* Diamantes que son para siempre


HISTORIA DE SIETE DIAMANTES FAMOSOS: DIAMANTES QUE SON PARA SIEMPRE

* Some diamonds that are forever

Un diamante se puede formar en el interior de ciertas estrellas, o aquí en nuestro planeta, a grandes profundidades bajo la corteza, en condiciones de presión y temperatura bastante exactas. De ahí sube a la superficie con las erupciones volcánicas, y se lo suele retirar de en medio de un barro azulado. Pero por todo lo que las personas han hecho o dejado de hacer para conseguirlo, es a veces fácil olvidar de que se trata de una simple piedra.

Las extraordinarias propiedades físicas y químicas de este carbono cristalizado en forma de cubitos han llevado a los griegos a llamarlo el “a damas”, el indomable. Se puede usar para cortar acero, titanio o, literalmente, cualquier otro material. O para construir lentes de cámaras usadas en la caliente atmósfera llena de ácidos del planeta Venus. Últimamente se piensa que, en la Tierra de miles de millones de años atrás, posiblemente tuvo algún rol en la atracción y ordenamiento de ciertas moléculas largas, en presencia de gas hidrógeno, en complejas estructuras similares a las que hoy conocemos como vivas.

Pero su extraordinario precio, a pesar de que normalmente contiene impurezas o imperfecciones que le dan esta o la otra tonalidad (o a veces, gracias a éstas), se debe a factores mucho más subjetivos. Que lo diga la gente de la gigante De Beers, que domina el mercado mundial de diamantes, a pesar de la competencia de los nuevos diamantes artificiales. Y si ellos mantienen la confidencialidad absoluta de quién compró recientemente el diamante más caro del mundo, el Centenary de 274 quilates (55 gramos), y por qué pagó unos estimados US$ 100 millones, tal vez se pueda recurrir a un poco de folklore: es que más de uno sospecha de que se debe a lo que aconsejó alguna vez Marilyn Monroe a una audiencia de caballeros, al afirmar que los diamantes eran los mejores amigos que una chica pudiera tener. (Canción "Diamonds are a girl's best friend", en la película de Howard Hawks "Gentlemen prefer blondes", con Marilyn Monroe, Jane Russell y Charles Coburn, Twentieth Century Fox, 1953). 

EL KOH-I-NOOR

En 1851, un joven de 13 años entregaba a la reina Victoria de Inglaterra una pequeña piedra de tan solo 38 gramos, pero de un brillo, transparencia y dureza muy particulares. El chico se llamaba Dhulip Singh y era el último Maharaja del Imperio Sikh, en el Subcontinente Indio. Decía que la piedra era un regalo, muy especial por cierto, pues se trataba nada menos que del mayor diamante del mundo.

Esa piedra había sido descubierta en la India, probablemente en la región de Golconda, alrededor del siglo XV. Había sido tallada a la manera hindú, con el fondo plano y la parte superior en forma de bóveda. Se decía que su precio sólo podía medirse en términos de lo que la Humanidad entera producía en un día.

Durante su historia había tenido muchos dueños, todos personajes poderosos. Uno de los primeros había sido el emperador Humayun, que cuando un gobernante al que le pidió asilo le insinuó que le diera la piedra a cambio, él le respondió: “Gemas como esta no pueden ser compradas: o bien caen a uno por la arbitrariedad de la centelleante espada, (…) o de otra manera vienen a través de la gracia de un poderoso monarca.” (Citado por Ryan Thompson, "The world of famous diamonds and other famous gems", disponible en http://famousdiamonds.tripod.com).

Fiel a esas palabras, el conquistador Nadir Shah, luego de marchar triunfante sobre la ciudad de Delhi en 1739, exigió que el dueño de la gema en aquel momento, Mohammed Shah, le entregase el famoso diamante del cual había oído hablar. Éste se negó, hasta que alguien de su harén confesó que estaba en el turbante del mismo. Nadir Shah se llevó la prenda de vestir a otro recinto, y al desenvolverlo en presencia de sus subordinados, quedó tan maravillado por lo que vio que exclamó: “¡Montaña de luz!”. Desde entonces se lo conoce con ese nombre, “Koh-I-Noor” en persa. (Edwin Streeter, "The great diamonds of the World. Their history and romance." Publicado por George Bell & Sons, Londres, 1882, p. 123).

Uno de los últimos en adquirir el famoso diamante fue el Gobernador General de la India Lord Dalhousie, quien luego de la conquista británica de lo que hoy es la ciudad paquistaní de Lahore, exigió como uno de los términos de rendición que el Koh-i-Noor pase a manos de la reina de Inglaterra. “Es más honor para la Reina que el Koh-I-Noor sea entregado directamente de la mano del príncipe conquistado a las manos de la soberana que fue su conquistadora”, recomendó este “ceremonioso” político. (Citado por Ryan Thompson, "The world of famous diamonds and other famous gems", disponible en http://famousdiamonds.tripod.com).

