* Los mayas y sus tres calendarios




NÚMEROS MAYAS, EL SOL, VENUS Y EL "FIN DE LOS DÍAS" EN EL AÑO 2012: LOS MAYAS Y SUS TRES CALENDARIOS

* The Maya and their three calendars

Los mayas fueron sin duda la civilización más avanzada que existía en las Américas antes de la llegada de los españoles. Entre sus tecnologías más interesantes estaban su agricultura, sus pirámides y, desde luego, sus sistemas de calendarios.

En realidad, los mayas usaban tres maneras de contabilizar el paso de los días: había un calendario civil, un calendario religioso y un calendario milenar. El primero de ellos era algo parecido a nuestro calendario, pero los otros dos eran bastante diferentes. Estos calendarios luego fueron usados por otras culturas de Centroamérica, y probablemente los propios mayas los habrían heredado de culturas anteriores.

Antes de continuar, quiero aclarar que voy a intentar evitar en lo posible los diferentes nombres mayas y las definiciones que ellos tenían para cada periodo de tiempo. Prefiero dejar esto a los especialistas en lingüística y concentrarme en el mecanismo en sí de los calendarios mayas. Así, términos como “semana maya”, “decena maya”, “siglo maya” no son necesariamente definiciones que un ciudadano maya usaba, de la misma manera que cuando los españoles llegaron y le pidieron a unos mayas eruditos que hagan una traducción del “alfabeto” maya al alfabeto europeo, los nativos tampoco entendieron bien a que se referían los extranjeros, porque sus jeroglíficos eran ideogramas y no letras. Pero creo que el hecho de tomarme la libertad de buscar un equivalente en nuestra cultura puede ayudarnos a entender mejor estos sistemas de calendarios que son bastante diferentes a los que estamos acostumbrados.

EL CALENDARIO CIVIL

El calendario civil era básicamente un calendario que marcaba las estaciones del año. Como estas dependen de la posición del Sol, había que mirar hacia el cielo.

Como tantas otras culturas alrededor del mundo, los mayas llegaron a la conclusión de que las estaciones se repiten en un periodo de aproximadamente 365 días. También usaron “meses” para dividir este año, pero a diferencia de nuestros meses que inicialmente intentaban contar las apariciones de la Luna, sus “meses” contaban la cantidad de números de su base matemática.

Nuestro sistema matemático se basa en contar hasta 10, probablemente porque tenemos 10 dedos en nuestras manos. Cada 10 unidades pasamos a un nivel superior, la decena. Cada 10 decenas pasamos a otro nivel, la centena. Cada 10 centenas vamos al nivel de los miles. Y así sucesivamente.

Pero los mayas contaban no sólo con los dedos de las manos, sino que aparentemente también con los dedos de los pies. O sea, contaban hasta 20. Así, sólo después de cada 20 unidades pasaban a un nivel superior, que sería algo así como “la decena maya”. Cada 20 “decenas mayas” pasaban a otro nivel, lo que llamaríamos “la centena maya”. Cada 20 “centenas mayas” iban al nivel de los “miles mayas”. Y así sucesivamente.

Así, el “mes” del calendario civil maya se llenaba con 20 días. Seguidamente, si continuamos con esta lógica el año civil podría llenarse con 20 “meses” de 20 días, dando 400 días, pero infelizmente necesitaban algo práctico: un año de 365 días. La solución fue quedarse con apenas 18 “meses” mayas, lo que suma un año de 360 días. Este valor se corregía todos los años agregándole un grupo de 5 días, dando así 365.

EL CALENDARIO RELIGIOSO

El calendario religioso era totalmente diferente al calendario civil. Se usaba para los rituales y para hacer horóscopos y “predecir” el futuro. Sorprendentemente no tenía meses que debían llenarse con días, sino que usaba dos series paralelas de periodos semejantes a “semanas”. Así, un tipo de “semana” tenía 13 días y el otro tipo de “semana” era una serie de 20 días. Lo más extraño es que ambas series corrían no de manera intercalada sino que simultáneamente, como si se tratase de dos calendarios paralelos. Entonces, para decir una fecha en el calendario religioso los mayas no decían “hoy es el día tal del mes tal”, sino que invocaban a ambas series paralelas al mismo tiempo y decían algo así como “hoy la semana de 13 días marca el día tal y la semana de 20 días marca el día tal”. Este sistema tenía sentido porque como una “semana” tenía 20 días y la otra sólo 13, se desfasaban rápidamente y marcaban fechas distintas durante bastante tiempo. A los 260 días se sincronizaban nuevamente y el ciclo recomenzaba. Esto sería el año religioso maya.

Aparentemente el número 260 ayudaba a sincronizarlo con las apariciones del planeta Venus o hasta con eclipses. Si hay o no alguna relación astronómica no sabemos, en parte debido a que en 1562 el sacerdote franciscano Diego de Landa, obispo de Yucatán, juntó y quemó una formidable colección de textos mayas, en una bárbara demostración de intolerancia hacia quienes piensan diferente. Hoy sólo sobreviven 3 (tres) libros mayas.

