Almagesto fueron los bordes de las constelaciones. De hecho, nadie lo había hecho hasta ese momento, más allá de las 12 divisiones del zodiaco. Para 1930 ya se habían inventado todas las constelaciones que hay en el Hemisferio Sur (como la constelación del Sextante, del Microscopio, el Telescopio, la Máquina Neumática) y algunas constelaciones del Hemisferio Norte habían sido desmembradas. La Unión Astronómica Internacional por tanto llegó a un acuerdo sobre las divisiones, que se hicieron básicamente con simples líneas rectas siguiendo meridianos de Ascensión Recta y paralelos de Declinación, bordeando en general los asterismos tradicionales (Ref. 30; Ref. 31; Ref. 32). Así se oficializaron las 88 constelaciones existentes.

Finalmente se pudieron medir las extensiones Norte-Sur, Este-Oeste y las áreas de las constelaciones y sus distintas partes con precisión. Examinemos las del zodiaco. La franja del zodiaco se extiende 9 grados arriba y 9 grados abajo de la eclíptica (el “camino del sol” aparente), en total 18 grados, para incluir el movimiento de todos los 5 planetas visibles para los antiguos.

El equinoccio de primavera boreal ahora está, después de 5000 años, a 4 horas 35 minutos 55 segundos de Ascensión Recta de Aldebarán, ocurriendo por delante de ésta. Cero horas de Ascensión Recta está ahora en los dos peces (Ref. 33: Ref. 34; Ref. 35; Ref. 36; Ref. 37; Ref. 38), y ha estado dentro de esta constelación desde el 68 B.C.E., y estará en ella hasta el año 2597, cuando cruzará la línea de la frontera con Acuario (el origen del torrente de agua que bebe el pez; incidentalmente, éste último por su parte ahora separado como Piscis Austrinus) (Ref. 38).

Por tanto, las constelaciones del zodiaco con sus fechas y el tiempo en que el sol se “pasea” en ellas es (Ref. 32; Ref. 35; Ref. 39): Piscis, del 12 de marzo al 18 de abril; el sol tarda 38 días en recorrerla. Aries, del 19 de abril al 13 de mayo; el sol tarda 25 días en recorrerla. Tauro: del 14 de mayo al 19 de junio; el sol tarda 37 días en recorrerla. Gemini: del 20 de junio al 20 de julio; el sol tarda 31 días en recorrerla. Cáncer: del 21 de julio al 9 de agosto; el sol tarda 20 días en recorrerla. Leo: del 10 de agosto al 15 de setiembre; el sol tarda 37 días en cruzarla. Virgo: del 16 de setiembre al 30 de octubre; el sol tarda 45 días en cruzarla (la más ancha). Libra: del 31 de octubre al 22 de noviembre; el sol tarda 23 días en recorrerla. Escorpio: del 23 de noviembre al 29 de noviembre; el sol tarda 7 días en cruzarla (la más estrecha). Ofiuco, constelación que se dejó de lado porque 360 grados no es divisible entre 13, entre otros motivos: 30 de noviembre al 17 de diciembre; el sol pasa 18 días en ella. Sagitario: del 18 de diciembre al 18 de enero; el sol aparente la cruza en 32 días. Capricornio: del 19 de enero al 15 de febrero; el sol aparente la cruza en 28 días. Y Acuario: del 16 de febrero al 11 de marzo; el sol aparente la cruza en 24 días. (Las fechas oscilan 1 día para más ó para menos de un año a otro).

Si contamos desde la línea de la frontera entre las constelaciones de Piscis (los dos peces) y Aries (el carnero), vemos que el equinoccio de primavera boreal en realidad cae 29 días antes (Ref. 39; Ref. 40), muy dentro de Piscis (Ref. 38). En coordenadas, una diferencia de Ascensión Recta de 1 hora 47 minutos (Ref. 32). O sea, el nacimiento helíaco de Aries ocurre con un retraso de casi dos horas con respecto al nacimiento en el Este del sol equinoccial, y la constelación de Aries está desfasada casi todo un tercio del camino desde el horizonte hasta lo alto.

La estrella Gama Arietis fue sustituida por la estrella Omega Piscium (magnitud aparente +4, tipo F4IV, a 104 años-luz del Sistema Solar) como la estrella con nombre más cercana al primer punto del año astronómico, el lugar cuyas móviles coordenadas se mantienen siempre en cero horas de Ascensión Recta y cero grados de Declinación.

Y si aún tenemos la lisonjera esperanza de volver a ver el primer día del año astronómico naciendo en Tauro (el toro), el desfasaje por el movimiento de precesión del eje de la Tierra ahora es de (después de cálculos redondos) 54 días (Ref. 39; Ref. 40). En coordenadas un desfasaje en Ascensión Recta de 3 horas 23 minutos (Ref. 32), bien más de la mitad del camino desde el horizonte hasta lo alto. La última vez que un babilonio pudo ver un equinoccio con el sol en la constelación del toro fue en 1866 B.C.E. (Ref. 38).

Y así con todas y cada una de las otras constelaciones del zodiaco. Evidentemente, el cielo del año 2000 C.E. de nosotros no es el cielo del año 300 B.C.E de los griegos y mucho menos el cielo del 3000 B.C.E. de los babilonios.

En cuanto a la constelación de Ofiuco, el héroe mítico que agarra una enorme serpiente, tan grande que su cola y su cabeza forman otras dos constelaciones separadas, siempre existió. Claudio Ptolomeo ya lo catalogaba en el Almagesto del año 150 C.E.. Aratus de Soli (fl. c. 315 B.C.E. - c. 245 B.C.E.) compuso un notable poema en versos de regla hexamétrica en el que describió su fisonomía, junto con la enorme serpiente que agarra con las dos manos al nivel de su cintura, con sus dos pies sobre el escorpión y su cabeza vecina al asterismo del que se arrodilla (“Engonasin”, posteriormente Hércules), con la mandíbula de la serpiente aproximándose a la corona boreal, todo esto perfectamente enmarcando su posición real (Ref. 41).

La inspiración para el poema parece ser un catálogo astronómico de Eudoxo de Cnido de aproximadamente el 368 B.C.E., (aunque, básicamente por cómo fueron colocados los solsticios y equinoccios, existe controversia sobre si éste se originó un milenio antes [Ref. 8; Ref. 42; Ref. 43; Ref. 44]).

Los babilonios también tenían una constelación en esa parte del zodiaco, pero su nombre es incierto, tal vez Nira, la serpiente conquistada por los dioses cuyo cuerpo se confunde con la Vía Láctea (Ref. 7), tal cual lo hace la constelación de la mitad trasera de la serpiente moderna (Ref. 45).

La supernova (explosión de una estrella) SN 1604 apareció en el tobillo derecho de Ofiuco y fue estudiada con meticuloso detalle por Johannes Kepler, quien publicó en 1606 los resultados de su investigación en un libro, conteniendo un mapa con los pies del personaje cruzando la eclíptica (Ref. 46). SN 1604 fue visible durante 1 año y llegó a magnitud -2,5, con lo que pudo verse durante la luz del día. Por las mediciones hechas, estaba más allá de la Luna, lo que sirvió de polémica para Galileo Galilei afirmando que la “esfera de las estrellas fijas” no es inmutable, como decía Aristóteles.

Por otro lado, la llamada Estrella de Barnard, una enana roja a una distancia de 5,95 años-luz que es la segunda estrella más cercana al Sistema Solar después de Alfa Centauri, está en Ofiuco. De magnitud aparente +9,5, tiene el mayor movimiento propio de entre todas las estrellas conocidas: se mueve por el cielo a 17 minutos de arco por siglo, la mitad del diámetro aparente de la Luna. Todas las estrellas tienen movimiento propio, esto es, independiente de las otras estrellas, y éste puede ser en cualquier dirección. Este fenómeno fue descubierto en 1718 por Edmond Halley (sí, el del cometa). El movimiento propio de cada estrella es un detalle no menor que no hay que olvidarlo al enfrascarse en los asterismos, pues estos cambian de forma muy lentamente con el pasar de las eras. Por ejemplo, en meros 10 400 años, la Estrella de Barnard habrá cambiado de lugar una enorme distancia angular de 30 grados, el ancho de un signo astrológico completo, hacia el noroeste. La estrella 61 Cygni (binaria de tipos K5V y K7V, a 11,4 años-luz del Sistema Solar, magnitud +5,2), ésta sí visible a simple vista, se mudará 15 grados hacia el este-nordeste. Aldebarán va más lenta, casi 3 grados en ese espacio de tiempo, pero eso quiere decir que ya cambió de lugar en su constelación casi un grado y medio desde la época de los babilonios, hacia el este-sudeste.

Después del caso de Ofiuco tenemos el caso de la ballena. Cada 27 de marzo una parte del disco solar penetra en esta constelación, y cada año penetra más y más a un ritmo de 0,2 segundos de arco por año, hasta que en determinado momento la línea de la eclíptica la cruzará y luego el sol entero se insertará en ella, siendo así la 14a. constelación en su camino (Ref. 47).

