* Comunicaciones vía satélite

* Satellite communications

Las Olimpiadas o un Mundial de Fútbol de hoy en día no serían las grandes fiestas que son sin sus audiencias, que van mucho más allá de los ultramodernos estadios. Y esto se debe en gran medida a las transmisiones vía satélite. Veamos un poco de la historia de esta tecnología.

En 1825 el pintor Samuel Morse, estando de viaje, recibió una terrible carta: su esposa había muerto. Esto lo habría afectado profundamente, en especial porque la noticia tardó dos semanas en llegar. Años después, supo de los experimentos de Joseph Henry, en que un largo cable eléctrico magnetiza una barra de hierro al apretar un botón. Morse quedó tan impresionado que se preguntó si un cable suficientemente largo serviría para activar y desactivar sucesivamente, en código, un dispositivo a distancia. Así se podrían mandar mensajes de manera casi instantánea. Llegó a decir que no veía “ninguna razón por qué la inteligencia no podría ser instantáneamente transmitida por electricidad a cualquier distancia.” Se dedicó a desarrollar este “telégrafo”, y para 1844 hizo una demostración pública enviando un mensaje entre Baltimore y Washington, D.C.

Para 1876 Alexander Graham Bell demostró que la propia voz podía ser codificada en señales electromagnéticas, y patentó el teléfono. Esto se convirtió en uno de los negocios más lucrativos de su tiempo.

Gugliermo Marconi fue mucho más allá y aplicó un reciente descubrimiento de Heinrich Hertz, basado en los estudios de James Maxwell, que el electromagnetismo se puede propagar por el vacío, sin necesidad de conductores. En 1901 envió un mensaje a través del Atlántico. Nacía la radio y Marconi ganó el Premio Nobel de Física por esto.

Charles Jenkins, John Baird, Philo Farnsworth, Vladimir Zworykin y otros perfeccionaron métodos para codificar imágenes en las señales, y el primer sistema moderno de televisión apareció en 1936. Ya era posible ver y escuchar lo que sucedía en lugares remotos, casi al instante, sin necesidad de estar presente.

OBSTÁCULOS EN LAS TRANSMISIONES

Pero había algunos problemas que eran de difícil solución: las señales electromagnéticas tenían dificultades para superar obstáculos tales como montañas, especialmente a las frecuencias que emplea la televisión. Y de hecho, debido a que la Tierra es redonda, no era posible transmitir televisión de un continente a otro.

Lo que hacía falta era una antena de retransmisión de miles de km de altura. Pero como no había como construirla, el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke publicó en 1945 la siguiente idea: colocar el equipo de transmisión en un satélite artificial a suficiente altura como para que pueda ser visible desde dos continentes separados, al mismo tiempo. La señal sería enviada desde un continente al satélite, y luego desde el satélite re-transmitida al otro continente. ("Extra-terrestrial relays: Can rocket stations give world-wide radio coverage?", Wireless World, Londres, octubre de 1945, páginas 305 a 308).

En determinado momento Clarke consultó con un abogado sobre la posibilidad de patentar la idea, pero éste le dijo que, sin la tecnología para materializarla, hubiera sido rechazada.

COLOCACIÓN EN ÓRBITA

En realidad la idea comenzó en 1687, con Isaac Newton. Cuenta la leyenda que cuando tenía 22 años, pasó unas vacaciones en la hacienda de su familia (la Universidad de Cambridge estaba cerrada por la peste bubónica). Tenían ellos plantaciones de manzana, y Newton se habría recostado a descansar al pie de uno de los árboles. Pero su sueño habría sido interrumpido por la caída de una manzana, que algunos inclusive dicen le cayó en la cabeza. Newton despertó, y se hizo una pregunta de niño: ¿Por qué cae la manzana? Claro, por causa de que la Tierra la atrae. Y luego otra pregunta infantil que mudó la historia de la Humanidad: si la manzana cae, ¿por qué no cae la Luna también?