MARCANDO LOS AÑOS

Un problema era que tanto el calendario civil cuanto el calendario religioso mayas no contabilizaban los años. A nadie se le ocurrió colocar un “año cero” para el inicio de estos calendarios. Rodaban continuamente pero nadie sabía qué año era.

Pero, una vez más, como ambos calendarios corrían en paralelo, era posible hablar de una fecha específica invocando a los dos al mismo tiempo. Así, se podía decir algo así como “yo nací en el día en que el calendario civil marcaba tal fecha y el calendario religioso marcaba tal fecha”. Este sistema tenía sentido porque como un calendario tenía 365 días y el otro 260 días, se desfasaban rápidamente y marcaban fechas distintas durante los 52 años siguientes. A los 52 años se sincronizaban nuevamente y el ciclo recomenzaba, con el inconveniente de que aparecerían fechas de nacimiento repetidas. Pero no había drama porque de cualquier manera la expectativa de vida del ciudadano maya promedio no solía llegar hasta los 52 años de edad.

EL CALENDARIO MILENAR

Desde luego, los líderes que mandaron construir los gigantescos monumentos mayas tenían otras necesidades: sus hazañas debían ser recordadas por las generaciones venideras. Entonces se ideó un “calendario milenar”, conocido como Cuenta Larga.

Había que buscarle un “año cero”, y como en tantas otras culturas alrededor del mundo, aparentemente se decidió que éste debía estar en un muy presuntuoso punto del tiempo descrito como nada más y nada menos que el comienzo del mundo. Esto ocurrió, según los mayas calculaban (no sabemos cómo), allá por el año 3114 antes de Jesús.

Sorprendentemente, utilizaban un sistema de contabilización muy parecido al que hoy existe en naves espaciales. Aunque parece que fue al revés y son los ingenieros de hoy los que decidieron no complicarse la vida: simplemente programan a las computadoras para que sumen los días uno después del otro. Así hacían los mayas, sólo que no usaban el código binario ni nuestro sistema de base 10, sino que su sistema de base 20.

En este sistema la “creación del mundo” ocurrió en fecha 00.00.00.00.00. Los días se sumaban comenzando por la casilla de la derecha y al llegar a 20 se saltaba a la siguiente casilla; siempre hacia la izquierda. Aquí los mayas se tomaron dos libertades: la segunda casilla no llegaba hasta 20 sino que hasta 18, lo que recuerda al segundo periodo civil maya (el que nosotros llamaríamos “mes”); y los “siglos mayas” tampoco llegan a 20 sino que hasta 13 (número aparentemente sagrado; recordemos la “semana” de 13 días). Por lo demás, este calendario cuenta los días de manera muy parecida a como lo hace el odómetro que cuenta el kilometraje de un automóvil. La última fecha que cabe en este “odómetro del tiempo” es de 12.19.19.17.19 días (en números mayas) desde la “creación del mundo”. Después de esta fecha, si avanzamos 1 día más todas las casillas vuelven a cero, como en el cuentakilómetros de un automóvil añejo; (aunque los investigadores más puristas usan 13 en vez de cero en la casilla de la izquierda).

Y un dato para la anécdota: este “fin de los días” maya iba a caer aparentemente el 21 de diciembre del 2012. Así que a nadie sorprenda que los apocalípticos de siempre ya estaban otra vez lucrando con el tema. ¡Salud!

A. L. 

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Publicado originalmente en ABC Color, el 1 de abril de 2007. Ilustración: Copia a mano alzada de una inscripción maya labrada en la cara inferior del dintel sobre la puerta del "Templo de la Serie Inicial" (estructura 5C4), en Chichén Itzá, uno de los más grandes centros precolombinos de la península de Yucatán. Esta es la única inscripción de ese importante sitio arqueológico que contiene una fecha en Cuenta Larga. En jeroglífico maya una concha significa "cero", cada punto representa a 1 unidad y cada barra equivale a 5 unidades. Portanto aquí en la segunda fila, primera columna de la ilustración, hay un "10", en la segunda columna hay un "2", en la tercera fila, primera columna, hay un "9", en la segunda columna hay un "1" y en la cuarta fila, primera columna, hay un estilizado "9" dentro de una cabeza, menos claro. Siguen signos del calendario religioso: se puede ver un perfecto "9" en la cuarta fila, segunda columna, y hay un "7" en la quinta fila, primera columna, ambas fechas de las "semanas" paralelas mencionadas en el artículo. La fecha del calendario milenar es pues "10.2.9.1.9". Esta fecha maya equivaldría al 30 de julio del 878 C.E. de nuestro calendario gregoriano, bien dentro del período Clásico de aquella notable civilización. Crédito: Sylvanus Morley, "Introducción al estudio de los jeroglíficos mayas", Bulletin No. 57 del Bureau of American Ethnology, Smithsonian Institution, U. S. Government Printing Office, Washington, D.C, 1915, página 197, figura 75 B, y texto de la página 199. Cortesía de la Biodiversity Heritage Library, http://www.biodiversitylibrary.org, hecha posible por una contribución de las Smithsonian Institution Libraries. Con permiso de Biodiversity Heritage Library.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. En todos los casos, las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.