* Historia del calendario

EL AÑO NUEVO A TRAVÉS DE LA HISTORIA Y DE DISTINTAS CULTURAS: HISTORIA DEL CALENDARIO

* History of the calendar

La primera unidad de medida del paso del tiempo que utilizó el ser humano probablemente fue el ciclo del día y de la noche. Después, cuando se hizo necesario contabilizar períodos más largos, apareció el calendario lunar, que consiste simplemente en contar la cantidad de lunas llenas en un determinado período. De ahí la palabra mes, que deriva de medir. Pero para llegar a nuestro calendario moderno hubo un largo camino.

Se obtiene mayor precisión al observar cada luna nueva, o mejor, el fino creciente con el que reaparece nuestro satélite natural después de quedar en la misma dirección del Sol. Un día antes la Luna ha quedado oculta por el resplandor del astro rey.

Al surgir la agricultura en la Mesopotamia, actual Irak, los primeros humanos civilizados se dieron cuenta de que en esa región hay básicamente dos estaciones: invierno y verano. Una es mala para los cultivos pero la otra es buena. Así descubrieron un tercer periodo de tiempo: el año.

Los babilonios estuvieron entre los primeros en ver una relación entre la cantidad de lunas nuevas y el año: el verano vuelve aproximadamente después de doce lunas nuevas. Este conocimiento pasó posteriormente a los griegos.

EL CALENDARIO ROMANO

La tradición dice que el primer calendario romano fue creado por un descendiente de griegos: Rómulo, que en el año 753 B.C.E. fundó Roma. Se contaban diez lunas nuevas, comenzando con Marzo (por el planeta Marte, dios de la guerra y supuesto padre de Rómulo), e inmediatamente venían los meses de la primavera: Abril (tal vez por “aperire”, o el abrir de las flores), Mayo y Junio, dedicados a diferentes diosas. El quinto mes recibía simplemente el nombre de Quintilis, el sexto de Sextilis, el séptimo Septembris, el octavo Octobris, el noveno Novembris y el décimo y último Decembris. Después venía simplemente “el invierno”. Al final del invierno, al percibir que se acercaba nuevamente la primavera, recomenzaban el calendario.

El rey Numa Pompilio, sucesor de Rómulo, dividió al invierno en dos meses más: Januaris (Enero) dedicado al dios Janus, guardián de todas las puertas, y Februarius, mes de la purificación. Más tarde, el año gubernativo se iniciaría el 1 de Enero.

Pero un calendario lunar tiene el problema de que el período de 12 lunas nuevas son 354 días. Los romanos se dieron cuenta (así como los babilonios) de que la primavera tardaba por lo menos 360 días para volver. Entonces empezaron a agregar 1 mes extra si notaban que un año terminaba y la primavera todavía no llegaba (lo mismo hacían los babilonios): el llamado mes Intercalaris, añadido al mes de la purificación.

EL CALENDARIO JULIANO

El calendario romano marchó más o menos bien durante los siguientes siglos, a no ser porque la decisión de colocar o no un mes extra dependía exclusivamente del “Pontifex Maximus”, el sumo sacerdote de la religión romana, lo que le permitía alargar o acortar el periodo de determinados gobernantes según los humores políticos.

Hacia el año 45 B.C.E. reinaba tal confusión que Julio Cesar decidió acabar con el problema reglamentando un calendario totalmente nuevo.

Por aquella época Julio Cesar había estado en Egipto, donde conoció a la reina Cleopatra, y más importante en esta historia, al astrónomo Sosígenes de Alejandría.

Los egipcios habían estado usando desde miles de años atrás un calendario agrícola basado en las crecidas del tan importante río Nilo, que bañaba las márgenes del desierto con fértiles sedimentos arrastrados desde África tropical.

Se habían dado cuenta de que cada vez que la estrella Sirius desaparecía y días después reaparecía, inmediatamente antes del amanecer, llegaba la crecida. Esto sucede porque al dar la Tierra vueltas alrededor del Sol hay momentos en que no se ven las estrellas que quedan atrás del astro rey. Luego, al continuar la Tierra su movimiento, lo que estaba atrás del Sol vuelve a quedar visible. Esto es un año sideral.

