* Investigaciones científicas en el Loch Ness

LO QUE SE SABE A TRES CUARTOS DE SIGLO DEL PRIMER REPORTE DEL “MONSTRUO”: INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS EN EL LOCH NESS

* Scientific investigations at Loch Ness

El martes 2 de mayo de 1933 el periódico escocés “Inverness Courier” alertó sobre un avistamiento de un gran animal acuático, muy raro. Entre el 9 y el 23 de noviembre el naturalista Rupert Gould entrevistó a más de 50 personas sobre el caso, y meses después publicó el primer libro sobre lo que hoy se denomina “el monstruo del Loch Ness”. He aquí un resumen de las expediciones que han acudido hasta ese lugar.

Cualquier interpretación sobre el “monstruo” debe considerar las singulares características geográficas, físicas y biológicas del Loch Ness. En 1910 John Murray y Laurence Pullar publicaron su “Levantamiento batimétrico de los lochs de agua dulce de Escocia” (en dos volúmenes de textos y cuatro de mapas, Challenger Office, Edimburgo), donde describen al Loch Ness como “uno de los mejor conocidos de los grandes lochs [un tipo de lago] de Escocia, porque forma una considerable parte (casi la mitad) de la hidrovía conocida como el canal de Caledonia, que ocupa la gran cañada que corre en dirección noreste-sudoeste desde Moray Firth en la costa este de Escocia hasta Loch Linnbe en la costa oeste, cortando así a Escocia en dos porciones. A través del canal de Caledonia miles de visitantes son transportados cada temporada entre Inverness y Port William, y el esplendido escenario del canal y del distrito circundante han proveído tema para muchas plumas.” Determinaron que su elevación es de 16 m sobre el nivel del mar, tiene 36,6 km de largo, anchura media de 1,4 km y área de 5666 hectáreas. Con cerca de 1700 mediciones, descubrieron que su profundidad máxima es de 230 m. Pero lo más resaltante es que “1) su cuenca tiene una forma relativamente simple, 2) en la mayor parte del loch las orillas son muy inclinadas y 3) una gran área del fondo del loch está cubierta por aguas muy profundas”. “Parece muy posible, por tanto, que el Loch Ness puede ser el mayor cuerpo de agua dulce, no sólo de Gran Bretaña, sino del Reino Unido”, concluyeron.

FENÓMENOS FÍSICOS CONOCIDOS

En 1903 E. Maclagan-Wedderburn midió oscilaciones en la superficie del loch, de hasta 11 cm, con periodos de 31,5 minutos, 15,3 min y 8,8 min. Las tormentas y terremotos registrados aparentemente no eran los causantes, sino más bien las variaciones en la presión atmosférica. Hay también oscilaciones de masas de agua debajo de la superficie (con un periodo de unos tres días), especialmente a una profundidad de 60 m, pero sin efectos visibles desde arriba (descubiertas por E. Watson en 1904). También presenta microestructuras de origen térmico, con incidencia probable en la transparencia (Simpson y Woods, 1970). Las estructuras térmicas subacuáticas son más ricas al final del verano (Thorpe, 1971). Se han detectado olas subacuáticas entre capas de diferentes temperaturas, de hasta 10 m de amplitud, pero sin efectos en la superficie (Thorpe, Hall y Crofts, 1972). El Loch Ness es un buen laboratorio natural para estudiar fenómenos asociados a turbulencias (Thorpe, 1977). Hay una relación directa entre ecos de sonar bajo el agua y la velocidad del viento (Thorpe y Stubbs, 1979). Los ecos son burbujas de aire llevadas abajo del agua (Thorpe, 1980) hasta por varios metros (Thorpe, 1982).

Diversos espejismos suceden en su superficie, involucrando barcos distantes y elevadas montañas, debido a la diferencia de temperatura entre el agua (que casi no varía) y el aire encima de ella (Murray y Pullar, 1908). Varios avistamientos del “monstruo” pueden relacionarse a fenómenos ópticos de distorsión atmosférica (Lehn, 1979). Algunas tormentas solares (McKinnon, 1972) pueden interferir en equipos electrónicos desplegados en esas latitudes (Sperling, 2003).