En realidad, cuando el diamante más grande del mundo fue presentado al pueblo británico durante la Gran Exhibición de 1851, en Londres, no entusiasmó demasiado a la gente, que lo creía más brillante. Para remediar esto, el príncipe Albert, esposo de la reina Victoria, lo mandó tallar de nuevo, perdiéndose en el proceso más del 40 % de su peso pero ganando mucho en fulgor. Se guarda hoy en la Torre de Londres, de dónde salió por última vez (engarzado en una corona) en 2002 para honrar el ataúd de la fallecida Elizabeth I, la Reina Madre.

DARYA-I-NOOR

Otro diamante que comparte una historia similar es el “Mar de luz”, Darya-I-Noor, de 186 quilates (37 gramos), aunque este nunca salió de Oriente y hoy es parte del Tesoro de Joyas Nacionales de Irán.

Diferentemente al Koh-I-Noor, que es transparente, el Darya-I-Noor tiene un ligero tinte rosado. También está tallado de otra manera, en forma de tablilla, lo que no beneficia su brillo pero por lo menos no redujo tanto el tamaño de la piedra original. De hecho, el Darya-I-Noor es el diamante rosa más grande del mundo.

Aparentemente, fue parte de un diamante aun mayor, visto por el joyero francés Jean-Baptiste Tavernier en la zona de las minas de Golconda, India, en 1642. El otro pedazo de la otrora “Tabla de Tavernier” sería el diamante hoy conocido como Nur-Ul-Ain (“Luz del ojo”, en persa), de unos 60 quilates (12 gramos), también expuesto en Irán.

EL ORLOV

Otro diamante de la antigüedad que llegó hasta nuestros días es el Orlov, de 190 quilates (38 gramos). Tiene una historia aún más fantástica.

Probablemente fue encontrado en las legendarias minas de la región de Golconda de la India, en el siglo XVII. Tallado en forma de bóveda con base plana (en forma de “rosa”), al estilo tradicional de la India, aparentemente fue mostrado a Tavernier por el emperador Aurangzeb. Supuestamente, tenía otro peso y otro nombre: “Gran Mongol”.

Luego sigue una leyenda, en que este diamante de tonalidad azul-verdosa habría sido utilizado como ojo de una estatua sagrada en el templo de Ranganatha, en Srirangam, India. El templo estaba rodeado por 7 murallas, y ningún infiel podía pasar más allá de la cuarta muralla. En la mitad el siglo XVIII, un soldado francés desertor se habría unido a la religión hindú y se habría convertido en devoto. Con el tiempo habría ido ganando privilegios hasta que una noche le habrían encargado custodiar el recinto más interior, junto a la estatua sagrada. Sin pensarlo mucho, le habría arrancado el reluciente ojo a la estatua y habría huido en medio de una tormentosa noche.

Al llegar al puerto de Madras, le habría vendido el diamante al capitán de un barco inglés, quien lo habría llevado a Europa.

Lo que está documentado es que fue adquirido por un joyero de nombre Safras, con operaciones en Amsterdam, quien lo ofreció a muchas casas reales. Acabó en Rusia, engarzado en el cetro imperial de Catalina la Grande.

Esta famosa piedra fue bautizada con el nombre del conde Grigory Orlov, quien fue el que finalmente se lo entregó a la emperatriz. Los detalles de la transacción se desconocen: algunos dicen que Orlov actuó de intermediario, mientras que otros aseguran que lo compró con su propio dinero. Él era amante de Catalina.

EL AZUL DE HOPE

Este diamante aparentemente comenzó como “El Azul de Francia”. Extraído de la mina Kollur, de Golconda, India, en fecha desconocida, llegó a Francia de manos del mercader Jean-Baptiste Tavernier. El rey Luis XIV se interesó por él y lo compró, aun como piedra bruta. La mandó tallar en forma de pera triangular, quedando con un peso bruto de 67 quilates (13 gramos).

Con la revolución francesa en 1789, desapareció junto con muchas otras joyas reales. Oficialmente nunca más se lo volvió a ver, pero coincidentemente, un día después de cumplirse los 20 años de su robo, estando el delito prescripto, apareció en Londres un raro diamante azul de 46 quilates (9 gramos). Modernos estudios de la manera en que fue cortado sugieren que esta nueva piedra es un retallado del famoso Azul de Francia, habiendo sufrido esta “cirugía” con el propósito de esconder su verdadera identidad.

Fue comprado por Henry Hope, y pasó a sus descendientes, incluyendo la actriz May Yohe. Al comienzo del siglo XX fue vendido nuevamente y llevado a los Estados Unidos.

Entre 1920 y 1921, May Yohe creó una atracción cinematográfica titulada “El misterio del diamante Hope”, contando supuestamente la historia del mismo, incluyendo algunas desventuras de sus ex-dueños que hacen a uno concluir de que está embrujado. Sin embargo, no existen referencias de que los supuestos detalles históricos que aparecen en la obra hayan sido verdaderos.

De cualquier manera, en 1949 fue comprado por el joyero Harry Winston, quien final y desinteresadamente lo donó al Museo Smithsoniano de Washington, DC. Allí reside hasta hoy, expuesto a la curiosidad del público.

