* La increíble caída de Juliane Koepcke

GENTE QUE CAYÓ DE ALTURAS ENORMES Y SOBREVIVIÓ PARA CONTAR: LA INCREÍBLE CAÍDA DE JULIANE KOEPCKE

* The incredible fall of Juliane Koepcke

En 1971 esta adolescente salió despedida de un avión a más de 3 kilómetros de altura. Cayó sin más protección que una fila de tres asientos a la que estaba sujeta, pero asombrosamente consiguió sobrevivir. Aunque para muchos esto ha sido un milagro, es posible que en realidad hayan actuado (una vez más) las leyes de la Física.

El Lockheed L-188 Electra II de cuatro motores sobrevolaba la selva amazónica peruana cuando entró en una peligrosa tempestad. Los rayos, la turbulencia y las maniobras desesperadas de los pilotos para intentar estabilizar a la gran aeronave fueron demasiado para la estructura, que acabó cediendo y rompiéndose en múltiples pedazos. Al desintegrarse la cola, ahí salió volando Juliane.

Ella recuerda haber sentido el viento en el cuerpo. Luego vio las copas de los árboles, como un mar verde que se acercaba, y se desmayó.

Cuando se despertó, muchas horas después, con ella sólo estaba la fila de tres asientos en donde había estado sentada y abrochada con su cinturón de seguridad. No había nada más, y no conseguía ver adonde había ido a parar el avión. Con mucho esfuerzo se levantó. Tenía rota la clavícula, un corte en el brazo y la rotura de un ligamento de una rodilla. Pero sorprendentemente su condición era lo suficientemente buena como para caminar sin ayuda.

Días después consiguió encontrar el lugar principal de la caída del avión. Allí sólo encontró cuerpos, algunos de ellos estrellados contra el suelo de tal manera que se hundieron varios centímetros en la tierra.

Como las aeronaves de rescate la buscaban sin poder verla por culpa de la tupida vegetación, decidió encontrar ayuda ella sola, sobreviviendo en la selva gracias a sus conocimientos de hija de biólogos que era. Tras 9 días de una maltrecha caminata, finalmente volvió a la civilización.

OTRAS CAÍDAS INCREÍBLES

Historias de personas como Juliane, que sobreviven a caídas desde alturas tan grandes, son rarísimas, pero las hay varias.

El libro Guinness de Records Mundiales registra que la mayor altura que una persona cayó sin morir fueron 10 kilómetros. Es el caso de Vesna Vulovic, una azafata de la aerolínea yugoslava JAT. El 26 de enero de 1972, ella estaba en Copenhague, esperando subir a un Douglas DC-9 para hacer el viaje de regreso a Yugoslavia, cuando vio que uno de los pasajeros que desembarcaba estaba muy nervioso. Vesna subió al avión, y lo siguiente que recuerda es que un mes después estaba en una cama de hospital en Praga, con sus padres junto a ella. Tenía las dos piernas enyesadas, fractura de cráneo y había sufrido hemorragia cerebral. Tres de las vértebras de su columna estaban rotas y era víctima de una parálisis temporal. Había un policía en la puerta, haciendo guardia. Sólo entendió lo que había ocurrido cuando le mostraron los periódicos: aquel hombre en Copenhague era un terrorista, y había dejado cobardemente una bolsa con explosivos dentro del DC-9. Cuando sobrevolaban Checoslovaquia explotó, despedazando al avión.

Una de las primeras personas en llegar a los destrozos, en la ladera de una colina cubierta de nieve, era un hombre que había sido paramédico en las tropas alemanas años atrás. Entre el metal retorcido, encontró a una mujer con el torso y la cabeza fuera de los restos, aunque atrapada desde la cintura para abajo. Increíblemente tenía pulso, y este ex paramédico supo qué hacer. Esa mujer era Vesna.

Una anécdota aún más increíble tal vez sea la que pudo contar Nick Alkemade. Era tripulante de un Avro Lancaster en una época en que los aviones solían explotar en el aire muy a menudo: la Segunda Guerra Mundial. En la noche del 23 de marzo de 1944, el bombardero británico en el que Alkemade era artillero de cola fue atacado por un caza Junkers Ju 88, cerca de Berlín. De pronto, la cúpula de plexiglás transparente donde estaba se desintegró, y todo a su alrededor estaba en llamas… incluyendo su paracaídas. El sargento Alkemade cayó desde una altura de 5 kilómetros y medio. Recordó ver las estrellas entre sus pies, mientras el viento frío le calmaba la piel ampollada. Sintió una extraña paz y se desmayó.

Tiempo después se despertó poco a poco. Se dio cuenta que estaba acostado en una gruesa capa de nieve blanda, en un tupido matorral. Tenía una herida en el muslo y una rodilla torcida. Al mirar hacia arriba, consiguió ver que la luz de la Luna se filtraba con dificultad a través de las múltiples ramas de altos pinos, con las cuales había impactado.

Alkemade fue rescatado por los nazis, pero su increíble caída lo convirtió en uno de los prisioneros más famosos de los campos de concentración.