Si contamos a los planetas, y considerando a la franja del zodiaco como de un ancho de 18 grados, existen 25 constelaciones que son visitadas: el que vierte el agua, el carnero, el cangrejo, la cabra, la ballena, el cuervo, la copa, los gemelos, la serpiente de agua hembra, el león, la balanza, el que agarra la serpiente, el cazador, el caballo alado, los dos peces, el arquero, el escorpión, el escudo, el sextante, el toro, la virgen, el perro pequeño, el cochero, la serpiente y el águila (Ref. 39; Ref. 47; Ref. 48). Si incluimos a Plutón, que “fue” planeta entre 1930 y 2006, tenemos además a el pastor, la cabellera de la reina Berenice II, el río, y el león pequeño, para un total de 29 constelaciones zodiacales (Ref. 39).

LOS PLANETAS NUEVOS

Desde la Prehistoria hasta el Renacimiento, los seres humanos conseguían contar 5 de esas luces que vagan por el cielo por caminos aparentemente inciertos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. También se solía incluir al Sol y a la Luna, aunque los caminos de ellos a prima facie eran menos complicados. La Tierra era la Tierra, el centro inamovible del Universo, y por definición no era planeta.

Los babilonios los llamaban con otros nombres, como Ishtar para Venus y Marduk para Júpiter. Los griegos, cuyas mitología y astronomía eran un sincretismo de tradiciones babilonias y de pueblos marineros del Mediterráneo, los llamaban Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Cronos. La Luna era Selene y el Sol, Helios. Más tarde, los romanos, que habían adquirido una fuerte influencia cultural de los griegos, utilizaron gran parte de los mismos mitos pero con diferentes nombres, (los que llegaron a la modernidad).

Existe un notable ejemplo de este tipo de sincretismo en el Templo de Dendera, Egipto, donde en el techo de una capilla dedicada a la diosa egipcia Osiris se grabó en bajorrelieve, cerca del 36 B.C.E., en el período del régimen helenístico y protección romana, el único mapa completo de un cielo de antes de nuestra Era Común (B.C.E.). Muestra el zodiaco clásico pero rodeado por constelaciones egipcias para el resto del cielo. Las constelaciones zodiacales, sin embargo, no aparecen con las formas de las figuras greco-romanas, sino como figuras babilónicas (Ref. 7; Ref. 8).

Y una impensada unión entre la religión pagana y la religión cristiana ocurrió cuando, según Hechos de los Apóstoles, Pablo discurseó ante los atenienses en el consejo de Areopagus y equiparó a Zeus con Yavé, utilizando para ello la introducción del antes mencionado poema del pagano Aratus de Soli y repitiendo su quinto verso: “Porque en él vivimos y nos movemos y existimos, como incluso algunos de vuestros propios poetas han dicho: ‘Porque nosotros también somos su descendencia’.” (Ref. 41; Ref. 49).

El 7 de marzo de 321 el emperador Constantino el Grande ratificó de facto que la semana romana de 8 días pasase a tener 7, y que llevasen los nombres de los planetas, considerados dioses. Esos son los nombres actuales, derivados de los nombres paganos: Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes. El siguiente día era para Saturno y el día del descanso era el Dies Solis. Sábado de “Sabbath” y Domingo de “Dominicus” (del Señor) son judeocristianos, pero en inglés Saturday y Sunday aún son días de Saturno y del Sol.

(Aunque no todos los latinos siguen la nomenclatura astrológica: en Brasil los días sólo son Domingo, Segunda, Tercera, Cuarta, Quinta, Sexta y Sábado).

Notemos que el orden no corresponde al orden de los planetas como los conocemos actualmente. Es que hasta pasada la Edad Media había mucha confusión en cuanto a cuál estaba más cerca y cuál más lejos, especialmente en el caso de Mercurio y Venus.

Paremos un momento y notemos por qué, hasta este punto de este artículo, hemos dicho los nombres de decenas de seres colocados en el cielo. Hay una historia para cada objeto celeste, y cada objeto celeste tiene su historia (o diez, o cien, según a cuántas culturas se la preguntemos). Esto es por definición lo que se llama Mitología. La palabra viene de mito: un relato, generalmente tradicional, de eventos en apariencia históricos, que sirve para desarrollar parte de la visión del mundo de un pueblo o explicar una práctica, creencia o fenómeno natural.

En el mundo de los antiguos, los conocimientos humanos sobre el mundo que les rodeaba eran desde luego mucho más limitados que ahora, y peor, no existía un método consensuado para buscar la realidad. Hoy lo tenemos: el Método Científico, que prueba las ideas para ver si funcionan, y si no funcionan, las descarta.

Sin la predictibilidad de los fenómenos que nos enseñan los conocimientos científicos modernos, el mundo antiguo era muy pero muy misterioso. Debía haber seres moviendo los hilos para que funcione cada cosa, seres misteriosos actuando de manera misteriosa. Los llamaban dioses.

Los dioses tenían voluntad propia, oculta. Y el ser humano le teme a lo desconocido. Había que aplacarlos y ganarse su favor para poder sobrellevar la vida. Había un dios para cada preocupación humana. Es así que crearon toda clase de cultos, y generalmente escondían a sus misteriosos dioses en los lugares más recónditos, por ejemplo en lo más alto del cielo. La cuestión es si los asterismos y las constelaciones fueron inventados antes que los mitos, o al revés, si los mitos fueron inventados antes que los asterismos y las constelaciones. En la Edad Antigua, generalmente era de manera paralela, solapada, (Ref. 7; Ref. 8) … lo que es de esperarse de gente a quienes les costaba diferenciar fantasía de realidad.

En los siglos XVI y XVII ocurrió uno de los más drásticos cambios del modo humano de pensar del que se tiene registro: se lo llamó la “Revolución Científica”. Si bien que finalmente llegó a todos los campos de las ciencias, comenzó en la Astronomía. Hubo cuatro grandes momentos en esa Revolución. En 1543 Nicolás Copérnico publicó su libro “Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes”, donde presentó un esquema matemático del Sistema Solar que pretendía aclarar muchas de las dudas que todavía existían a pesar del Almagesto de Ptolomeo. Lo más notable desde el punto de vista mecánico y filosófico fue el considerar a la Tierra un planeta. Es decir, la Tierra (y todo lo que hay en ella) ya no es el centro de la Creación. Ese lugar lo ocuparía el Sol. Con la Tierra andando alrededor del Sol, la posición y el movimiento de los otros planetas quedaba más claro. Pero todos los mitos sobre seres celestes ahora deberían repensarse ya que de pronto la Tierra en sí se convirtió en un ser celeste.

En 1609 Johannes Kepler publicó su “Astronomía nueva”. Kepler se había educado en un seminario y era hombre muy religioso. Era un matemático extraordinario, pero también era muy místico: creía, como muchos griegos antiguos, que los cinco sólidos perfectos (el tetraedro, el octaedro, el cubo, el icosaedro y el dodecaedro) regían el cosmos. En 1596 publicó su libro “El Sagrado Misterio del Cosmos (Explicado)”, dando a conocer su siguiente idea: que colocando estos sólidos uno dentro del otro, era posible obtener las distancias relativas entre los planetas. Estos, claro, orbitarían al Sol sobre esferas, el otro sólido perfecto.

Esto tenía más de numerología que de ciencia, pero Kepler creía que podía demostrarlo. Contactó al astrónomo más renombrado de la época, Tycho Brahe, y fue a trabajar en su famoso observatorio. Pero después de más de 1000 páginas de cálculos y más cálculos sobre la órbita del planeta Marte, se dio cuenta de que había un error de 8 minutos de arco. Eso indicaba que los planetas no andaban en círculos perfectos, sino en elipses.

Podía haber despreciado ese error pequeñísimo, pero Johannes Kepler tuvo la valentía de no hacerlo. En 1609 publicó el otro libro citado en el que anunciaba con toda sinceridad que la teoría que con tanto esfuerzo había intentado probar por más de una década estaba equivocada. No entendía el porqué de las elipses, pero sí entendía que el Universo era diferente de lo que él quería que fuese. Y esa humildad es la esencia de la Ciencia.

Las tres leyes de Kepler del movimiento planetario, como llegaron a conocerse, explican en primer lugar que el camino real de los planetas son elipses, lo que trae como importante consecuencia que la distancia de los planetas al Sol es (ligeramente) variable a lo largo de la órbita. En segundo lugar, cuando los planetas se acercan al Sol aceleran, y cuando se alejan desaceleran. Y en tercer lugar (la tercera ley), cuanto más alejada la órbita de un planeta al Sol, más despacio camina el planeta por el espacio, en términos de velocidad no aparente sino absoluta. Evidentemente, hay alguna cosa en el Sol que hace que los planetas anden de esa forma, pero ¿qué?, y ¿cuál es la forma de esta interacción?