El fondo tiene cinco tipos de sedimentos: lodo gris oscuro, lodo ferruginoso, turba, arcilla amarilla grisácea y arena marrón (Lee, Collet y Wilson, 1908). El Loch Ness es producto de la última glaciación sobre las islas británicas, hace más de 10 000 años (Sissons, 1979). Los sedimentos del fondo muestran marcas de las variaciones climáticas (Cooper, 1998).

En el 2001 L. Piccardi sugirió que el “monstruo” podría tener un origen sismológico.

FAUNA CONOCIDA

La cuenca hidrográfica de la cual el Loch Ness se nutre está tan diversificada que realizar estudios químicos sistemáticos de las aguas es tarea complicada (Jenkins, 1993). En artículo separado, el mismo científico informa que unos sedimentos extraídos de 220m de profundidad son ricos en material orgánico. Se han detectado bolsas de gas subiendo de dos lugares diferentes del fondo, uno de ellos a 97 m de profundidad y que se mantuvo activo en forma continua por dos semanas; el otro local permanece activo durante el verano entero, indicando vegetación en descomposición (Shine, 1993).

El fitoplancton es muy pobre, tanto en cantidad como en variedad (Murray, 1904).

En el fondo hay crustáceos bivalvos pequeños y lombrices, viviendo en un ambiente estable, bien oxigenado y con suficientes nutrientes; los crustáceos forman 60 % de la fauna de las profundidades (Martin, Shine y Duncan, 1993). Cómo sólo hay cuatro especies de éstos, tal vez disfruten de o promuevan un ecosistema muy estable (Griffiths y Martin, 1993).

Hay siete especies de peces (Maitland, 1981). Los más numerosos son el salvelino (nombre científico “Salvelinus alpinus”), la trucha marrón (“Salmo trutta”) y espinocho (“Gasterosteus aculeatus”), con una densidad de 300 a 1000 animales por hectárea. Un 80 % son muy pequeños, apareciendo en el sonar como una capa continua y no como individuos (Shine, Martin y Marjoram, 1993). El salvelino es el pez más abundante (Shine, Kubecka, Martin y Duncan, 1993) y en el Loch Ness a veces es comido por la trucha marrón (Martin y Shine, 1993), dieta que haría alcanzar a ésta 1 metro de largo.

La densidad media de peces en aguas abiertas es de cerca de 100 peces por hectárea (Kubecka, Duncan y Butterwort, 1992) y su concentración depende de la distribución de sedimentos, que dependen de las corrientes (Shine, Martin, Bennett y Marjoram, 1993).

El Loch Ness no es para nada un ecosistema estancado, y de hecho está siendo alterado por el ser humano (Bennett y Shine, 1993).

A LA CAZA DEL MONSTRUO

En 1933 el periódico “Daily Mail” de Londres envió al cazador de grandes animales Marmaduke Wetherell, en una expedición que sería seguida en las páginas del diario, entre el 18 de diciembre y el 19 de enero. Wetherell encontró pisadas raras en la orilla, pero el Museo de Historia Natural de Londres las declaró fraudulentas (como después lo sería la famosa “foto del cirujano”, también atribuida a aquél). Finalmente, tras semanas de seguir varias pistas y escuchar con hidrófonos, el cazador, la policía y los reporteros descubrieron a una gran foca gris (“Halichoerus grypus”) de visita en el loch.

En julio de 1934, Edward Mountain reclutó a 20 personas para vigilar las aguas, desde el amanecer hasta el atardecer por espacio de un mes. Se sacaron 21 fotografías, la mayoría de las cuales eran de mala calidad, pero 5 fueron lo suficientemente buenas como para intentar ampliarlas. Después de consultar con especialistas, Mountain sugirió que lo que aparecía en ellas sería una gran foca gris. Recién en 1960 apareció una filmación, de Tim Dinsdale, que muestra a un gran objeto móvil dejando una estela.

En 1960 y 1962 Peter Baker llevó a gente de las Universidades de Oxford y Cambridge.

