* El mito de los platillos voladores nazis

PROTOTIPOS AERODINÁMICOS DEL MÁS RARO TIPO: EL MITO DE LOS PLATILLOS VOLADORES NAZIS

* The myth of the Nazi flying saucers

Recientemente, un individuo llamado Andreas Epp alegó en una entrevista televisiva que durante la Segunda Guerra Mundial los nazis experimentaron con extrañas aeronaves en forma de disco. No hablaba de naves extraterrestres, sino que de una llamativa y singular solución aerodinámica para despegues verticales y altas velocidades. ¿Qué hay de real en esto?

Según Epp, estas naves fueron construidas en la entonces ocupada Praga, capital de la República Checa, en la fábrica de automóviles Skoda. Después de la Guerra, Epp y otros científicos e ingenieros alemanes habrían sido capturados por los soviéticos y continuaron desarrollando estas singulares aeronaves en la URSS. Epp dice que tiempo después logró escapar de la Unión Soviética y ofreció sus servicios a los Estados Unidos. Un detalle llamativo es que no consta que los Estados Unidos se hayan interesado en contratarlo, posiblemente porque no le creyeron.

Pero Andreas Epp no es el único ni el primero que cuenta una historia semejante. El mayor Rudolf Lusar comenzó la polémica hace ya cinco décadas, al dedicarle al asunto un par de páginas de su libro “Armas alemanas secretas de la Segunda Guerra Mundial” (publicado por la editora J. F. Lehmann, de Munich, en 1958). Basándose sin duda en rumores, escribió que los diseños de estos llamados “discos voladores” habrían sido esbozados por los expertos alemanes Schriever, Habermohl y Miethe, y por el italiano Bellonzo. Habermohl y Schriever habrían escogido un anillo de superficie ancha que supuestamente rotaba alrededor de una cabina fija en forma de cúpula. El anillo supuestamente consistía en discos-ala ajustables que habrían podido ser colocados en las posiciones adecuadas para el despegue y para el vuelo horizontal respectivamente. Se habría pretendido alcanzar finalmente velocidades de 4 000 km/h, todo supuestamente. Aseguraba que expertos y colaboradores en aquel supuesto trabajo habrían confirmado que los primeros proyectos de “discos voladores” habrían sido realizados en 1941. Miethe supuestamente desarrolló una placa en forma de disco de un diámetro de 42 metros en la que habrían sido insertados motores a chorro ajustables. Shriever y Habermohl, que supuestamente trabajaban en Praga, habrían despegado con el primer “disco volador” el 14 de febrero de 1945. En 3 minutos habrían subido a una supuesta altitud de 12 400 m y habrían alcanzado una supuesta velocidad de 2000 km/h en vuelo horizontal. 

Como Chuck Yeager, de los EUA, rompió la barrera del sonido (unos 1200 km/h) recién en 1947, aquí conviene hacer una pausa y tomarnos un profundo respiro. Es cierto que el esfuerzo y dinero invertidos por las potencias mundiales en esta enorme guerra llevaron a grandes avances tecnológicos, como el radar, los misiles balísticos, los aviones a chorro y hasta las bombas atómicas. Pero estos de proyectos eran tan colosales que toneladas y toneladas de material y documentos (por no hablar de los propios ingenieros) sobrevivieron a la Guerra y tiempo después fueron expuestos públicamente. Sin embargo no hay rastros de aeronaves en forma de discos voladores en los archivos militares. Con dos notables excepciones.

LOS PANQUEQUES VOLADORES

Por esa época, en los Estados Unidos, Charles Zimmerman diseñó para la Marina de su país una de las aeronaves experimentales más extrañas que se hayan construido. Se sabe que uno de los grandes problemas aerodinámicos de los aviones son los vórtices que se forman en la punta de cada ala. Un avión vuela porque la presión del aire en la parte superior de las alas es menor que en la parte inferior. Pero en las puntas la presión mayor del aire de la parte inferior tiende a escapar hacia los costados y subir a la cara superior. Este movimiento crea torbellinos que frenan al avión. Una de las soluciones es usar alas de forma elíptica (si las vemos desde abajo), con lo que esta tendencia se va reduciendo paulatinamente a medida que se llega a las puntas.

Otro de los problemas es que al levantar la nariz del avión para ascender, las alas quedan tan inclinadas que la corriente de aire tiende a despegarse de la superficie superior, saltando y generando grandes torbellinos. Para evitar esto se diseñan alas con un largo recorrido entre el borde de entrada delantero y el borde de salida trasero, o sea que si miramos al avión desde abajo el ala parece muy ancha entre adelante y atrás.

Si miramos a una aeronave que tenga un ala que sea elíptica y de gran ancho desde adelante hacia atrás, inevitablemente recordará a una forma redonda o de disco.