En 1687 Isaac Newton publicó lo que se considera uno de los más grandes libros de la Historia: “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”. En él se explican las leyes de la Dinámica, o cómo interactúan los objetos con las fuerzas, y la Ley de Gravitación Universal. Esta última ley explica que entre dos objetos de cualquier masa hay una fuerza de atracción que aumenta con el tamaño de las masas y disminuye rápidamente con la distancia. Finalmente, era posible describir “el camino de los dioses” por el cielo con gran exactitud. Ya no eran impredecibles.

En ese entretiempo, en 1632, un italiano se metió en un problema que podría costarle la vida por escribir un libro: “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del Mundo, Ptolomeico y Copernicano”. En él daba como vencedor al sistema heliocéntrico, con el Tierra convirtiéndose en un objeto celeste más, y nosotros humildes pasajeros de una “nave espacial”, nacida alejada del centro de la Creación. El italiano era Galileo Galilei, y gran parte de lo que escribió lo hizo por experiencia propia, con lo que vio con sus propios ojos.

En 1609 había apuntado el recién inventado telescopio a los cielos y descubrió cráteres en la Luna, y que ésta también tiene montañas y valles, cordilleras y planicies muy similares a las de la Tierra: “...así que si alguien desea revivir la vieja opinión de los Pitagóricos, de que la Luna es otra Tierra, por así decirlo, la porción brillante muy bien puede representar la superficie de la tierra [seca], y la oscura la amplitud de agua. De hecho, yo nunca he dudado de que si la esfera de la Tierra es vista desde una distancia, cuando inundada con los rayos del Sol, esa parte de la superficie que es tierra [seca] se presentaría a sí misma a la vista más brillante, y esa que es agua como más oscura en comparación.” (Ref. 50).

Apuntó el telescopio a la Vía Láctea, esa franja lechosa que se puede apreciar en noches muy oscuras, y vio que está formada por innumerable cantidad de estrellas, muchas más que las visibles a simple vista, por lo que el cielo es mucho más vasto de lo que se sospechaba.

Apuntó el telescopio a Venus y vio que no es un punto sino una esfera, y tiene fases como las de la Luna. Siguiendo esas fases pudo calcular que Venus gira no alrededor de la Tierra sino que alrededor del Sol.

Apuntó el telescopio a Júpiter y vio cuatro pequeños objetos brillantes girando alrededor de él, los hoy bautizados como satélites galileanos: Calixto, Ganímedes, Europa e Io, un “sistema solar” en miniatura.

Todo esto tuvo un impacto profundo en la mente de los lectores de Galileo. Tal es así, que el científico se volvió peligroso, porque, por lo menos a los ojos de la Iglesia Católica, destruía un orden establecido con mucho trabajo desde la época de los griegos. No importaba lo que él veía, lo que importaba era lo que se creía. Pero a pesar de que terminó en prisión perpetua, aún luego de ser obligado a retractarse de lo que vio, el cambio ya estaba hecho.

“Galileo inauguró una nueva era en la Ciencia, al poner como juez supremo la observación y la experiencia. Los griegos fueron grandes matemáticos y filósofos, pero no descollaron en la Física, justamente porque la Física es una ciencia basada en la observación y la experiencia. Los griegos eran excelentes razonadores, y creían que 'todo' podía ser resuelto pensando y discutiendo. Galileo, en cambio, admitía la importancia del razonamiento, pero dejaba que la experiencia diera el veredicto. Con él se inicia la época de la Ciencia moderna” (Ref. 51).

Y el telescopio siguió dando sorpresas y destruyendo mitos milenarios. No sólo hizo que el Sol y la Tierra intercambiasen lugares, en 1781 agregó un planeta enteramente nuevo: Urano. William Herschel, trabajando desde el jardín de su casa en Inglaterra con un telescopio de 15 cm de diámetro, convenció a los que faltaba por convencer de que la oscuridad escondía más mundos del Sistema Solar.

Era algo insospechado. Durante miles de años, durante la edad entera de la Civilización, los planetas terminaban en Saturno. De ahí para adelante estaba el pre-socrático Empíreo, el salón luminoso, donde según Dante habitaban serafines y querubines (Ref. 52), cuya luz se filtraba a la Tierra a través de esos agujeritos que eran las estrellas (Ref. 53). Estos no solamente eran descubrimientos científicos, eran cambios filosóficos.

Reconocida la Mitología como ficción, los nombres asociados a Urano son mayormente de obras de Shakespeare. Por ejemplo, a su última luna descubierta antes de la era de las naves interplanetarias, Gerard Kuiper, el primero que la vio, la bautizó Miranda, la heroína de “La tempestad”, quien exclama en la obra: “Oh, admirable mundo nuevo”, a lo que su interlocutor Próspero le responde: “Es nuevo para ti”. De hecho, Miranda existe desde antes del origen de la Vida en la Tierra, e igualmente estaría orbitando Urano estemos o no estemos aquí. A los planetas no les interesan nuestros mitos.

Al estudio de Urano se aplicaron toda las más recientes teorías y avances científicos disponibles. Un poco más de medio siglo después de descubierto, empezaron a notarse perturbaciones en su órbita que necesariamente eran de tipo gravitacional. Estudiando la órbita de ese mundo 2 veces más lejos que Saturno, 20 veces más lejos que la distancia de la Tierra al Sol, el matemático John Couch Adams se convenció de que había un planeta más allá de Urano e intentó convencer de esto a astrónomos profesionales, pero sus cálculos fueron tenidos como no lo suficientemente precisos. Simultáneamente, Urbain Le Verrier también hizo sus tremendos cálculos, que resultaron más precisos al punto de que, cuando finalmente en 1846 consiguió que un observatorio con un buen instrumento le ayude, el telescopio lo localizó en la primera noche. Es así que se dice que Le Verrier encontró un planeta (Neptuno) en la punta de su lápiz.

La nave interplanetaria Voyager 2 lo visitó en 1989, después de 12 años de viaje por el frío del espacio. Las fotografías de Neptuno nos mostraron un mundo azul con nubes blancas, que recuerda a la Tierra, aunque está hecho de gas, con tempestades tan violentas cuanto las que hay en Júpiter. La Voyager 2 confirmó que lo circunda oscuros anillos de polvo y se agregaron seis nuevos satélites naturales a la lista de dos conocidos. El mayor de estos, Tritón, era apenas un punto en los mayores telescopios, pero en las postales enviadas por la Voyager 2 aparece como un lugar casi tan grande como la Luna, pero de extraños hielos rosados y verdosos de nitrógeno y metano. Las cámaras de alta resolución nos mostraron que entre los hielos surgen géiseres de negros vapores de moléculas semejantes a las que existen en los seres vivos. Tritón resultó ser un mundo en actividad y una pieza más en el rompecabezas para entender el origen de la Vida. La distancia era tan increíble que, a pesar de que la señal viajaba a la velocidad de la luz, luego de enviar un comando los técnicos podían irse y volver 10 horas después para recibir la respuesta de la nave.

Ahora tenemos el caso de Plutón y su compañero Charon (también conocido como Carón o Caronte). En el año 2006, en medio de una creciente polémica sobre que Plutón había sido erróneamente clasificado como planeta a la fecha de su descubrimiento, en 1930 (véase mi artículo “¿Cómo que Plutón no es más planeta?”), la XXVI Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional (IAU) aprobó la Resolución B5, donde por primera vez en su historia se pronunció sobre lo que deberíamos llamar planeta: “La IAU por tanto resuelve que los planetas y otros cuerpos, excepto satélites, en nuestro Sistema Solar sean definidos en tres categorías distintas...” y ahí se le sacó a Plutón de la categoría de planeta.

La lectora o lector atentos habrán notado que dice “excepto satélites”. En el sitio en Internet de la IAU se dan pistas del por qué: “Por ahora, Charon es considerado simplemente como que es un satélite de Plutón”, pero un cambio de clasificación “puede ser considerado más adelante” porque “en realidad, no ha habido un reconocimiento oficial de que la localización del baricentro [el punto alrededor del cual anda en su translación] esté involucrada en la definición de satélite.”. Charon no anda alrededor de Plutón, sino que alrededor de un punto en el espacio entre ambos, como ocurre en las boleadoras de Patoruzú.

Para colmo, comparte el extraño sistema de Plutón con los más distantes Hydra (Hidra), Nix (ó Nox, ó Noche) y los recientemente descubiertos Kerberos (ó Cerbero, ó Cancerbero), y Styx (Estigia), cuatro trozos irregulares de materia de apenas 50 km x 36 km x 32 km y 48 km x 33 km x 30 km los dos primeros; aún más pequeño, de 19 km x 10 km x 9 km, el tercero; y el cuarto que, con sus 16 km x 9 km x 8 km, únicamente Antoine de Saint-Exupéry, el mágico escritor de “El Principito”, hubiera tenido autoridad moral suficiente como para llamarlo planeta.

