* De los primeros soñadores a los primeros astronautas

Tecnología astronáutica década 1930: Robert Goddard remolcando cohetes hasta rampa lanzamiento, 24 km noroeste Roswell, Nuevo México, con Ford Modelo A. Crédito: NASA.

BREVE HISTORIA DE LA ASTRONÁUTICA: DE LOS PRIMEROS SOÑADORES A LOS PRIMEROS ASTRONAUTAS

* From early dreamers to early astronauts

Este año se cumplen 85 años del lanzamiento del primer cohete moderno. En el transcurso de apenas una vida humana, el cohete ha sido sucesivamente artefacto para animar fiestas populares, hobby de “lunáticos”, arma de guerra nazi, portador de la hecatombe nuclear y vehículo de lanzamiento para llevar al ser humano a la Luna.

En la Edad Antigua, los astros eran considerados divinos, totalmente diferentes de todo lo que existe aquí abajo. En 1609, Galileo Galilei observó la Luna con el recién inventado telescopio y descubrió que lejos de ser una perfecta y mística esfera, estaba llena de cráteres, montañas y valles. Galileo se dio cuenta de que la Luna era “un lugar”.

No tardaron en aparecer personas que soñaban con caminar en la Luna. Cyrano de Bergerac, un popular contador renacentista de historias, se hace así mismo personaje de un supuesto viaje a la Luna, usando esferas de vidrio llenas de rocío atadas a su cintura. El calor de Sol evaporó el rocío, que ascendió con tanta fuerza que lo hizo elevarse. Pero infelizmente, en vez de ir de Francia a la Luna se desvió y acabó en Canadá. En la literatura aparecen otras ideas por el estilo, como capturar bandadas de gansos migratorios, o dejar que un barco a velas sea soplado por la fuerza de un huracán… hasta la Luna. En realidad, nadie tenía la más mínima idea de cómo ir a la Luna, y si esto era posible en primer lugar.

Esto cambió en 1687, cuando Isaac Newton publicó su libro “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”. En él, Newton explicaba como funcionaba la fuerza de la gravedad, y por primera vez en la historia, demostraba que el secreto para escapar de la Tierra era la velocidad. Es por esta razón que Jules Verne, en su novela de 1865 “De la Tierra a la Luna”, propuso utilizar un gigantesco cañón para lanzar una bala tripulada.

En Rusia, un oscuro maestro de escuela también soñaba con ir a la Luna: Konstantin Tsiolkovsky. Autodidacta, buscaba algún método de propulsión contenido dentro de la propia nave, para que pueda cambiar de dirección en el vacío del espacio. Debía ser un sistema que no necesite de aire externo para la combustión, y lo más importante, que no necesite de un punto de apoyo externo para impulsarse. Se le ocurrió que la única solución era un folklórico petardo inventado por los chinos en la edad media: el cohete.

Mucha gente cree que el chorro del cohete choca contra el suelo y por eso lo levanta, pero no es así. Un cohete es simplemente un cañón dado vuelta. El retroceso del arma al dispararla es una indicación de la dificultad que el cañón tiene en empujar la masa de pólvora vaporizada, recordando que la quema de 1kg de combustible produce 1kg de gases, y que 1kg de gases pesa lo mismo que 1kg de piedras. Es la misma dificultad que tenemos al empujar un mueble pesado: al hacer fuerza separamos el mueble de nuestro cuerpo, pero al mismo tiempo tendemos a caernos hacia atrás, y hasta nos resbalamos. Este tipo de interacción lo había explicado también Newton en su “Principia”. Tsiolkovsky se dio cuenta de que si el tubo fuese suficientemente liviano y la cantidad de combustible suficientemente masiva, el retroceso (en este caso, avance) será considerable; en posición vertical este tubo subiría como si estuviese trepando por esa masiva columna de gases. En realidad, en medio del vacío interplanetario el cohete se apoya exactamente en esta columna de gases (que suele ser de muchas toneladas) que él mismo genera. Es una interacción entre el cohete y (únicamente) estas toneladas de combustible gasificado de las que intenta separarse: se alejan mutuamente.

En 1903 Tsiolkovsky propuso la construcción de cohetes de combustible líquido, de mayor eficiencia. En una época en que apenas surgían los primeros aviones, él estudiaba diversos aspectos hoy comunes en las naves espaciales. Decía: “La Tierra es la cuna de la Humanidad, pero no es posible vivir en una cuna para siempre”.

En la década de 1920, el alemán Hermann Oberth llegó a las mismas conclusiones. Hablaba también del uso de cohetes uno encima del otro, para conseguir más velocidad. Presentó su trabajo como tesis de doctorado, pero fue rechazada “por utópica”.

En los Estados Unidos, un profesor de enseñanza media, Robert Goddard, también trabajaba en lo mismo desde su adolescencia. Y también era ridiculizado. Por ejemplo, el diario The New York Times del 13 de enero de 1920 decía: “Aquel profesor Goddard (…) no conoce la relación entre acción y reacción, y de la necesidad de alguna cosa mejor que el vacío contra qué reaccionar. Decir eso [lo que él dice] sería absurdo. Claro, simplemente parece que él carece del conocimiento enseñado diariamente en los colegios de enseñanza media”. Para 1926 tenía listo un pequeño modelo que funcionaba con gasolina y oxígeno líquido, y lo probó el 16 de marzo. Voló algunas decenas de metros: fue el primer cohete moderno de la historia. Para la década de 1930 ya hacía volar cohetes con instrumentos meteorológicos a varios kilómetros de altura: los primeros cohetes sonda.

