* Mensajes para el futuro

Desde la antigüedad reyes han mandado enterrar al pie de templos y otros monumentos tablillas de arcilla relatando sus hazañas, para la posteridad. Pero en las tres últimas generaciones, con el concepto de “cápsulas del tiempo”, esta técnica avanzó de manera espectacular, hasta que al comenzar el siglo XXI adquirió facetas de ciencia ficción. Que todo esto tenga valor científico o sea apenas folklore sólo el tiempo lo dirá.

En el antiguo Egipto, los faraones creían que al fallecer realizarían un gran viaje hasta un país de los muertos, donde vivirían eternamente. Era una creencia literal, por lo que eran enterrados con enseres domésticos, muebles, joyas, armas e inclusive comida. Las tumbas más famosas son las grandes pirámides de Giza, que ya resistieron por 4500 años, pero que sin embargo no pudieron ahuyentar a ladrones de su propio tiempo.

Por este y otros motivos, los súbditos del faraón Tutankhamun decidieron instalar la morada del cuerpo no en un lugar visible, como son las pirámides, sino en una bóveda secreta bajo tierra. Miles de años después, en 1922, el incansable egiptólogo Howard Carter la encontró, casi intacta, y con ella una enorme cantidad de utensilios domésticos y oficiales del faraón, incluyendo toneladas de objetos de oro.

Aparte de lo fabuloso del tesoro, que hizo volar la imaginación popular, el gran aporte a la Ciencia de Carter, e involuntariamente del propio Tutankhamun, fue que los objetos, increíblemente preservados bajo las secas arenas del Sahara, proveyeron una instantánea de la vida cotidiana de los egipcios antiguos, lo que transportó a las personas del siglo XX miles de años en el pasado, o visto de otra manera, hizo viajar a Tutankhamun y su cultura miles de años en el futuro.

En todo ese tiempo también persistió la costumbre de enterrar objetos alusivos a una época en ceremonias de colocación de cimientos de edificios importantes. Por ejemplo, el edificio del Congreso de los Estados Unidos esconde entre sus ladrillos un cofre especial con objetos y documentos. Y en Asunción, varios años atrás, albañiles que reformaban una plaza céntrica encontraron una cajita de la época de la Independencia del Paraguay; dentro había diversos objetos conmemorativos.

Pero la idea de dejar objetos para la posteridad evolucionó notablemente en 1936. El Dr. Thornwell Jacobs, un profesor de la Universidad Oglethorpe, de Atlanta, Estados Unidos, en su busca por entender el modo de vida de antiguas civilizaciones, se dio cuenta, muy frustrado, que hallazgos tan espectaculares como la tumba de Tutamkhamun eran muy raros. De hecho, si no fuera por la peculiar religión egipcia, esos objetos nunca habrían sido preservados en primer lugar. Decidió entonces hacer un acto de caridad con los arqueólogos del futuro: construir una versión del siglo XX de una tumba faraónica. Con ella podrían saber más de nuestro mundo y estilo de vida.

Se preparó entonces una sala de concreto, capaz de resistir terremotos, debajo de un edificio de la universidad y se la llenó de libros en microfilm, películas, ropas, radios, cajas registradoras, juguetes, tazas de té, cubiertos, botellas, cuadros, teléfonos, semillas, instrumental médico, diarios, repuestos de automóviles, etc., todo lo que pudiera dar a los habitantes del futuro una idea quiénes eran y cómo vivían los habitantes de la primera mitad del siglo XX. Se la llamó la “Cripta de la Civilización” y el 28 de mayo de 1940 finalmente le soldaron la pesada puerta de acero inoxidable. Fue ideada en lo que podría haber sido el año 6177 del calendario egipcio y las instrucciones dicen que no debe abrirse antes de que pasen otros 6177 años, o sea en el año 8113 C. E.

Por esa época G. Edward Pendray, un científico de la Westinghouse, en cuanto se hacían los preparativos para la feria mundial de Nueva York de 1939, escuchó hablar de la Cripta de la Civilización. Pensó que algo así sería una buena atracción para el stand de la empresa en la expo. Ideó una pequeña cápsula, usando un material especial recientemente desarrollado, capaz de resistir la corrosión por 5000 años. Con ayuda de destacados especialistas se hizo una selección muy rigurosa de una multitud de objetos pequeños. La “Capsula del Tiempo de la Westinghouse” consiste en un tubo de vidrio sellado al nitrógeno puro (en vez de aire) envuelto por una carcasa de 2,3 m de largo y 21 cm de diámetro de la aleación de cobre, cromo y plata. Se la enterró el 23 de septiembre de 1938, a 15 m de profundidad. Para que no se olvide su existencia se editó un libro especial detallando su historia, intención, contenido y localización exacta. Titulado “Book of Record”, libro de registro, fue distribuido a bibliotecas del mundo entero con la esperanza de que sea copiado y traducido sucesivamente, hasta que al menos un ejemplar llegue al año 6939, alguien lo lea y finalmente desentierre el regalo.