O sea, Hydra, Nix, Kerberos y Styx serían satélites distantes de ambos cuerpos más grandes (simultáneamente) pero Charon, con sus cerca de 1200 km y su forma redondeada (“en equilibrio hidrostático”, según la definición de planeta de la IAU) no sería satélite porque no anda alrededor de Plutón, pero tampoco puede ser planeta porque ni siquiera Plutón, aun teniendo éste casi nueve veces más masa, consigue ser considerado un planeta, etc.. Como vemos, el intento de clasificar a Charon acaba haciéndose bastante confuso. ¡Haga alguien un horóscopo con estos datos!

Entonces, si el misticismo no quedó ultrapasado con la Revolución Científica, ¿cómo se puede hacer una carta astral para una persona caminando en Marte, un lugar donde el sol está en la constelación de la ballena por 6 días todos los años? ¿Un lugar donde el año dura 687 días y desde donde el paso del sol por cada constelación zodiacal dura casi el doble? ¿Un lugar desde donde mirando arriba no se ve ningún planeta rojo y sí un planeta azul vagando por el cielo, llamado Tierra? ¿Qué pasa con todos los horóscopos hechos durante los miles de años antes del descubrimiento del planeta Urano en 1781? ¿Por qué los astrólogos no percibieron una fuerza en Urano que los guíe hasta Neptuno, y tuvieron que hacerlo los matemáticos y los astrónomos? ¿Qué hay de los horóscopos hechos antes de 1846, cuando se descubrió el segundo planeta nuevo? ¿La distancia de 10 horas para una comunicación entre la Tierra y Neptuno no sabotea una carta astral natal que debe contener la hora exacta del nacimiento del incauto? ¿Qué pasa con las personas nacidas entre 1930 y 2006, cuando había 9 planetas en el Sistema Solar y luego volvieron a ser 8? ¿Qué pasó con las personas nacidas antes de 1930 y fallecidas después de 2006? ¿Qué ocurrió con esos horóscopos de casi todo el Siglo XX? ¿Fueron barridos con la Resolución B5 de la IAU, o nunca existieron?

¿Dónde están nuestros miedos? ¿Todavía le tememos a la oscuridad? Hay luces allá arriba, y son maravillosas, maravillosas como la propia Tierra. Alguna vez se hará común el entendimiento de que la Tierra y lo que está arriba no son cosas separadas. La Tierra no es una cosa que está aquí y el Universo allá arriba, la Tierra es parte del Universo. Todos los elementos químicos que existen en la Tierra existen en el espacio, y todos los elementos químicos que existen en el espacio existen en la Tierra. La Ley de la Gravitación Universal se llama Universal justamente porque fue la primera que se encontró que se cumple en la Tierra y en la Luna, y en cualquier planeta y en cualquier estrella y en cualquier galaxia.

Convengamos pues que si bien mirar al cielo nos maravilla, no es menos cierto que no hace falta estudiarlo para inventar mitos.

¿FUNCIONA LA ASTROLOGÍA?

En primer lugar, al analizar la Historia, hemos visto que la “astronomía” que leemos en los horóscopos de la página de historietas de un periódico, sentados en un sofá de la sala de nuestra casa, no tiene nada que ver con la Astronomía que vemos al salir al patio y mirar hacia arriba. Con ayuda de un buen telescopio la cosa empeora. La astrología está totalmente desconectada de los objetos celestes que pretende representar. Es más, cuando enfrentados con el desfasaje de las constelaciones por la precesión de los equinoccios, muchos astrólogos alegremente dicen que las constelaciones y los signos son cosas diferentes, y lo que ellos siguen son los signos y no las constelaciones. Si es así, pues tenemos licencia para retirar el prefijo astro- de astrología.

Veamos un perfecto ejemplo de la charlatanería astrológica, que se puede encontrar en Internet (donde de paso, es deber advertirlo, 99 % de lo que hay es basura). Comienza así:
“Quirón retrógrado y las heridas emocionales”
“En astrología no solo se estudian los planetas, sino que también a los cometas, asteroides y demás cuerpos celestes. Hoy hablaremos de Quirón, el asteroide-cometa de las heridas ocultas y su tránsito actual.”

“Quirón es un asteroide-cometa en órbita entre Saturno y Urano que, posiblemente, proviene del cinturón de Kuiper. Se encuentra entre dos planetas con energías opuestas: traspasa las barreras de Saturno (el planeta de los límites, estructuras y el orden) y se adentra en el campo de Urano (el planeta de la revolución, los cambios y la originalidad). Por ello es que se halla ‘tironeado’ entre dos vibraciones, la de la estabilidad y lo nuevo. El mismo retrograda una vez al año, durante 4-5 meses.”

“En la mitología griega, Quirón es un centauro (mitad animal - mitad hombre). Fue una criatura abandonada por sus padres y aislado de toda la sociedad, discriminado. Sin embargo, fue adoptado por el dios Apolo, quien lo ayudó e hizo que se convirtiera en un ser sabio que ayudaba a los demás a sanar. Es conocido como ‘el sanador herido’, porque a través de sus heridas más profundas, cura a los demás.”

“Su símbolo astrológico es una llave, indicando que su función es dar la clave a las personas para que se conecten con el espíritu y así, evolucionen. Quirón en la carta astral de una persona está muy relacionado con el dolor y el sentimiento de abandono (así como el mito, quien se sintió herido por el abandono).”

“Representa una herida abierta y la capacidad para curarla, una vez aceptada su existencia. En la carta, simboliza lo que podemos hacer por los demás, pero que no podemos hacer por nosotros mismos. Así es como, muchas veces, podemos ayudar a otros a alcanzar sus objetivos, allí donde nos sentimos incapaces de alcanzar los nuestros.”

“Quirón hoy se encuentra en Aries, signo que representa las luchas, la impaciencia y el ‘estar a la defensiva’. Quirón retrógrado en Aries significa darse cuenta (en general) de que algo nos está molestando, y tal vez estamos resistiendo demasiado. Con este tránsito, muchos se sentirán cansados de luchar con uno mismo, con las heridas del pasado, los apegos o adicciones que nosotros sabemos que hacen daño.”

“En este momento, probablemente, se presente alguna situación en la que, por ejemplo, algún amigo que dice algo que no queríamos escuchar, pero debíamos hacerlo. Para otros a lo mejor, sea algún profesor o asesor que nos dará alguna crítica que duele, pero todo se dará con el fin de aprender. Se recomienda tener disposición a ver con más profundidad las heridas, la raíz de las heridas, las heridas heredadas. Aceptación, trabajar en sanar.”

El cuerpo menor (2060) Quirón fue descubierto en 1977 por Charles Kowal entre las órbitas de Saturno y Urano, y se lo catalogó como asteroide, hasta entonces el más distante conocido (los asteroides del Cinturón Principal están entre las órbitas de Marte y Júpiter). El número 2060 significa que es el asteroide número 2060 en tener su órbita determinada. En 1989, inesperadamente, se descubrió que este cuerpo de unos 200 km estaba desarrollando un envoltorio vaporoso alrededor de él, lo que por definición lo convirtió en cometa, recibiendo un segundo prefijo, 95P/Quirón, por ser el cometa periódico número 95 en tener su órbita determinada. Otros cuerpos semejantes han sido descubiertos en esa región del Sistema Solar, los que reciben el nombre colectivo de Centauros, aunque en la mitología greco-romana Quirón es diferente de otros centauros por demostrarse un ser servicial hacia la Humanidad. El nombre de un objeto celeste recién descubierto es propuesto por su descubridor, para ser aprobado por la Unión Astronómica Internacional. Si en 1977 a Charles Kowal se le hubiera ocurrido llamar al asteroide 2060 con el nombre Dolops, el hermano salvaje de Quirón, ¿cómo hubiera sido ese zafarrancho astrológico que acabamos de leer?

En segundo lugar, podemos hablar de las cuatro fuerzas del Universo, la Fuerza Nuclear Débil, la Fuerza Nuclear Fuerte, la Fuerza Electromagnética y la Fuerza de Gravedad para descubrir que ninguna de estas es lo suficientemente grande para que los planetas nos afecten. Podemos calcular que la fuerza de gravedad del médico asistiendo al nacimiento de un bebé es mayor que la fuerza de gravedad de Marte. La masa del médico es muchísimo más pequeña, pero Marte está muchísimo más lejos. Lo mismo con el electromagnetismo: el campo electromagnético de Júpiter es el mayor de todos los planetas, pero podemos calcular que el campo electromagnético de cualquier electrodoméstico común en nuestros hogares lo supera. En verdad, los únicos objetos celestes cuya gravedad y electromagnetismo influyen apreciablemente en la Tierra son, respectivamente, la Luna, en forma de mareas, y el Sol en forma de auroras polares.