Lo que hizo Zimmerman fue una aplicación extrema de estos principios: su aeronave XF5U, construida por la empresa Vought, tenía un ala tan elíptica y tan ancha que en realidad tenía forma de panqueque, aquel alimento parecido a la tortilla.

La ventaja teórica del XF5U era que sería capaz de despegar con mucha facilidad desde la corta cubierta de un portaaviones. Infelizmente, sus dos motores estaban montados en el fuselaje y accionaban a dos hélices en las puntas de las alas por una complicada transmisión. Este mecanismo vibraba demasiado y nunca se pudo solucionar el problema. Con el fin de la guerra el proyecto fue archivado.

Volviendo a la Alemania Nazi, un joven campesino llamado Arthur Sack tuvo una idea semejante. Presentó su proyecto de la manera más humilde posible: durante una competencia de aeromodelismo. Su modelo volaba muy mal pero de cualquier manera interesó a un general presente entre el público, y recibió el apoyo para desarrollar una versión tripulada.

El Sack AS-6 quedó listo en 1944. Una ventaja sobre el prototipo estadounidense es que era de un diseño más simple, con un solo motor al frente. Pero paradójicamente el problema ahora era la falta de potencia. Nunca pudo despegar, más allá de algunos saltos. Con el fin de la guerra el único prototipo fue destruido, pero quedaron las fotografías y otros documentos.

EL AVROCAR

Ambos prototipos de aviones con alas circulares podrían, en teoría, despegar en distancias muy cortas, pero no eran aeronaves de despegue vertical: tenían hélices convencionales que las movían hacia delante, pero no hacia arriba.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial lo más avanzado que había en materia aeronáutica eran los motores a reacción. El brillante ingeniero británico emigrado a Canadá Jack Frost estudió con detenimiento maneras de mejorar estos motores. Experimentó con un modelo que en vez de tener la típica forma de cilindro o tambor era mucho más corto y aplastado, casi con forma de disco. Teóricamente era más eficiente, pero ahora el problema era que el diámetro debía ser desproporcionadamente grande. No cabía en ningún avión… a no ser que con su disco de manera horizontal dentro de una gran ala.

En este singular motor el aire entraba por el centro (por arriba) y el chorro salía por la periferia, o sea, por todos los costados. Se buscaron diferentes métodos de concentrar todo el chorro hacia atrás del avión, pero en 1958 se abandonó la idea y se contentaron con desviarlo hacia abajo, con lo que la aeronave ahora se movería verticalmente.

El artefacto interesó al Ejercito de los Estados Unidos, que estaba buscando un “Jeep volador”. Millones de dólares fueron invertidos en el proyecto y la empresa AVRO Canadá construyó dos prototipos, denominados VZ-9 AV o simplemente “Avrocar”.

Pero el sistema era demasiado complicado y no conseguía generar suficiente fuerza para ascender más que unos centímetros. Aparte de esto el vehículo era muy inestable, lento para avanzar y generaba demasiado ruido y calor. Finalmente, el Ejército encontró a su “Jeep volador” en el helicóptero, y el Avrocar fue cancelado.

¿Y LOS CUATRO “INGENIEROS” DE 1945?

Aparentemente Habermohl y Miethe nunca existieron. Bellonzo resultó ser Giuseppe Belluzzo, alto funcionario italiano que cuando entrevistado sobre OVNIs, en 1950, opinó que debían ser obra de los Nazis. Y Rudolph Schreiver resultó ser un empleado de las Fuerzas de EUA en Alemania a quien le gustaba hacer dibujos de platillos voladores, cuya calidad técnica nunca impresionó: le asignaron el cargo de ordenanza.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 23 de julio de 2007. Fotografía: El Sack AS-6 en Brandis, Alemania, en 1944. Crédito: Luftwaffe.

A scientific, very respectful and well-thought reply to the popular question "Do you believe in UFOs?"  This book evolved as a reply to one of the most frequent questions that I used to hear from the public when I was working in an astronomical observatory: "Do you believe in UFOs?". That seems an odd question to ask to scientists, but after researching conscientiously for about a full year, I discovered, to my surprise, that mainstream Science has a few things to say about the topic.  This book is not about conspiracy theory, "NASA is hiding the truth", or much less, that flying saucers have already landed on the lawn of the White House. Rather, it is a book about what is the most rational reply that a scientist, or in my case, a science writer, can offer when people insist on asking that question.  As one advances through the chapters, explores the following rationale: Is there life in the Universe? The answer is yes: us. Are there civilizations capable of spaceflight? The answer is again yes: us. Can we expand those two questions? Can we answer also: "them" and "them"?  All illustrations are also available at naturapop.com