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* La Luna es un lugar

Charlie Duke parado lado cráter impacto, misión Apollo 16. Al fondo automóvil lunar, antena apuntando Tierra. Manchas brillantes reflejos Sol cielo permanentemente negro. Duke rodillas manos sucias recoger muestras terreno. Fotografía John Young / NASA.

MUCHO MÁS QUE UN SIMPLE SATÉLITE NATURAL: LA LUNA ES UN LUGAR

* The Moon is a place

“Platón había definido al ser humano como un animal, bípedo y sin plumas, y fue aplaudido. Diógenes [de Sinope, el Cínico] desplumó a un ave de corral y lo trajo al salón de conferencias con las palabras, 'aquí está el ser humano de Platón'.” Esta anécdota, contada por Diógenes Laercio en “Vida y opiniones de eminentes filósofos”, ca. s. III C.E., debería servir para alertarnos de que decir simplemente que la Luna es un satélite natural de la Tierra está lejos de ser toda la verdad. 

Para la Unión Astronómica Internacional (IAU), el “bípedus implumis” arrojado por el Cínico es Charon (también conocida como Carón o Caronte), luna del lejano Plutón. En el año 2006, en medio de una creciente polémica sobre que Plutón había sido erróneamente clasificado como planeta a la fecha de su descubrimiento, en 1930 (véase mi artículo “¿Cómo que Plutón no es más planeta?”), la XXVI Asamblea General de la IAU aprobó la Resolución B5, donde por primera vez en su historia se pronunció sobre lo que deberíamos llamar planeta: “La IAU por tanto resuelve que los planetas y otros cuerpos, excepto satélites, en nuestro Sistema Solar sean definidos en tres categorías distintas...” y ahí se le sacó a Plutón de la categoría de planeta. La lectora o lector atentos habrán notado que dice “excepto satélites”. En el sitio en Internet de la IAU se dan pistas del por qué: “Por ahora, Charon es considerado simplemente como siendo un satélite de Plutón”, pero un cambio de clasificación “puede ser considerado más adelante” porque “en realidad, no ha habido un reconocimiento oficial de que la localización del baricentro [el punto alrededor del cual anda en su translación] esté involucrada en la definición de satélite.” Charon no anda alrededor de Plutón, sino que alrededor de un punto en el espacio entre ambos, como ocurre en las boleadoras de Patoruzú. Para colmo, comparte el extraño sistema de Plutón con Hydra (Hidra), Nix (ó Nox, ó Noche) y los recientemente descubiertos Kerberos (ó Cerbero, ó Cancerbero), y Styx (Estigia), cuatro trozos probablemente irregulares de materia de apenas 100 km, los dos primeros; aún menor con unos 13 a 35 km el tercero; y el cuarto que con sus 10 a 25 km únicamente Antoine de Saint-Exupéry, el mágico escritor de “El Principito”, hubiera tenido autoridad moral suficiente como para llamarlo planeta. O sea, Hydra, Nix, Kerberos y Styx serían satélites pero Charon, con sus cerca de 1200 km y su forma redondeada (“en equilibrio hidrostático”, según la definición de planeta de la IAU) no sería satélite, pero tampoco puede ser planeta porque ni siquiera Plutón, aun teniendo éste casi nueve veces más masa, consigue ser considerado un planeta, etc. Como vemos, el intento de clasificar a Charon acaba haciéndose bastante confuso.

EL PROBLEMA CON LAS DEFINICIONES

Y ese es el problema con las definiciones: siempre dejan algo afuera. Es que el Universo es como es, y no como nos gustaría que sea. El gran filósofo Platón hubiera hecho mucho mejor si en vez de intentar definir lo que es un ser humano, se hubiera contentado simplemente con describirlo. 

El prestigio de Platón, y de portentosos seguidores suyos como Aristóteles y Tomás de Aquino, hizo que los “por qués” y los “para qués” siguieran siendo la preocupación dominante en la Filosofía Natural hasta pasada la Edad Media, cuando finalmente la Revolución Científica, iniciada por Galileo Galilei, preanunciada por Copérnico y completada por Kepler y Newton, los desplazó por los menos pretenciosos “cómos”. 