Hay quien dice que son otras fuerzas misteriosas y no las conocidas las que hacen a los horóscopos. Pero la Teoría del Todo, la que incansablemente se busca para entender cómo ocurrió el Big Bang y cómo el reloj del tiempo comenzó a correr y el espacio comenzó su expansión, no incluye ninguna otra fuerza. Es más, se habla de la Unificación de Todas las Fuerzas, pues sabemos que al comienzo mismo del Big Bang no existía nada que las pueda generar. Así pues, la tendencia es unir las fuerzas, y no a desdoblarlas en otras nuevas.

Alguno podrá decir que las distancias no importan. Si es así, entonces habría que considerar la gravedad de todos los objetos de la Galaxia, de otras galaxias, del Universo entero, y la fuerza electromagnética de todos los objetos de la Galaxia, de otras galaxias, del Universo entero al hacer un horóscopo o una carta astral.

Pero no hace falta buscar cuáles serían estas “energías místicas” de las que los astrólogos hablan para saber si la astrología funciona o no. No hace falta saber de Electrónica para darse cuenta si un televisor funciona o no. Sólo hay que probarlo.

Para llegar a conclusiones, los científicos usan una particular manera de pensar, conocida como Método Científico: primero se define cuál es la duda. Luego, se piensa en un mecanismo que podría explicar lo que está ocurriendo (Teoría); después se define una posible respuesta (Hipótesis Experimental), y se definen qué indicios harían que la posible respuesta sea incorrecta (Hipótesis Nula). Luego se diseña un experimento para saber la respuesta, se realiza el experimento y se recolectan los datos. Finalmente se analizan los datos recolectados y se saca una conclusión. Antes de divulgarlo, se pone el trabajo a disposición de especialistas independientes para que sea revisado en busca de errores.

De crucial importancia es la Hipótesis Nula: toda Teoría debe poderse falsear (no falsificar, falsear), es decir, debe poder decirse si está equivocada. Los científicos no hacen todo lo posible para probar que su Teoría está correcta, sino al contrario, hacen todo lo posible para probar que su Teoría está incorrecta. La Ciencia no avanza confirmando Teorías, la Ciencia avanza descartando Teorías.

Un error es creer que los descubrimientos científicos son opiniones de los científicos. La Ciencia no es lo que los científicos dicen, la Ciencia es lo que todo el mundo puede ver y tocar por sí mismo.

Una virtud esencial del buen científico es el escepticismo. El escepticismo consiste en decir “no sé” cuando no se sabe. La mayoría de las personas, ante una pregunta, esperan como respuesta un “sí” o un “no”. Sin embargo, en Ciencia las posibles respuestas no son sólo dos sino tres: “sí”, “no” y “no sé”. Esta última respuesta es difícil de asimilar para la mayoría de las personas, puesto que el cerebro humano no aguanta la duda. Es así que cuando no hay una respuesta, la gente simplemente, consciente o inconscientemente, tiende a inventarla. El buen científico es una persona que aprendió a convivir permanentemente con dudas existenciales en su vida.

En este contexto, hay que tener mucho cuidado en “creer” en cosas. No porque uno crea que algo existe, si este algo no existe, va a comenzar a existir; y no porque uno crea que algo no existe, si este algo sí existe, va a dejar de existir. Toda creencia es, por definición, subjetiva.

La realidad de las cosas es independiente de nuestras creencias.

La razón de existir del Método Científico es buscar la realidad objetiva, separándola de la subjetividad tantas veces engañosa.

Porque el Universo es como es, y no como nos gustaría que sea.

Hay innumerable cantidad de pruebas rigurosas sobre astrología, pero veamos sólo algunas:

En la década de 1950 un psicólogo francés llamado Michel Guaquelin propuso que los atletas victoriosos nacen cuando el planeta Marte nace en el horizonte. Su hipótesis quedó conocida como el “efecto Marte”.

Para que una hipótesis sea reconocida como válida debe ser reproducible. Reproducibilidad quiere decir que debe ser realizado por otros investigadores bajo condiciones similares y dar el mismo resultado.

Un experimento de Claude Benski y colaboradores contó con un número de 1066 atletas franceses campeones. Los nombres fueron obtenidos de las dos principales antologías de “Quién es quien” centradas en atletas. No encontraron ninguna evidencia estadística que correlacione el momento de nacimiento del atleta y el correspondiente nacimiento del planeta Marte en el horizonte con el éxito. Es decir, los nacimientos de los campeones se producían al azar. Y al contrario, encontraron un sesgo selectivo por parte de Michel Guaquelin, que intentó influir en el experimento proponiendo que se incluyan ciertos atletas y se borren otros (Ref. 54).

Andrew Fraknoi propuso hacer algo parecido con 43 presidentes de Estados Unidos de América, desde George Washington hasta Barack Obama. Como todos ellos tuvieron un destino parecido, se probó ver bajo qué signo zodiacal habían nacido. El resultado corresponde al azar (Ref. 55).

Bernard Silverman comparó los signos de 2978 parejas de recién casados y 478 parejas de recién divorciados para ver si eran de “signos compatibles” o de “signos incompatibles”. El resultado corresponde al azar (Ref. 56).

En un estudio de David Henningsen y Mary Lynn Henningsen con 556 personas casadas se descubrió que las personas que creen en la astrología tienen, si así lo podemos decir, paradójicamente, significativamente más problemas maritales que aquellas que no creen en la astrología (Ref. 57)

Geoffrey Dean estudió a 1393 “Gemelos de Tiempo”, personas nacidas en promedio con menos de 5 minutos de diferencia en la ciudad de Londres del 3 al 9 de marzo de 1958. Se analizaron 110 características de ellos en diferentes momentos de su vida hasta la edad adulta, incluyendo cociente intelectual, habilidad para la lectura y para las matemáticas, ansiedad, agresividad, sociabilidad, altura, peso, agudeza visual, audición, habilidad para el arte, la música y los deportes, ocupación, estado civil, etc.. Las coincidencias no superaron los 3 % (Ref. 58).

Geoffrey Dean también hizo un experimento sobre el supuesto uso de la intuición en los astrólogos. Participaron 90 astrólogos de Estados Unidos, Reino Unido, Europa continental y Australia, con 1198 voluntarios. De éstos, mediante test psicológicos se seleccionaron 160 personas, la mitad con extremos de personalidad, en concreto 40 con extroversión extrema y 40 con neuroticismo extremo, y la otra mitad, 80, normales, como grupo de control. Luego 45 astrólogos hicieron sus conjuros, mientras que los otros 45 intentaron juzgar sin cartas astrales, como grupo de control. No hubo ningún efecto. Es más, a los astrólogos que trabajaron con cartas astrales les fue peor que a los que lo hicieron sin cartas astrales. Este resultado apunta a que los astrólogos no consiguen adivinar características básicas de las personas, tan fáciles de detectar como por ejemplo si son extremadamente extrovertidas o no (Ref. 59).

En un experimento dirigido por Shawn Carlson, 28 astrólogos propuestos por una asociación estadounidense de astrólogos prepararon cartas astrales de 116 voluntarios. Al mismo tiempo, se hicieron test psicológicos estandarizados de personalidad de los 116 voluntarios. Se les dio a cada astrólogo 3 test de personalidad anónimos y se les pidió que identifiquen cuál test correspondía a cada carta astral. Acertaron un tercio de las veces. Como al elegir al azar 1 opción de 3 se acertará en promedio 1 vez de cada 3, los astrólogos no consiguieron ser mejores que la simple casualidad. Al mismo tiempo, se les presentó a los 116 individuos 3 cartas astrales anónimas, 1 de las cuales era la suya, y se les pidió que se identifiquen con una de ellas. Nuevamente, acertaron un tercio de las veces, una tasa de aciertos congruente con el simple azar. Para controlar que realmente los voluntarios tenían la posibilidad de verse reflejados a sí mismos cuando se les preguntaba, se les presentó 3 test de personalidad anónimos, 1 de los cuales era el suyo. Acertaron la mitad de las veces. La tasa de error es alta, pero los propios astrólogos decían que ellos mismos podían equivocarse hasta la mitad de las veces. De todas maneras, esta parte del experimento controlado indica dos cosas. Primero que las personas tienen gran dificultad para decir cómo son cuando se las confronta (“Conócete a ti mismo” ya estaba escrito en el templo del Oráculo de Delfos hace más de 2300 años). Y segundo que, a pesar de esto, los voluntarios sí tienen la habilidad de reconocerse a sí mismos en los test psicológicos significativamente más veces que lo esperado por el azar, a diferencia de la incapacidad para identificarse que ocurre cuando se buscan a sí mismos en las cartas astrales, preparadas especialmente para ellos por los astrólogos. En otras palabras, la astrología no pudo ser mejor que el simple azar (Ref. 60).