Pensó que el motivo debía ser el movimiento de la Luna. Imaginó una persona lanzando una piedra (o chutando una pelota) con gran fuerza: ésta recorre una distancia considerable antes de tocar el suelo, cayendo en una línea curva. Cuanto mayor la velocidad de lanzamiento, más lejos caerá. Con una fuerza de gigante su velocidad será tan alta que tocará el suelo mucho más lejos, en otra ciudad. Si se la lanza aún con mayor fuerza podría tocar tierra recién en otro país. Si se la lanza con todavía más fuerza podrá atravesar el océano y llegar a otro continente. Pero si se la lanza a una velocidad realmente grande, será posible que vaya tan lejos que tocará el suelo recién al otro lado del mundo. Y si aumentamos todavía más la velocidad de lanzamiento, la piedra (o pelota) iría tan lejos que podría dar toda la vuelta al mundo, sin tocar la superficie, y volver al lugar de lanzamiento, desde el otro lado. Si este último lanzamiento ocurre desde un lugar muy alto, donde no hay aire, no habrá viento que disminuya su velocidad, y la piedra (o pelota), al volver al lugar de lanzamiento después de dar la vuelta al mundo, continuaría con la misma velocidad con la que partió, con la que podría dar otra vuelta al mundo, y luego otra vuelta más, y luego otra más. De hecho su inercia hará que continúe dando vueltas de manera indefinida: estará en órbita, realizando una curva tan grande (más grande que la propia Tierra) que nunca encuentra la superficie a pesar de estar cayendo siempre. La habremos convertido en un satélite artificial.

SATELITES GEOSINCRÓNICOS

Cuanto más alto está el satélite más tarda en dar una vuelta, porque la curva que recorre alrededor de la Tierra es más grande, y porque la gravedad de la Tierra es menor. A unos 100 km de altura tardaría 1 hora y media para dar la vuelta, a unos 1000 km cerca de 2 horas, y a 36 000 km de altura, 24 horas. Lo que Clarke pensó en 1945 fue que sería muy útil colocar el satélite en esta órbita de 24 horas, puesto que andaría acompañando el giro de la Tierra. Si colocamos el satélite sobre determinado continente, los movimientos estarán sincronizados, y las personas (o antenas) de ese continente siempre verán el satélite.

Para 1954, el desarrollo de post-guerra de los cohetes hizo que en las publicaciones científicas ya abundasen soluciones concretas para la colocación en órbita de pequeños satélites artificiales. Pero ahora para Clarke ya era demasiado tarde: la idea inicial ya estaba ampliamente difundida, por lo que no podrían otorgarle la exclusividad.

EL GRAN NEGOCIO DE LAS TRANSMISIONES

En 1957, los soviéticos consiguieron lanzar los primeros satélites artificiales. El primer satélite geoestacionario (que utiliza el principio de Clarke), el Syncom 3, fue lanzado en 1964, y sirvió para transmitir en directo las Olimpiadas de Tokio. Luego, las transmisiones vía satélite se convertirían en uno de los principales negocios de las empresas de telecomunicaciones, y daría una fuerza tremenda a organizadores de espectáculos y presentadores de noticias.

El funeral de Paulo VI, en 1978, fue uno de los primeros eventos noticiosos visto en directo desde buena parte de los países del Tercer Mundo. En la década de 80, la Formula 1 multiplicó espectacularmente sus auspiciantes, que ahora disponían de una audiencia global. La Guerra del Golfo de 1991 fue la primera que se transmitió en vivo y en directo desde los campos de batalla, volviendo los conflictos distantes mucho más reales, y los ataques de bin Laden no hubieran tenido el mismo impacto sin la ayuda involuntaria de la televisión vía satélite.

Pelé dijo que una de las principales diferencias entre el fútbol de su época y el de ahora es el salario multimillonario de los jugadores estrella, hecho posible por las transmisiones de los partidos a audiencias enormes.

Un Mundial de Fútbol es hoy en día el mayor espectáculo televisivo de la Tierra. El Mundial pasado fue visto en 214 países y territorios, virtualmente todos los del mundo. El partido final entre España y Holanda fue visto por un promedio de 531 millones de personas, a pesar de ser madrugada en muchos países (2010 FIFA World Cup South Africa Television Audience Report, Kantar Sport, Londres). De hecho, durante ese mes un total de 2023 millones de personas vieron desde sus casas por lo menos media hora de fútbol transmitido desde Sudáfrica (Kantar Sport, en el mismo lugar), generando un ingreso para la FIFA de US$ 2408 millones (FIFA Financial Report 2010, 61o. Congreso de la FIFA, Zurich, 31 de Mayo y 1 de Junio de 2011).

Así, como vimos en este ejemplo, gracias a los satélites de comunicaciones, el espectáculo salió de sólo una decena de estadios para llegar mágicamente a casi un tercio de la población mundial.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 11 de junio de 2006. Dibujo: Un satélite de comunicaciones de la serie Intelsat IV suelta su carenado de nariz. Todavía está sujeto a la etapa Centaur del vehículo de lanzamiento. Crédito: Reproducido por Helen Wells, Susan Witheley y Carrie Karegeannes en "Origins of NASA names", NASA Special Publication 4402, U. S. National Aeronautics and Space Administration, Washington, D. C., 1975, capítulo 2: "Satélites", página 56. Documento disponible en NASA History Program Office.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.