Desde luego que los sacerdotes decían que era el divino Faraón el que mandaba las crecidas, y no en balde los trabajadores creían que las estrellas controlaban sus destinos.

Al comienzo los egipcios pensaron que este año tenía 365 días, e inclusive probaron un calendario civil con ese número. Pero después se dieron cuenta que también se adelantaba, aunque poco, con relación a las estaciones. Había que intercalar algo para sincronizarlo nuevamente, pero ya no era un mes entero sino apenas 1 día cada 4 años.

Así, el flamante calendario de Julio Cesar tendría 6 meses de 31 días y seis meses de 30 días, alternados. Pero Febrero perdía 1 día en 3 años de cada 4, quedando con 29.

La palabra bisiesto significa “dos veces el sexto”, porque el día que debía duplicarse era el sexto día antes de que comience Marzo (donde se añadía Intercalaris), no el último.

Por último, para celebrar su gran hazaña, Julio Cesar redenominó al mes Quintilis como Julio. Cuenta la leyenda que su sucesor, Cesar Augusto, también quiso un mes para él, y redenominó Sextilis como Agosto. Pero como este tenía 30 días y no 31 como Julio, ordenó que se quite otro día a Febrero y se le sume a Agosto.

En el año 1278 desde la fundación de Roma, el monje Dionysius Exiguus preparó unas tablas con las futuras fechas de la Pascua ("Cyclus Paschalis", reproducido en el volumen 67 de "Patrologia Latina", Parte 1 de "Patrologiae Cursus Completus", compilado por Jean-Paul Migne, Imprimiere Catholique, Paris, ca. 1849) pero prefirió fechar su trabajo como el año 525 "desde la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo”. Aparentemente cometió algunos errores de cálculo, pero se le puede disculpar porque hasta la Biblia es confusa en este punto: Mateo dice que Jesús de Nazareth nació durante el reinado de Herodes el Grande, que murió probablemente en el año 4 B.C.E.; pero Lucas dice que fue durante un censo siendo Quirino gobernador de Siria, algo que sucedió en el 6 C.E.

EL CALENDARIO GREGORIANO

El calendario juliano era mucho mejor que los anteriores y continuó sin problemas hasta la Edad Media. Pero para el año 1563 el poder político, ahora la Iglesia Católica, sabía que el calendario nuevamente estaba fuera de sincronía con la primavera. Ahora la Pascua estaba atrasando 10 días.

Es que, además de la translación de la Tierra alrededor del Sol, hay un movimiento más que interviene en la llegada de las estaciones: la Tierra tiene una oscilación de su eje, similar al baile que vemos en un trompo. Esto se llama precesión, y en el caso de la Tierra es extremadamente lento, un ciclo en 26 000 años. Pero es suficiente como para alterar ligeramente la visión que tenemos del Sol desde la superficie de la Tierra, que es lo que comanda las estaciones. Esto es el año solar.

Para sincronizar el calendario juliano con el movimiento de precesión de la Tierra, el sacerdote jesuita y astrónomo Christopher Clavius, trabajando sobre ideas de Aloysius Lilius, un profesor de la Universidad de Perugia, propuso hacer una sutil alteración: acelerar el calendario ligeramente eliminando 3 días cada 400 años.

En concreto se eligió no realizar los años bisiestos del final de los tres primeros siglos. Al cuarto siglo vuelve a realizarse el año bisiesto de final de siglo. Y así sucesivamente.

Así, perdieron 1 día el siglo XVII, el siglo XVIII y el siglo XIX (el año 1900 tuvo 365 días y no 366, como le tocaba ser). Al cuarto siglo, el siglo XX, no se le sacó nada, así que el año 2000 sí tuvo 366 días, bisiesto como le correspondía. Vuelve a eliminarse 1 día del siglo 21: van a ser bisiestos 2088, 2092 y 2096, pero el 2100 no.

Con esta sutil alteración se mantiene una precisión de 1 día en 3300 años.