Una revisión de más de 40 experimentos controlados diferentes sobre astrología, revisados por Geoffrey Dean e Ivan Kelly, en los que participaron un total de cerca de 700 astrólogos e incluyeron un total de 1150 cartas astrales, se fijaron en la precisión. Los experimentos de precisión revisados por ambos generalmente se refieren a astrólogos que intentan adivinar cuál carta astral de nacimiento corresponde a cuál individuo, con informaciones tales como perfiles de personalidad o historias de casos. El resultado matemático corresponde a adivinanzas al azar (Ref. 58).

Dean y Kelly también analizaron experimentos hechos sobre pruebas de discriminación. Las pruebas de discriminación involucran a personas que eligen su propia interpretación de cartas astrales, generalmente de entre otras tres a cinco más, todas los cuales deben estar libres de pistas, como fechas y posiciones planetarias. Se revisaron un total de 10 estudios diferentes en los cuales participaron un total de casi 300 voluntarios. No existe resultado que sugiera otra cosa más que el simple azar (Ref. 58).

También revisaron pruebas de coincidencia entre astrólogos. Estudiaron 25 experimentos diferentes en los cuales participaron un total de casi 500 astrólogos. Los resultados son que, esencialmente, no existe ninguna coincidencia entre las adivinanzas de los diferentes astrólogos (Ref. 58).

El siguiente es un experimento que se puede hacer con los compañeros de clase o de trabajo en el tiempo libre: Bertram Forer tomó un test de personalidad a 39 de sus alumnos y les dijo que traería los resultados la semana siguiente. El test consistía en una lista de hobbies, material de lectura, características personales, obligaciones laborales, y esperanzas y ambiciones secretas de la persona ideal. Llegado el día, le entregó a cada uno una hoja con 13 items de lo que teóricamente eran 13 descripciones breves de la personalidad de cada uno. Les pidió que los lean de manera confidencial, y que luego escriban al dorso qué tan bien el conjunto de 13 items los describía a cada uno, en una escala de 0 al 5. La evaluación promedio de los 39 alumnos fue de 4,25, con 40 % de los mismos dando la puntuación máxima de 5. La tomadura de pelo era que todas las 39 hojas eran iguales, y las 13 descripciones breves de personalidad las había extraído de un libro de astrología que había comprado en un kiosco (Ref. 61).

Y podemos seguir con la lista de experimentos, pero paramos por aquí para que esto no se convierta en longaniza.

¿Quién cree en horóscopos? Nick Allum realizó un estudio en 25 países de la Unión Europea con ayuda de la encuestadora oficial Eurobaromenter, entrevistando adecuadamente a un total de 11 622 personas. Los resultados más relevantes son que la creencia en astrología y horóscopos es más acentuada en la edad joven, en personas con bajo nivel educativo, bajo estatus profesional, habitantes de ciudades o pueblos pequeños, gente religiosa, con bajo conocimiento científico, ignorantes sobre el método de puesta a prueba de las hipótesis, de las mediciones técnicas, y acostumbradas a una vida en que la autoridad es importante (Ref. 62).

Es así que los astrólogos se ganan inescrupulosamente la vida abusando de las personas ignorantes y crédulas.

CONCLUSIÓN

La palabra clave aquí es pareidolia. Los asterismos no existen en el mundo real, son inventos humanos. Las constelaciones no existen en el mundo real, son inventos humanos. Los signos no existen en el mundo real, son inventos humanos. La astrología no existe en el mundo real, es un invento humano.

Los astrólogos desde luego harán todo lo posible para encontrarle la vuelta a los hechos expuestos en este artículo (hasta mostrando cartas astrales hechas por computadora, ¡gran cosa!) y seguir diciendo que la astrología, de alguna manera fantasiosa, todavía funciona. Dirán que la reina Berenice II (c. 269 B.C.E. - 221 B.C.E.) amó tanto a su esposo Ptolomeo III Euergetes, rey de Egipto, que su cabellera simboliza esto, esto y lo otro, y que por tanto usted debe hacer esto. Al final, los astrólogos son expertos demagogos, aquellos que dicen justo lo que su público quiere escuchar. Y como nos advertía el famoso orador Robert South en 1716: “Una palabra plausible e insignificante, en boca de un demagogo experto, es un arma peligrosa y terrible,”.

Asimismo, Benjamín Franklin bien lo decía sobre las huecas justificativas autoconvincentes que el ser humano usa para aprestarse a hacer cosas insensatas: “Una cosa tan conveniente es ser una criatura razonable, ya que le permite a uno encontrar o fabricar una razón para todo lo que uno tiene en mente hacer.” (Ref. 63).

La diferencia fundamental entre la Ciencia y lo que se llama pseudociencia es que en la pseudociencia uno adapta el Mundo a sus pensamientos, en cuanto que en la Ciencia es al revés, uno adapta sus pensamientos al Mundo.

Desde la Revolución Científica, la milenaria astrología ha sido reconocida como pseudociencia, y ha sido suplantada ahora, para los asuntos celestes, por la Astronomía, y para los asuntos humanos, por la Psicología.

Pero veamos algunas opiniones expertas sobre el misticismo:

Phil Plait hace un resumen (Ref.63):

“- No hay fuerza, conocida o desconocida, que pueda afectarnos aquí en la Tierra como afirman los astrólogos. Las fuerzas conocidas se debilitan demasiado rápido, dejando que una fuente domine por completo (la Luna para la gravedad, el Sol para el electromagnetismo). Una fuerza desconocida haría que los asteroides y planetas extrasolares abrumen totalmente a los planetas cercanos.”

“- Los astrólogos tienden a confiar en nuestra capacidad para recordar aciertos y olvidar fallos. Incluso una predicción precisa puede ser una simple casualidad.”

“- Estudio tras estudio ha demostrado que las afirmaciones y predicciones hechas por los astrólogos no tienen mérito. No se pueden distinguir del azar, lo que significa que los astrólogos no pueden afirmar que tienen alguna capacidad de predecir el camino de tu vida.”

“- Hay daño, daño real, en la astrología. Debilita aún más la capacidad de las personas de mirar racionalmente al mundo, una habilidad que necesitamos ahora más que nunca.”

Y concluye que la astrología es simplemente errónea.

Hay mucho de religión en la astrología. Como decía Bill Maher sobre las religiones: “…como no hay dioses que estén realmente hablando con nosotros, ese vacío es llenado por personas con sus propias corrupciones y limitaciones y planes ideologizados. Y cualquiera que te diga que sabe, que simplemente sabe lo que sucede cuando te mueres, te lo prometo, tú no sabes. ¿Cómo puedo estar tan seguro? Porque yo no sé, y tú no posees poderes mentales que yo no tenga. La única actitud apropiada que una persona debe tener ante las grandes preguntas no es la certeza arrogante que es la marca registrada de la religión, sino la duda. La duda es humilde, y eso es lo que el ser humano necesita ser, considerando que la historia humana es simplemente una letanía de entender las cosas de maneras totalmente equivocadas.” (Ref. 65).

Y para los que a pesar de todo todavía ven a la astrología más como ciencia, Richard Feynman la colocaba con otras pseudociencias en lo que él rememoraba como la “Religión del Avión de Carga”, un extraño culto surgido en las islas de los Mares del Sur (Melanesia). Los nativos consideraban una bienaventuranza a los aviones de carga de los estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, e inventaron un montón de ritos de burdas imitaciones de personal y supuestos equipos técnicos de aeropuertos para atraerlos nuevamente: “Ellos están haciendo todo correctamente. La forma es perfecta. Se ve exactamente de la manera que se veía antes. Pero no funciona. Ningún avión aterriza.” (…) “Sabemos por experiencia que la verdad saldrá a la luz. Otros experimentadores repetirán tus experimentos y descubrirán si tú estuviste equivocado o correcto. Los fenómenos de la Naturaleza estarán de acuerdo o en desacuerdo con tu teoría. Y, aunque tú puedas ganar fama y emoción temporalmente, tú no ganarás una buena reputación como científico si tú no has intentado ser muy cuidadoso con este tipo de trabajo. Y este tipo de integridad, este tipo de cuidado para no engañarse a uno mismo, es lo que está faltando en gran medida en la investigación estilo Religión del Avión de Carga.” (…) “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar. Así que debes tener mucho cuidado con eso. Después de que no te hayas engañado, es fácil no engañar a otros científicos. Sólo tienes que ser honesto de manera convencional después de eso.” (Ref. 66).

En 1975 Paul Kurtz, Lawrence E. Jerome y Bart J. Bok escribieron un comunicado, firmado por otros 183 reconocidos científicos, incluyendo 18 ganadores del Premio Nobel, que en parte dice: “Uno podría imaginar, en este día de iluminación y educación generalizadas, que sería innecesario desacreditar las creencias basadas en la magia y la superstición. Sin embargo, la aceptación de la astrología impregna la sociedad moderna. Estamos especialmente perturbados por la continua difusión acrítica de cartas, pronósticos y horóscopos astrológicos por parte de los medios de comunicación y de periódicos, revistas y editores de libros de buena reputación. Esto sólo puede contribuir al crecimiento del irracionalismo y el oscurantismo. Creemos que ha llegado el momento de desafiar directamente, y con fuerza, las alegaciones pretenciosas de los charlatanes astrológicos.” (Ref. 67).