El concepto se popularizó y la expresión cápsula del tiempo se hizo común. Imitadores surgieron por todas partes, hasta el punto que hay empresas que venden contenedores especiales para conservar objetos personales o familiares, para gente que está interesada en contactar con sus descendientes, sea dentro de 50 años, 100 años o 500 años. Muchas cápsulas deben abrirse en fechas próximas, por ejemplo, Boys Scouts y niños de preescolar las utilizan para “hablarse” a ellos mismos una vez que lleguen a adultos. Otras se instalan con la esperanza de que duren el mayor tiempo posible.

El proyecto de cápsula del tiempo de mayor duración es la KEO, que pretende enviar mensajes para gente de dentro de nada menos que 50 000 años. Es única también en otros sentidos: el artista francés que la concibió quiere que los mensajes sean no sólo de un grupo sino que de todos los habitantes de la Tierra: más de 7000 millones de personas. Para eso ha habilitado una dirección de correo y un site en la Internet donde se pueden enviar las cartas. Consiguió el apoyo de la UNESCO y otras entidades internacionales y espera llegar inclusive a niños pequeños y otras personas que no saben escribir.

Otro aspecto novedoso es que no será enterrada, sino que colocada a 1400 km de altura, en órbita alrededor de la Tierra. A esa altitud las pocas moléculas de aire la frenarán lo suficiente, durante millones de revoluciones, como para que la órbita decaiga y llegue otra vez a la superficie en el tiempo calculado. La cápsula sería una esfera de 80 cm, con sucesivas capas protectoras: aluminio para evitar corrosión; titanio y tungsteno contra micrometeoritos, basura espacial, y rayos cósmicos; cerámica contra el calor de reentrada y esponja metálica para amortiguar el choque contra el suelo.

La carga útil será un globo terráqueo de metal, capaz de flotar en el agua, con los “tesoros” dentro: fotografías de personas de todas las etnias del mundo; DVDs de vidrio resistentes a radiación con una enciclopedia sobre el mundo actual; un diamante con incrustaciones de muestras de aire, tierra, agua y sangre, con un diagrama del ADN; un calendario sideral; y los mensajes escritos por el público.

El proyecto talvez sea demasiado ambicioso y acaso un poco improvisado. Todavía no consiguieron explicar con claridad quiénes ni cómo van a escribir la enciclopedia. La recolección de cartas está muy lejos del objetivo y el plan de publicarlas luego del lanzamiento rompe la confidencialidad de la correspondencia, mismo borrando nombres. Y la manera de financiar el proyecto (sin utilizar dinero, sólo donaciones en tiempo y en especie) no ha podido superar el costo de varios millones de dólares necesarios para construir y lanzar semejante artefacto. No sorprende entonces que el lanzamiento que había sido anunciado primero para 2001, pasó luego para 2003, después los organizadores hablaron de en 2007 ó en 2008, más tarde dijeron que la fecha probable de lanzamiento de KEO sería en el año 2012, y ahora dicen que tal vez en 2017.

De cualquier manera, lo interesante de este proyecto es que 50 000 años ya es tiempo geológico. La historia conocida tiene unos 5000 años y el ser humano civilizado unos 10 000 años; hace 50 000 años no había nativos en las Américas y nuestros ancestros vivían en cavernas; el Homo sapiens como especie tiene unos 100 000 años. Para cuando la capsula caiga a la Tierra, en el año 52 000 C. E., existe la posibilidad de que las mutaciones genéticas nos hayan transformado en un animal diferente del que somos hoy. De hecho, con toda seguridad, las razas y etnias de las fotografías embarcadas ya no existirán más. Buscar algo que decirles a esos descendientes tan distantes es tan fantástico como imaginar cavernícolas intentado conversar con nosotros.

A. L.

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Basado en una charla dada en la USP, el 26 de mayo de 2001. Publicado originalmente en ABC Color, el 7 de mayo de 2006. Fotografía: Trabajadores inspeccionan la envoltura, hecha con la aleación especial Cupaloy, para el exterior de la Cápsula del Tiempo de la Westinghouse, en la fábrica de esta empresa en East Pittsburgh, PA, en o alrededor de julio de 1938. Deberá resguardar una colección de documentos y otros objetos del siglo XX, seleccionados cuidadosamente, nada menos que por 5000 años. Un mensaje para el futuro está próximo a comenzar su épico viaje. Crédito: Westinghouse Electric & Manufacturing Company, New York. Reproducida con permiso de Westinghouse Electric Corporation, Pittsburgh, PA, incorporada en el Estado de Delaware y una subsidiaria de CBS Corporation, como licenciadora de la marca. Agradecimientos especiales a Dorothy Alke y Marie Podvorec por esta cortesía.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. En todos los casos, las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.