POSIBLES EXPLICACIONES

Una caída desde una altura de 10 metros ya puede considerase fatal. Es decir, la mayor parte de las personas que caen a alturas mayores que ésta mueren. Cuanto más alto, mayores las probabilidades de morir.

En esos 10 m de altura (unos tres pisos) la fuerza de gravedad tiene tiempo para acelerar el cuerpo hasta cerca de los 14 m/s, o sea, casi 50 km/h. Cayendo desde 100 m de altura se tarda 4,5 segundos para llegar hasta el suelo, tiempo suficiente como para que la fuerza de gravedad de la Tierra consiga aumentar nuestra velocidad hasta los 160 km/h. Una caída libre desde 10 000 m de altura sería, en principio, suficiente como para que la velocidad final llegue hasta los 1600 km/h.

Pero en la práctica ocurre algo interesante. La “caída libre” en verdad no es tan libre. El planeta en que vivimos tiene una atmósfera, que como todo fluido, tiene viscosidad. Esta viscosidad es suficiente como para oponerse al movimiento de un objeto y limitar su velocidad. Así es que gracias a esta resistencia del aire, un ser humano cayendo desde gran altura hacia el suelo tiene dificultades para pasar los 200 km/h.

Muchos hemos visto los domingos por la mañana como pilotos de Fórmula 1 se estrellan a velocidades a veces superiores a los 200 km/h (que son nada menos que 55 metros por segundo) y consiguen salir de los destrozos sin mucha ayuda. El secreto está en la baja desaceleración que sufren: todo a su alrededor está construido para disminuir la velocidad de manera progresiva y evitar el golpe mortal. Es por eso que hay una barrera de neumáticos viejos forrando el muro, paneles acolchados dentro del habitáculo del auto y del propio casco, e inclusive el vehículo mismo está diseñado para aplastarse y destruirse de manera progresiva y así amortiguar el golpe. Lo que sobra del auto de carreras después de un choque así ya no sirve para la competencia siguiente, pero lo más importante, el piloto, tiene la posibilidad de sobrevivir para otro domingo.

Inclusive un auto normal en la calle puede proteger a sus pasajeros hasta unos 50 km/h.

En los accidentes aéreos descritos más arriba, a pesar de que cayeron desde tres alturas diferentes, ninguno sobrepasó los 200 km/h. Es más, cualquier caída desde más de 600 metros de altura tiende a estabilizarse a esta velocidad. O sea que todos cayeron como si hubiesen caído sólo desde los últimos 600 m; el resto del camino encima no importa.

Claro que estos 55 m/s residuales hay que eliminarlos de alguna forma. En el caso de Juliane, parece ser que la fila de tres asientos a la que el cinturón de seguridad le mantuvo unida actuó como un paracaídas, especialmente si tenemos en cuenta que una adolescente de sexo femenino suele tener poca masa. Ráfagas de viento ascendentes, debido a la tormenta, pueden haber influido todavía más para que la velocidad de caída hubiese sido mucho menor que 200 km/h. En el último instante, los dos asientos exteriores (con Juliana colgando de cabeza entre ambos) pueden haberse enganchado entre las ramas en rápida sucesión, antes de tocar el suelo.

En el caso de la azafata Vesna, el hecho de haber caído dentro de un pedazo de fuselaje puede haber tenido dos efectos: primero hay que analizar lo que en aerodinámica se llama coeficiente balístico, que explica como un objeto grande y pesado puede caer por el aire de manera relativamente lenta si es que es poco denso, por ejemplo, si es hueco. Segundo, en el choque el fuselaje puede haber actuado, de alguna manera, como el auto de Fórmula 1, amortiguando el golpe al aplastarse. Y la ladera de la colina, inclinada y cubierta de nieve, seguramente actuó de manera similar a una barrera de neumáticos, frenando al fuselaje progresivamente.

El caso del sargento Alkemade parece más difícil de explicar. Pero surge una posible solución del problema al recordar que durante los primeros años de la Era Espacial se demostró que el cuerpo humano puede soportar una aceleración o desaceleración de unos 20 g (20 veces la aceleración de la gravedad terrestre) sin lesiones graves. Desacelerar con fuerza de 20 g desde los 55 metros por segundo hasta llegar a velocidad cero, significa parar en un espacio de sólo 8 metros. Coincidentemente, esta es la altura que puede tener un grupo de pinos lleno de ramas flexibles.

Pero no nos engañemos: estos casos son realmente especiales. Aunque como dijo Vesna, no hay que llamarlos suerte. Suerte sería no haberse caído, para comenzar.

A. L.

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Publicado originalmente en ABC Color, el 18 de junio de 2007. Fotografía: Este Lockheed L-188C Electra II de la Atlantic Airlines (matrícula G-FIZU), saliendo del Aeropuerto Internacional de Glasgow en Prestwick (Reino Unido) el 8 de mayo de 2008, es similar al avión del cual cayó Juliane. Crédito de la fotografía: Andy Mitchell (licencia original, de la fotografía únicamente, obtenida en: http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/deed.es). Con permiso de Andy Mitchell.


 Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.