Cerca del año 54 C.E., una carta salió de Éfeso, Asia Menor, con la siguiente línea: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando me convertí en adulto, dejé de lado las cosas de niño.” (Ref. 68).

A. L.

P.S.: Si a usted le atrajo este artículo porque está buscando una guía en su vida, le recomiendo encarecidamente que consulte con un psicólogo; en las estrellas no encontrará las respuestas que busca. En cambio, si a usted le atrajo este artículo porque le gusta la Astronomía, le aliento a que consiga un telescopio, ¡y cielo despejado para usted!



REFERENCIAS

1) Rabo Serpsé, “The Moon is a Place”, Spork Press, Otoño de 2001. Disponible en http://www.sporkpress.com/1_2/pieces/Serpse.htm. Fecha de acceso: 24 julio 2020. Agradecimientos especiales a Drew Burk por intermediar en esta gentileza.

2) Christiaan Huygens, “Cosmotheoros”, editorial Adriaan Moetjens, La Haya, 1698, y editorial Timothy Childe, Londres, 1698.

3) Aurelio Baldor, revisado por Marcelo Santalo Sors y Pablo. E. Suardiaz Calvet, “Geometría plana y del espacio. Con una introducción a la Trigonometría”, Compañía Cultural Editora y Distribuidora de Textos Americanos S. A., Ediciones y Distribuciones Códice S. A., Madrid, 1984, p. 22.

4) Wayne Horowitz, “The 360 and 364 day year in Ancient Mesopotamia”, Journal of the Ancient Near East Society, Volumen 24, 1996, pp. 35-44.

5) Aurelio Baldor, “Aritmética. Teórico-Práctica”, Cultural Centroamericana S. A., Guatemala, 1976, p. 468.

6) Alexander Boxer, “A scheme of Heaven: astrology and the birth of Science”, Profile Books, 2020.

7) John H. Rogers, “Origin of the ancient constellations I: the Mesopotamian traditions”, Journal of the British Astronomical Association, Volumen 108, Número 1, 1998, pp. 9-28. Disponible en: http://articles.adsabs.harvard.edu/pdf/1998JBAA..108....9R. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

8) John H. Rogers, “Origin of the ancient constellations II: the Mediterranean traditions”, Journal of the British Astronomical Association, Volumen 108, Número 2, 1998, pp. 79-89. Disponible en: http://articles.adsabs.harvard.edu/pdf/1998JBAA..108...79R. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

9) Génesis 1:14-19. Ver nota de pie de página en Santa Biblia, Reina-Valera 95, Edición de Estudio. Reina-Valera 95® © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569). Revisada por Cipriano de Valera (1602). Otras Revisiones: 1862, 1909 y 1960. Introducciones © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995.

10) Deuteronomio 4:19. Ver nota de pie de página en Santa Biblia, Reina-Valera 95, Edición de Estudio. Reina-Valera 95®.

11) Job 9:9. Ver nota de pie de página en NET [New English Translation] Bible, Biblical Studies Press, Richardson, Texas, 2005. Escrituras y/o notas citadas con permiso. Citas designadas (NET) son de la NET Bible® copyright ©1996-2006 por Biblical Studies Press, L.L.C. http://bible.org Todos los derechos reservados.

12) Job 38:31-32 (NET).

13) Salmo 8:3 (NET).

14) Amós 5:8 (NET).

15) Miguel de Cervantes Saavedra, “El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha”, año 1605, cita en la “Segunda parte del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha”, año 1615, Capítulo XLI, “Aventura de Clavileño”, Edición Conmemorativa IV Centenario Cervantes, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, edición y notas de Francisco Rico, reimpresión corregida y aumentada, Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2015, p. 863 y nota “46” de pie de página.

16) “Origen del nombre Subaru”, Subaru Global, Fuji Heavy Industries Ltd., 2006. Disponible en: https://web.archive.org/web/20100411083646/http://www.subaru-global.com/origin_name.html. Fecha de acceso: 16 junio 2020.

17) Daniel 14:1-22, versión de Teodoción, “A New English Translation of the Septuagint”, ©2007 por la International Organization for Septuagint and Cognate Studies, Inc. Usado con permiso de la Oxford University Press. Todos los derechos reservados.

18) Ulla Susanne Koch-Westenholz, “Mesopotamian Astrology: An Introduction to Babylonian and Assyrian Celestial Divination”, Museum Tusculanum Press, Copenhague, 1995.

19) Abraham Sachs, “Babylonian horoscopes”, Journal of Cuneiform Studies, Volumen 6, Número 2, 1952, pp. 54-57, citado por Alexander Boxer en la Ref. 6.

20) John Lankford, editor, “History of Astronomy: An Encyclopedia”, con una introducción de Marc Rothenberg, Garland Encyclopedias in the History of Science, Volumen 1, Editorial Routledge, Taylor & Francis Group, 2011, p. 43.

21) Robert Powell, “The Definition of the Babylonian Zodiac”, Tesis de Ph.D. de la Academia Polaca de Ciencias (Instituto para la Historia de la Ciencia), Varsovia, 20 diciembre 2004, sumario. Disponible en: https://web.archive.org/web/20090521081306/http://www.astrologer.com/aanet/pub/transit/jan2005/babylonian.htm. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

22) George Rubie, “The British Celestial Atlas: Being a Complete Guide to the Attainment of a Practical Knowledge of the Heavenly Bodies”, Baldwin & Cradock, Paternoster Row; George Wooll, y el autor, Hastings. Londres, 1830, p. 79.

23) “The Nautical Almanac and Astronomical Ephemeris, for the year 1775.”, publicado por orden de The Commissioners of Longitude, Richardson and Co., Londres, 1774.

24) John P. Britton, “Studies in Babylonian lunar theory: Part III. The introduction of the uniform zodiac.”, Archive for History of Exact Sciences, Volumen 64, Número 6, noviembre 2010, pp. 617-663.

25) Hiparco de Nicea, “Sobre la longitud del año”, “Sobre los meses y días intercalares” y “Sobre el desplazamiento de los puntos solsticiales y equinocciales”, citado por Claudio Ptolomeo en el “Almagesto”, Libro III, Capítulo 1, y Libro VII, Capítulo 2 y Capítulo 3, Alejandría, c. 150, traducido y anotado por Gerald T. Toomer, con un prefacio de Owen Gingerich, Princeton University Press, Princeton, New Jersey, 1998, pp. 131-139 y 327-329.

26) John C. Brandt, Peter Zimmer y Patricia B. Jones, “Declinations in the Almagest: Accuracy, Epoch, and Observers”, Journal of Astronomical History and Heritage, Volumen 17, 2014, pp. 326-338.

27) Dennis Rawlins, “Hellenistic Solstices and Babylonian Use of Them”, Bulletin of the American Astronomical Society, Volumen 17, marzo 1985, p. 583.

28) Lucius Junius Moderatus Columella, “Sobre las cosas de la Agricultura”, ante c. 70 C.E., traducido por Edward Seymour Foster y Edward H. Heffner, The Loeb Classical Library, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 1954, Libro 9, Capítulo 14, párrafo 12.

29) Christian Heinrich Friedrich Peters, Edvard Boll Knobel, “Ptolemy's catalogue of stars. A revision of the Almagest”, The Carnegie Institution of Washington, 1915. Disponible en: https://web.archive.org/web/20130829023007/http://hbar.phys.msu.ru/gorm/almagest/Peters.htm. Fecha de acceso: 2 junio 2020.

30) Eugène Delporte, “Atlas Céleste”, Reporte a la Comisión 3 de la Unión Astronómica Internacional, Consejo Internacional de Investigación, Cambridge University Press, Londres, 1930.

31) “Zodiac Constellations”, “Constellations: A Guide to the Night Sky”. Disponible en: https://www.constellation-guide.com/constellation-map/zodiac-constellations. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

32) Larry McNish, “The Constellations”, The Royal Astronomical Society of Canada - Calgary Centre, 5 noviembre 2018. Disponible en: http://calgary.rasc.ca/constellation.htm#list. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

33) “Why is the vernal equinox called the ‘First Point of Aries’ when the Sun is actually in Pisces on this date?”, Southworth Planetarium, University of Southern Maine, Portland, ME, 2020. Disponible en: https://usm.maine.edu/planet/why-vernal-equinox-called-first-point-aries-when-sun-actually-pisces-date. Fecha de acceso. 29 mayo 2020.

34) Kristen Erickson, “Constellations and the Calendar”. “First Things First: Astrology is not Astronomy!”. “Astrology is NOT Science!”, Space Place, NASA Science, Disponible en: https://spaceplace.nasa.gov/starfinder2. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

35) Phil Plait, “No, NASA Didn’t Change Your Astrological Sign”, Bad Astronomy, Slate Magazine, Graham Holdings Company, 26 setiembre 2016. Disponible en: https://slate.com/technology/2016/09/no-nasa-didn-t-change-your-astrological-sign.html. Fecha de acceso: 29 setiembre 2020.