EL AMARILLO DE TIFFANY

Durante siglos, las únicas minas conocidas de diamantes estaban en la India, pero en 1725 se encontraron diamantes en Brasil, y luego en 1867 en Sudáfrica, que pronto se convertiría en el principal productor a nivel mundial.

Una de las más bellas piedras a salir de ahí es el Amarillo de Tiffany. Diamantes amarillentos son comunes y no tienen tanto valor, pero éste es de un color amarillo intenso. Fue encontrado cerca de 1878, en la parte de la mina de Kimberly, Sudáfrica, perteneciente en aquel entonces a la Compañía Francesa de Diamantes del Cabo. Fue llevado a París, donde la piedra bruta fue tallada por George Kunz hasta dársele 90 caras diferentes, lo que le dio un brillo como de fuego. Lo compró Gideon Reed, en nombre de la joyería Tiffany’s de New York.

Una vez en América, fue expuesto en la joyería neoyorquina y pronto este diamante de 129 quilates (26 gramos) se hizo muy famoso. En algún momento se le colocó un precio de 5 millones de dólares, pero nunca fue vendido. Sólo fue usado, a préstamo, por dos mujeres: una de ellas fue la esposa del diplomático estadounidense Sheldon Whitehouse; la otra mujer que lo lució fue, por supuesto, la actriz Audrey Hepburn, en 1961, durante la promoción de la película “Desayuno en Tiffany’s”.

Este diamante ha adquirido un simbolismo tan especial para la joyería que se dice que una vez un nuevo vendedor preguntó a sus superiores qué premio le darían si vendía el Amarillo de Tiffany. La respuesta fue contundente: la casa despediría sumariamente al vendedor que hiciese tal cosa. (Ian Balfour, "Famous diamonds", 5ta. edición, ilustrada, Antique Collectors' Club, Suffolk, 2008.)

EL CULLINAN

Una tardecita de 1905, el superintendente de la mina Premier, situada 40 km al este de Pretoria, Sudáfrica, estaba haciendo su ronda rutinaria en el gran pozo a cielo abierto que constituía la mina. De repente, algo llamó su atención: había una cosa brillando en la pared del pozo, un poco por encima de su cabeza. Estiró el brazo y arrancó del barro una impresionante piedra del tamaño de su puño. Al principio pensó que eso sólo podría ser vidrio, pero unos rápidos análisis en la oficina de la mina demostraron que estaban ante el diamante más grande jamás encontrado, con unos sorprendentes 3106 quilates (621 gramos).

Fue bautizado como Cullinan, en honor al dueño de la mina, y llevado a Amsterdam, Holanda, para ser tallado. Infelizmente, estaba lleno de fisuras, por lo que el tallador Joseph Asscher recomendó partirlo en varias gemas. El pedazo más grande, separado inicialmente con una cuña especial y un golpe de martillo (!), se llamó “La Estrella de África” y fue regalada al rey Edward VII del Reino Unido, quien la colocó en el cetro real británico. En total, del Cullinan se tallaron 9 diamantes principales (todos orgullosamente entre las Joyas de la Corona) y 96 diamantes menores.

EL TAYLOR-BURTON

Los diamantes han sido siempre compañía constante de la realeza. En el mundo democrático y capitalista de hoy, la realeza ha sido suplantada por los grandes industriales, financistas, deportistas y gente del entretenimiento. Dos de esas figuras, radiantes por derecho propio, son Elizabeth Taylor y su quinto marido (y también sexto), su colega de escena Richard Burton.

La Cleopatra de Hollywood era tan aficionada a los diamantes que inclusive llegó a escribir un libro sobre su relación con ellos. Es así que cuando en 1969 la casa Parke-Bernet Galleries de New York anunció que saldría a subasta un enorme diamante incoloro de 69 quilates (14 gramos) descubierto hacía poco en la mina Premier, de Sudáfrica, el señor Burton apareció en la lista de ofertantes.

La base de venta, inicialmente fijada en US$200.000, subió escandalosamente hasta que sobrepasó la barrera de los US$1.000.000, un precio nunca antes visto en una sala de subastas por un diamante.

Pero cuando el martillo cayó, los derechos de decidir qué mujer lo usaría no quedaron en manos del desconcertado actor británico: la joyería Cartier había ofrecido más.

Pero días después, Richard Burton llamó al intermediario desde un teléfono público de un elegante bar en el sur de Inglaterra y estalló allí mismo, vociferando que (Balfour, 2008, ver arriba) el agente debía ir ya y comprarlo de una buena vez, sin importar lo que costase.

El precio final nunca se divulgó. Lo único que declaró la Casa Cartier (Balfour, 2008, ver arriba) fue que, por el hecho de que la señora Taylor estaba muy feliz, su negocio también estaba muy feliz.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 11 de enero de 2009. Fotografía: Brillantes genéricos. Crédito de la fotografía: Mario Sarto, 4 de febrero de 2004 (licencia original, de la fotografía únicamente, obtenida en: http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es). Con permiso de Mario Sarto.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.