En 1582 el Papa Gregorio XIII ordenó que el nuevo calendario entre en vigor, no sin antes colocar la Pascua en su debido lugar, lo que significó saltar bruscamente del 4 de octubre al 15 de octubre de ese año sin pasar por los días intermedios, los llamados días que jamás existieron en la Historia.

Aunque hay que tener cuidado al leer registros históricos de países que no obedecieron inmediatamente al Papa, como Gran Bretaña o Rusia. El aniversario de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917 debe recordarse a comienzos de noviembre.

A pesar de estos avances, continuamos usando calendarios lunares: en Paraguay el Jueves y Viernes Santos son feriados, fechas que se calculan según la Pascua, que es el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera del Hemisferio Norte.

Y la astrología continúa presente: Lunes día de la Luna, Martes día de Marte, Miércoles día de Mercurio, Jueves día de Júpiter, Viernes día de Venus, son tradiciones babilónicas. Sábado de Sabbath y Domingo de Dominicus (del Señor) son judeocristianos, pero en inglés Saturday y Sunday son días de Saturno y del Sol.

CALENDARIOS DE OTRA CULTURAS

El calendario gregoriano es respetado internacionalmente, pero eso no significa que otras culturas hayan dejado de utilizar sus calendarios tradicionales.

Los cristianos ortodoxos del Este no aceptaron el calendario del Papa Gregorio XIII y siguen usando el juliano. El día de Año Nuevo está ahora atrasado 14 días.

El calendario musulmán es un calendario lunar puro, o sea que existen doce meses que se sincronizan con cada luna nueva. Como el año termina en cerca de 354 días y no se intercalan días ni meses, anda más rápido que el calendario gregoriano (y que las estaciones). El Año Nuevo llegó el 1 de Muharram (3 de noviembre), cuando comenzó el año (lunar) de 1435 desde la ida de Mahoma a la ciudad de Medina.

El calendario judío es similar al calendario babilónico, de 12 meses lunares con meses intercalados para sincronizarlo con las estaciones según necesidad, aunque respetando una complicada fórmula. El Año Nuevo fue el 1 de Tishrei (4 de setiembre), cuando comenzó el año 5774 “desde la creación del mundo”.

El calendario hindú es similar al gregoriano, aunque todavía se observa la luna por motivos religiosos. El Año Nuevo oficial vendrá el 1 de Chaitra (22 de marzo), a 1936 años de la victoria del rey Shalivahana Saka sobre el rey Vikramaditya de Ujjayini.

El calendario chino es similar al judío, aunque para sincronizar los meses con la luna y los años con las estaciones se utilizan métodos astronómicos más modernos. El día de Año Nuevo será el 1 del Primer Mes (31 de enero), cuando entrará el año del caballo, con el elemento madera, del ciclo de 60 años número 79.

De hecho, según la National Geographic, menos del 35 % de la población mundial celebra el Año Nuevo con los occidentales.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 31 de diciembre de 2006. Ilustración: "Christopher Clavius bamberguense [de Bamberg, Alemania] de la Sociedad de Jesús [retratado] estando en su año 69" (sic), quien fuera junto con Aloysius Lilius el miembro más destacado de la Comisión del calendario del siglo XVI. Crédito: Gravado presumiblemente de Jean Leclerc basado en una pintura de Francisco Villamena, hecha en Roma en el año 1606 "con privilegio del Sumo Pontífice y autoridad Superior"; 21,6 cm X 31,2 cm sobre hoja de 21,8 cm X 34,2 cm. Vía "Identidad científica: Retratos de la Biblioteca Dibner de la historia de la Ciencia y la Tecnología", con ensayos introductorios de Deborah Jean Warner y Ronald Brashear, diseño del sitio por Nicole Van Doren, escaneado a 400 dpi con una máquina Umax Mirage IIse por el Centro de Imágenes de las Bibliotecas de la Institución Smithsoniana, Bibliotecas de la Institución Smithsoniana, Colección Digital, Washington, DC, 2003, disponible en: http://www.sil.si.edu. Este archivo de imagen está alojado en los servidores informáticos de la Institución Smithsoniana; se prohíbe la reproducción.

 Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.