En Alemania, Oberth no se desanimó y ayudó a fundar en Berlin un club para fanáticos que compartían sus ideas. Uno de ellos era un adolescente de 18 años llamado Wernher von Braun. De familia aristocrática, había sido expulsado de la escuela por hacer demasiadas preguntas estúpidas, como por ejemplo: “¿cómo se calcula la trayectoria de un cohete que va a la Luna?”. Pero en el club de cohetes de Berlín von Braun pronto se destacó. Mientras tanto, Hitler había llegado al poder, y debido a que luego de la Primera Guerra Mundial Alemania tenía prohibido fabricar aviones de guerra, los militares buscaban alguna alternativa. El cohete les llamaba la atención, y ofrecieron a von Braun una beca para doctorarse en ingeniería.

Después de recibido, comenzó a trabajar bajo las órdenes del Coronel Walter Dornberger. A los 25 años de edad, von Braun fue nombrado director técnico de un nuevo centro de investigación y desarrollo de cohetes, en Peenemünde, cerca del mar Báltico. El complejo rápidamente creció y sus 500 subordinados trabajaban en distintos proyectos. El objetivo final era el enorme A4, un misil de 12 metros de altura, que funcionaba con alcohol y oxígeno líquido, alimentado por turbobombas, capaz de alcanzar los 5000 km/h y lanzar 1 tonelada de explosivos a 250 km de distancia. El 3 de octubre de 1943 se elevó a más de 80 km de altura, el primer objeto construido por el ser humano en rozar el espacio exterior. El coronel Dornberger, emocionado, le dijo a von Braun: “¿Sabe lo que hicimos hoy? ¡Hoy nació la astronave!”. Pero la dura realidad era que estaban en plena Segunda Guerra Mundial, y a pesar de que los técnicos soñaban con la Luna, Hitler hizo que el arma entre en producción en serie y sea usada para bombardear Londres. Miles de prisioneros de guerra fueron usados como mano de obra esclava, en condiciones “subhumanas”, para construir los A4, ahora llamados V2 (V de venganza). Von Braun mismo estuvo en la cárcel por hablar demasiado de Astronáutica y no concentrarse en su trabajo militar.

Cerca del fin de la guerra parte de su equipo de colaboradores fue capturado por los soviéticos, pero von Braun huyó y consiguió negociar una rendición suya y de un centenar de técnicos a manos de los Estados Unidos. Gracias a ellos, para 1950 los V2 despegaban desde Florida. Con un pequeño cohete estadounidense WAC Corporal en la punta (creando el primer cohete de etapas múltiples) pronto se alcanzaron alturas de 400 km, en pleno espacio sideral.

Pero ahora sus derivados militares, como el Júpiter y el Redstone, llevarían bombas atómicas y en los años siguientes este arsenal de misiles pondría en peligro la propia subsistencia de la especia humana.

Sin embargo, en 1955, Estados Unidos decidió hacer una demostración de su tecnología colocando un pequeño satélite artificial en órbita, en el contexto del Año Geofísico Internacional de 1957-58. Los soviéticos rápidamente anunciaron la misma cosa, pero nadie les creyó: la visión que se tenía de la Unión Soviética era de que lo más sofisticado que tenían eran tractores. Sin embargo, con ayuda de los técnicos alemanes capturados después de la Guerra existía un avanzado proyecto de misiles intercontinentales. El jefe era el ruso Serguei Korolev, que como von Braun, en su juventud había sido miembro de clubes de coheteros.

El proyecto de Estados Unidos, por diversos motivos, era civil, y von Braun no participaba. Pero los soviéticos no dudaron en usar su misil balístico intercontinental, y el 4 de octubre de 1957 lanzaron el Sputnik 1.Un mes después lanzaron otro misil R-7 y colocaron al primer ser vivo en órbita, la perra Laika. El proyecto de los EUA, Vanguard, estaba muy atrás, por lo que von Braun recibió la oportunidad que tanto había esperado. Modificó un misil Júpiter C, añadiendo etapas adicionales construidas por el equipo de William Hayward Pickering en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech y en enero de 1958 lanzó el satélite Explorer 1. Un paquete de instrumentos, preparado por James van Allen, de la Universidad de Iowa, descubrió que la Tierra está rodeada por cinturones de radiación, probando que los cohetes pueden traer grandes beneficios a la ciencia.

En 1958 se crea la NASA, para gerenciar todos los programas civiles de los EUA.

En 1959 el Lunik 3 soviético fotografía el lado de atrás de la Luna, nunca antes visto.

El 12 de abril de 1961, tres semanas antes del vuelo suborbital del estadounidense Alan Sheppard, el soviético Yuri Gagarin dio una vuelta entera alrededor de la Tierra. En febrero del año siguiente John Glenn consiguió la misma hazaña para los EUA. El ser humano había entrado en la Era Espacial.

El 16 de julio de 1969, un gigantesco cohete Saturn V, proyectado por Werhern von Braun, colocaba a la misión Apollo 11 en trayectoria a la Luna. Al día siguiente el diario The New York Times publicó una corrección, disculpándose por el error del editorial de 1920 y confirmando que Isaac Newton (y Robert Goddard) al fin y al cabo tenían razón.

A. L.

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Basado en una charla dada en la USP, el 3 de julio de 1999. Publicado originalmente en ABC Color, el 16 de julio de 2006. Fotografía: Tecnología astronáutica de la década de 1930: Robert Goddard remolcando uno de sus cohetes hasta la rampa de lanzamiento, 24 km al noroeste de Roswell, Nuevo México, con su Ford Modelo A. Crédito: NASA.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.