LA LUNA COMO LA VIO GALILEO GALILEI

Para entender mejor esta Revolución Científica, permítanme citar a Alberto Maiztegui y Jorge Sabato, “Introducción a la Física”, 1951: “Galileo inauguró una nueva era en la Ciencia, al poner como juez supremo la observación y la experiencia. Los griegos fueron grandes matemáticos y filósofos, pero no descollaron en la Física, justamente porque la Física es una ciencia basada en la observación y la experiencia. Los griegos eran excelentes razonadores, y creían que 'todo' podía ser resuelto pensando y discutiendo. Galileo, en cambio, admitía la importancia del razonamiento, pero dejaba que la experiencia diera el veredicto. Con él se inicia la época de la Ciencia moderna” (Tomado de: ©Introducción a la Física, de Maiztegui y Sábato, Ed. Kapelusz, Buenos Aires, 1951. Con permiso).

Hace exactamente 400 años, en 1610, Galileo Galilei publicó su libro “Sidereus Nuncius” (“Mensajero estelar”, traducido del neolatín), en el que describió sus observaciones hechas con el recientemente inventado telescopio. Con ayuda del mismo, descubrió los cráteres de la Luna, y que ésta también tiene montañas y valles, cordilleras y planicies muy similares a las de la Tierra: “...así que si alguien desea revivir la vieja opinión de los Pitagóricos, de que la Luna es otra Tierra, por así decirlo, la porción brillante muy bien puede representar la superficie de la tierra [seca], y la oscura la amplitud de agua. De hecho, yo nunca he dudado de que si la esfera de la Tierra es vista desde una distancia, cuando inundada con los rayos del Sol, esa parte de la superficie que es tierra [seca] se presentaría a sí misma a la vista más brillante, y esa que es agua como más oscura en comparación.”

Luego de más de dos décadas de observaciones astronómicas adicionales, Galileo Galilei publicó en 1632 su obra cumbre: “Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo” (“Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo”), libro que acabó haciéndole aterrizar al gran científico directamente frente a los infames instrumentos de tortura de la Inquisición. La Iglesia Católica Romana tenía una muy buena idea de lo que deberían ser la Luna y los cielos: esferas perfectas, perpetuas e inmutables. Pero Galileo la desafió y la trató poco menos que de arrogante por definir a la Luna como ajena a la Tierra, escribiendo: “Usted dice que las alteraciones que pueden ser vistas cerca a mano en la Tierra [en Italia] no pueden ser vistas en América por causa de la gran distancia. Bien, mucho menos pueden ser vistas en la luna, que está muchas centenas de veces más distante. Y si usted cree en alteraciones en México sobre la base de noticias desde allá, ¿qué reportes usted tiene desde la luna para convencerlo de que no hay alteraciones allá?”

A efectos finales, la Iglesia Católica Romana le obligó, por la fuerza, a negar que asuntos y fenómenos terrenales y mundanos, tan llenos éstos de caos y corrupción, podrían tal vez suceder en la Luna y más allá (y viceversa), como había planteado Galileo al escribir, entre otras cosas:“Yo no sé ni yo supongo que las hierbas o plantas o animales similares a los nuestros están propagados sobre la luna, o que lluvias y vientos y tormentas ocurren allá como sobre la Tierra; mucho menos que está habitada por hombres. Empero yo todavía no veo que necesariamente sigue que desde que cosas similares a las nuestras no son generadas allá, ninguna alteración tiene lugar, o que no puede haber cosas allá que sí cambian o que son generadas o se disuelven;” 

LA LUNA COMO LA VIO JULES VERNE

Las obras de Jules Verne, el segundo autor más traducido de la Historia, son notables por su exactitud científica. Si bien no llegó a superar en estética literaria a H. G. Wells, Verne fue todo un Arthur C. Clarke del siglo XIX, fantaseando pero sin salirse de la Ciencia conocida; actuó casi como un ingeniero de un proyecto a muy largo plazo. Es explicable entonces que su novela “De la Terre à la Lune” (“De la Tierra a la Luna”), publicada en 1865, tenga asombroso parecido con las reales misiones Apollo, de más de un siglo después. 

Verne no previó las potenciales objeciones a la anexión territorial de la Luna por parte de los Estados Unidos de América que una futura Unión Soviética pudiera llegar a haber levantado. Esta posibilidad fue cortada por la ONU con el Tratado del Espacio Exterior de 1967, que prohíbe dichas anexiones espaciales. Sin embargo, Verne la contempló al escribir: “No hay ninguno de ustedes, bravos colegas, que no haya visto a la Luna, o, al menos, escuchado hablar de ella. No se sorprendan si yo venga a entretenerles aquí en relación al astro de las noches. Nos está posiblemente reservado ser los Colón de este mundo desconocido. Compréndanme, secúndenme con todo su poder, yo les guiaré a su conquista, y el nombre de ella se unirá a aquellos de los treinta y seis Estados que forman este gran país de la Unión.”