En 1962 Peter Scott y David James establecieron el “Loch Ness Investigation Project”. Al año siguiente registraron 40 avistamientos (tanto por parte de voluntarios del proyecto como de público en general), al siguiente 18 más y en 1965 nueve fenómenos observacionales anómalos más. En el reporte oficial de ese año calcularon que más del 95 % de los casos ocurrían cuando el agua estaba soleada y en calma (condiciones meteorológicas raras en Escocia). En la temporada de 1966 se registraron 29 casos, de los cuales sólo uno incluía un “cuello”. Para 1967 ya tenían unos 150 voluntarios observando el loch, recogiendo 23 avistamientos, pero cerca del 80 % eran de “jorobas” o “disturbios en el agua”. El reporte de 1968 registró 14 avistamientos (descontando toda “joroba” vista cuando pasaba alguna lancha) y se publicó un cálculo de una correlación directa entre el número de avistamientos y la cantidad de salmones que migraban tierra adentro desde el mar, en cada temporada. El salmón ("Salmo salar") es probablemente la especie de pez más importante desde el punto de vista económico en el Loch Ness (Raynor, 2013). El número de cámaras ya era suficiente para cubrir 90% de la superficie del Loch Ness. Ese año aparecieron 32 000 turistas interesados en “el monstruo”.

El profesor Gordon Tucker, de la Universidad de Birmingham, ancló un sonar a un muelle con la intención de detectar a cualquier objeto que circulase por el loch. El 19 de diciembre la revista “New Scientist” publicó lecturas que muestran a un gran objeto subiendo desde el fondo.

Para 1969 el Proyecto de Scott y James se sustentaba con el aporte monetario de 1030 entusiastas en 18 naciones. Hubo 14 avistamientos más (tres de ellos fotografiados). Ese año llegaron al loch dos submarinos, el “Viper-Fish” estadounidense y el “Pisces”, propiedad del fabricante Vickers del Reino Unido. Se detectaron corrientes subacuáticas a gran profundidad y al menos un eco de sonar, pero el arpón para biopsias especialmente preparado no llegó a estar a distancia de tiro. Además, un barco con sonar preparado por Bod Love realizó varios pasajes de punta a punta del loch y llegó a detectar un gran objeto desplazándose en círculo.

El 9 de agosto de 1972 un equipo liderado por Robert Rines detectó con sonar poderosos movimientos bajo el agua. También presentaron una polémica fotografía subacuática de una supuesta aleta.

En 1976 una cierta persona especuló sobre la posibilidad de que haya más de un monstruo.

Para 1980 el dinero comenzó a escasear y se terminaron las vigilias constantes desde las orillas. Sin embargo, los “cazadores” reclamaban que todavía había mucho por hacer.

En 1982 Adrian Shine detectó dos objetos más con el sonar.

Entre 1986 y 1987 se realizaron las mayores búsquedas con sonar, en las cuales diversas embarcaciones “escanearon” el loch por unas 1500 horas, apoyadas por estaciones en las orillas que también hicieron funcionar sus equipos por otras 1000 horas. Según Shine y David Martin, las lecturas sugieren que los “objetos” en realidad son diversas formas de turbulencia, bien normales y nada “monstruosas”. Otros contactos de sonar serían peces, posiblemente incluyendo a algunos de tamaño fuera de lo común. Diferenciales térmicos también jugarían un papel importante.

Rines continuó trabajando en el Loch Ness por muchos años más hasta que en el 2001 realizó una de sus últimas “barridas”, cubriendo 90 % del volumen de agua. Lugares poco accesibles, como cerca de las paredes laterales, fueron explorados por un mini-submarino robot equipado con poderosas luces, pero sin éxito.

Así, el “monstruo del Loch Ness” va camino a compartir lo que el filósofo belga Etienne Vermeersch llama “el efecto Lourdes”: los “milagros” nunca son lo suficientemente espectaculares como para convencer sin tener que recurrir a la fe.

A. L.


FUENTES RECOMENDADAS

Baker, Peter F. y Westwood, M. (1960), "Underwater detective work.", The Scotsman, 12, 13, 14 de setiembre de 1960. 

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Publicado originalmente en ABC Color, el 7 de setiembre de 2008. Fotografía: El Loch Ness con el Castillo Urquhart en primer plano, 7 de mayo de 2005. Crédito de la fotografía: Sam Fentress (licencia original, de la fotografía únicamente, obtenida en: http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/deed.es). Con permiso de Sam Fentress.

 Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.