36) Charlie Jane Anders “Why did your zodiac sign change? We asked the astronomer who started it all”, Mad Astronomy, Space, Gizmodo, 13 enero 2011. Disponible en: https://io9.gizmodo.com/why-did-your-zodiac-sign-change-we-asked-the-astronome-5733004. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

37) “Constellations and the Calendar. Did you recently hear that NASA changed the zodiac signs? Nope, we definitely didn’t…”, NASA Tumblr, 20 setiembre 2016. Disponible en: https://nasa.tumblr.com/post/150688852794/zodiac. Fecha de acceso: 30 mayo 2020.

38) Jean Meeus, “Mathematical Astronomy Morsels”, Volumen 1, Willmann-Bell, 1997, p. 304.

39) Lee T. Shapiro, con una actualización de Luc Désamoré, “The Real Constellations of the Zodiac”, Planetarian, International Planetarium Society, Inc., Marietta, Ohio, primavera de 1977. Actualizado en 2011.

40) Ivan Smith, “Vernal Equinox. Date and Time of the Spring Equinox 1788-2211”. Disponible en: https://web.archive.org/web/20090206130157/http://ns1763.ca/equinox/vern1788-2211.html. Fecha de acceso: 5 junio 2020.

41) Aratus de Soli, “Phaenomena”, versos 63-66, 74-88, traducido por Alexander Mair y Gilbert Mair, Loeb Classical Library, Volumen 129, William Heinemann, Londres, 1921. Disponible en: https://www.theoi.com/Text/AratusPhaenomena.html. Fecha de acceso: 9 junio 2020.

42) Elly Dekker, “Illustrating the Phaenomena: Celestial Cartography in Antiquity and the Middle Ages”, Oxford University Press, Oxford, 2013.

43) Dennis Duke, “Statistical Dating of the Phenomena of Eudoxus”, DIO - The International Journal of Scientific History, Volumen 15, diciembre 2008, pp. 7-23. Disponible en: http://www.dioi.org/vols/wf0.pdf. Fecha de acceso: 9 junio 2020.

44) Bradley E. Schaefer, “The latitude and epoch for the origin of the astronomical lore of Eudoxus”, Journal for the History of Astronomy, Volumen xxxv, 2004, pp. 161-223.

45) James B. Kaler, “Stars”, University of Illinois, Urbana, 2017. Disponible en: http://stars.astro.illinois.edu/sow/ophser-t.html. Fecha de acceso: 19 junio 2020.

46) Johannes Kepler, “Sobre la estrella nueva en el pie del que agarra la serpiente”, Oficina calcográfica Pauli Sessii, Praga, 1606, mapa entre las paginas 76 y 77.

47) Luc Désamoré, “Quand les planètes quittent le zodiaque”, Le Ciel, Volumen 67, octubre 2005, pp. 302-316.

48) Luc Désamoré, “Quand les planètes quittent le zodiaque (suite)”, Le Ciel, Volumen 67, octubre 2005, pp. 370-373.

49) Hechos de los Apóstoles 17:22-29 (NET).

50) Galileo Galilei, “Sidereus Nuncius”, Thomam Baglinum, Venecia, 1610, p. 9.

51) Alberto Maiztegui y Jorge Sabato, “Introducción a la Física”, Tomo I, octava edición, marzo de 1965, p. 112. Tomado de: ©Introducción a la Física, de Maiztegui y Sábato, Ed. Kapelusz, Buenos Aires, 1951.

52) Dante Alighieri, “La Divina Comedia”, Paraiso, Canto XXVIII, líneas 70-78, 94-104.

53) Bryan E. Penprase, “The Power of Stars: How Celestial Observations Have Shaped Civilization”, Springer Science & Business Media, New York, 2011, p. 27.

54) Claude Benski, Dominique Caudron, Yves Galifret, Jean-Paul Krivine, Jean-Claude Pecker, Michael Rouzé, Evry Schatzman, con un comentario de J. W. Nienhuys, “The ‘Mars Effect’: A French Test of 1 000 Sports Champions.”, Prometheus, 1996.

55) Andrew Fraknoi, “Debunking Pseudoscience - K2: Activities About Astrology”, Actividad K2, nivel escolar: 7-12 grados, Astronomical Society of the Pacific, San Francisco, 2010.

56) Bernard Silverman, “Studies of Astrology”, The Journal of Psychology. Interdisciplinary and Applied, Volumen 77, Ejemplar 2, 1971, pp. 141-143.

57) David Dryden Henningsen y Mary Lynn Miller Henningsen, “It’s not you, it’s Capricorn: Testing Astrological Compatibility as a Predictor of Marital Satisfaction”, Human Communication, Volumen 16, Número 4, 2013, pp.171-183.

58) Geoffrey Dean and Ivan W. Kelly, “Is Astrology Relevant to Consciousness and Psi?”, Journal of Consciousness Studies, Volumen 10, Números 6-7, 2003, pp. 175-198.

59) Geoffrey Dean, “Can astrology predict E and N? 2: the whole chart”, Correlation. The Astrological Association Journal of Research in Astrology, Volumen 5, Número 2, Astrological Association of Great Britain, 1985, pp. 2-24, citado por Dean y Kelly en la Ref. 58.

60) Shawn Carlson, “A double-blind test of astrology”, Nature, Volumen 318, 5 diciembre 1985, pp. 419-425.

61) Bertram Forer, “The fallacy of personal validation: a classroom demonstration of gullibility”, Journal of Abnormal and Social Psychology, Volumen 44, Número 1, 1949, pp. 118-123. Disponible en: https://web.archive.org/web/20160305220420/http://apsychoserver.psych.arizona.edu/JJBAReprints/PSYC621/Forer_The%20fallacy%20of%20personal%20validation_1949.pdf. Fecha de acceso: 13 junio 2020.

62) Nick Allum, “What Makes Some People Think Astrology Is Scientific?”, Science Communication, Volumen 33, Número 3, 1 setiembre 2011, pp. 341-366.

63) Benjamin Franklin, “Autobiografía”, Ediouro, Editora Tecnoprint S.A., Rio de Janeiro, 1979, p. 51.

64) Phil Plait, “Astrology”, Bad Astronomy, 2008. Disponible en: http://www.badastronomy.com/bad/misc/astrology.html. Fecha de acceso: 29 mayo 2020.

65) Bill Maher, “Religulous”, dirigida por Larry Charles, escrita por Bill Maher, Thousand Words, 2008.

66) Richard P. Feynman, “Cargo Cult Science” “Some remarks on science, pseudoscience, and learning how to not fool yourself.” Discurso de comienzo del año lectivo de 1974 de Caltech. Engineering and Science, junio 1974, pp. 10-13. © 1974 Alumni Association California Institute of Technology. Publicado por el Instituto de Tecnología de California (Caltech) y la Asociación de Ex-Alumnos.

67) Paul Kurtz, Lawrence E. Jerome, Bart J. Bok y otros 183 firmantes, “Objections to Astrology. A Statement by 186 Leading Scientists”, The Humanist, Volumen 35, Número 5, Setiembre/Octubre de 1975.

68) Primera Carta de Pablo a los Corintios, capítulo 13, versículo 11 (NET).



Si desea compartir este artículo con otras personas, podrá establecer un enlace de Internet, pero no deberá copiar ninguna parte de esta página. Copyright © 2020. Se prohíbe la reproducción. Todos los derechos reservados.

Ilustración: Ofiuco en el “Atlas Coelestis” de John Flamsteed. La constelación está centrada en una Ascensión Recta de 17 horas 23 minutos 41 segundos y una Declinación de 7 grados 54 minutos 44 segundos Sur. Nótese que ambos pies cruzan la línea de la eclíptica, el “camino del sol”, llegando hasta los 30 grados 12 minutos 44 segundos de Declinación Sur, entre Escorpio (al que lo pisa) y Sagitario, como se puede apreciar en el mapa. Si bien estas son coordenadas de la actualidad, el dibujo de Flamsteed, en estilo rococó (por James Thornhill) fue publicado allá en 1729, mientras que por su parte Claudio Ptolomeo ya lo catalogaba en el Almagesto del año 150 C.E., y ya era mencionada en un catálogo de Eudoxo de Cnido (c. 408 B.C.E. - c. 355 B.C.E.), en el mismo lugar donde está ahora. Los babilonios en efecto también tenían una constelación en esa parte del zodiaco, pero su nombre es incierto, tal vez Nira, la serpiente conquistada por los dioses cuyo cuerpo se confunde con la Vía Láctea, tal cual ocurre con la constelación de la mitad trasera de la serpiente moderna. Muchos astrólogos probablemente tomarán nota de estos datos y encontrarán la vuelta para seguir abusando de la gente.
Comments