Si bien Verne no imaginó una Carrera Espacial, él vislumbró el concepto que los estadounidenses tendrían de la Luna al proyectar embarcarse en tal viaje, contraponiéndolo con los conceptos de varios grupos de supersticiosos: “Resta en último lugar la clase supersticiosa de los ignorantes. Estos no se contentaban con ignorar, ellos sabían aquello que no es, y a propósito de la Luna ellos sabían desde hace tiempo. Los unos consideraban su disco como un espejo pulido por medio del cual podía verse desde diversos puntos de la Tierra y comunicarse sus pensamientos. Los otros pretendían que de cada mil lunas nuevas observadas, novecientas y cincuenta venían acompañadas de cambios notables, tales como cataclismos, revoluciones, temblores de tierra, diluvios, etc.; ellos creían en una influencia misteriosa del astro de las noches sobre los destinos humanos; ellos lo consideraban como el 'verdadero contrapesos' de la existencia; ellos pensaban que cada Selenita está unido a cada habitante de la Tierra por un lazo de simpatía; con el Dr. Mead, ellos sostenían que el sistema vital mismo es enteramente sumiso, afirmando sin inmutarse, que los varones nacen sobre todo bajo la luna nueva, y que las niñas bajo el cuarto menguante, etc. Pero en fin él tuvo que renunciar a esos vulgares errores, volver a la sola verdad, y si la Luna, despojada de su influencia, perdía todos los poderes en el espíritu de ciertos cortesanos, si algunos de ellos se daban la vuelta, la inmensa mayoría se pronunciaba por ella. En cuanto a los Yankees, ellos no tenían otra ambición que la de tomar posesión de este nuevo continente de los aires y enarbolar en su más alta cima la bandera estrellada de los Estados Unidos de América.” 

LA LUNA COMO LA VIERON LOS ASTRONAUTAS DE LAS APOLLO

En el siglo XX llegaron por radio desde el selenita Mar de la Tranquilidad los primeros reportes de aquellas tierras extrañas (transcriptas en el “Apollo Lunar Surface Journal”, disponible en http://www.hq.nasa.gov/alsj):

- Buzz Aldrin: “¡Hermosa vista!”

- Neil Armstrong: “¡¿No te parece grandiosa?! Magnífica vista aquí afuera.”

- Buzz Aldrin: “Magnífica desolación.” [Larga Pausa. Todavía agarrado a la escalerilla con las dos manos, Buzz Aldrin salta de espaldas a la superficie.]

El hecho de que el “Homo sapiens” comenzó a transfigurarse en una especie multiplanetaria quedó patente cuando un periodista de la revista “Popular Science” (julio de 1999, p.69) incautamente le preguntó al último hombre en caminar allá, Gene Cernan, si la Luna tendrá seres humanos viviendo allá en algún momento del futuro. La respuesta de Cernan fue que él mismo ya había hecho eso por casi tres días.

LA LUNA SIEMPRE HA SIDO UN LUGAR

Con el permiso de ustedes, me gustaría resumir este ensayo tomando prestada la pluma del poeta Rabo Serpsé, como me la llegó a través de “The Moon is a place”, Spork Press, Otoño de 2001 (agradecimientos especiales a Drew Burk por intermediar en esta gentileza):

“La luna es un lugar, es un lugar, un lugar donde hombres han estado, dejado sus torpes pisadas y una bandera solitaria que al comienzo se rehusaba a quedar en pie. Yo me olvido de esto a veces. Me he preguntado si ellos todavía ven a la luna como un lugar, no como un pomelo, no como la uña de un pulgar, no como una luz prendida para amantes o asesinos. ¿Ven ellos el rostro de un viejo, el rostro de una mujer hermosa maquillada con lápiz labial azul, o es meramente terreno ahora? ¿Se olvidaron tan pronto regresaron? Es simplemente la luna otra vez, es simplemente la luna.”

[…]“Me olvido de que la luna es un lugar, que siempre ha sido y hubiera sido inclusive si nadie hubiera ido jamás allá.”

Aldo Loup.

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Fotografía: Charlie Duke parado en la Luna al lado de un cráter de impacto, durante la misión Apollo 16. Al fondo se ve el automóvil lunar, con su antena apuntando hacia la Tierra. Las manchas brillantes son reflejos del Sol en este cielo permanentemente negro. Nótese que Duke tiene las rodillas y las manos totalmente sucias de tanto recoger muestras de terreno. Crédito: fotografía tomada por John Young / NASA.

 Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Félix de Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las fronteras del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la historia de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. De todas maneras, el lenguaje y las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.