* Tunguska: el meteoro del siglo

EL CASO ÚNICO DE DEVASTACIÓN CÓSMICA EN TIEMPOS MODERNOS: TUNGUSKA: EL METEORO DEL SIGLO

* Tunguska: meteor of the century

Hace un poco más de 100 años, el día 1º de julio de 1908, Katharine Stephen, de Godmanchester, Huntingdon, Gran Bretaña, envió la siguiente carta al diario “The Times”, de Londres: “Estaría interesada en saber si otros de sus lectores observaron la extraña luz en el cielo que fue vista aquí por mi hermana y yo.”

Sigue la carta: “No sé cuándo apareció por primera vez; nosotras la vimos entre las 12 en punto (medianoche) y las 12:15 A.M. Estaba en el noreste y era del color de una brillante llama como la luz del amanecer o el atardecer. El cielo, por alguna distancia por encima de la luz, la cual parecía estar en el horizonte, estaba azul como durante el día, con bandas de ligeras nubes de color rosado flotando a través del mismo a intervalos. Sólo las estrellas más brillantes podían ser vistas, en la parte del cielo que sea, a pesar de que era una noche casi sin nubes. Dentro de la casa era posible leer textos de letras grandes, y se podían distinguir muy bien las manecillas del reloj en mi dormitorio. Una hora después, cerca de las 1:30 A.M., la habitación estaba muy iluminada, como si hubiera sido de día; la luz en el cielo estaba en ese momento muy dispersa y era de un color amarillo pálido.”

Pasaron los años sin embargo y este evento, nunca antes visto, fue cayendo en el olvido.

En 1921, en el Museo de Mineralogía de San Petesburgo, Rusia, el naturalista Leonid Kulik fue nombrado jefe de la Sección de Meteoritos. Una de sus primeras tareas fue la de investigar meteoritos que hayan caído en la Unión Soviética. Es así que comenzaron a pasar por sus manos periódicos viejos de la distante Siberia. Muchos, de 1908 contenían la intrigante noticia de que algo de escala definitivamente mayor había sucedido en esa región de su enorme país. Por ejemplo, un tal S. Kulesh, al norte de la localidad de Kirensk, reportó lo siguiente al periódico “Sibir’ ”, de Irkutsk (el publicado entre 1906 y 1918), edición del 2 de julio de 1908, calendario juliano (15 de julio en nuestro calendario gregoriano):

En la mañana del 17 de junio [30 de junio], justo después de las 9 A. M., algún tipo de fenómeno natural inusual fue observado en nuestra área. En el poblado de N[izhne]-Karelinsk, (cerca de 200 versts [214 km] al norte de Kirensk) los campesinos vieron en el noroeste, muy alto sobre el horizonte, algún tipo de cuerpo brillando con una extraordinariamente intensa luz blanca azulada (tanto que no se podía mirar directamente), moviéndose desde arriba hacia abajo por el lapso de 10 minutos. El cuerpo tomó la forma de un 'tubo', es decir, cilíndrica. El cielo estaba sin nubes, sólo bajo en el horizonte en el mismo lado en que el cuerpo luminoso fue observado, fue notada una pequeña nube oscura. Hacía calor, estaba seco. Al acercarse al suelo (el bosque), el cuerpo luminoso como que se esparció, en su lugar se formó una enorme nube de humo negro y se escuchó un tremor extraordinariamente poderoso (no era trueno), como si fueran grandes piedras cayendo o disparos de cañones. Todas las estructuras temblaron. Al mismo tiempo una llamarada de forma indeterminada comenzó a abrirse paso desde dentro de la nube.” (reproducido por Vasiliev, N. N., Kovalievskii, A. F., Razin, S. A., Ehpiktetova, L. E., "Pokazaniia Ochevidtsev Tunguskogo Padeniia" ["Eyewitness Accounts of the Tunguska Impact"], Monografía, Universidad Estatal de Tomsk, Tomsk, 1981, citando a E. L. Krinov [alumno de Kulik], "El meteorito de Tunguska", Editora de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., Moscú, 1949. Relato traducido del ruso por Bill DeSmedt / Copyright  2004 © Amber Productions, Inc.).

Al quedarle claro el suceso de 1908, Kulik tomó el ferrocarril Transiberiano y llegó a la localidad de Kansk. Recolectando informaciones de los lugareños, para 1922 consiguió estimar que el objeto cayó en el región del río Tunguska Pedregoso, cerca de un río que desemboca en su margen derecha, el Vanavara, más concretamente en un pequeño tributario de la margen izquierda de este último, el río Ogniya. Este lugar se encontraba a unos 600 km más adelante. (Kulik, 1922, 1923, 1927, citado por Giuseppe Longo en "El evento de Tunguska", capítulo 18 del libro "Los impactos de cometas / asteroides y la Sociedad humana, un abordaje interdisciplinario", editado por Peter Bobrowsky y Hans Rickman, Springer, Berlin, 2007).

Cinco años después, en 1927, Kulik volvió a Siberia ya al mando de una bien preparada expedición.

El etnógrafo Innokentiy Suslov, que también exploraba esa región, pero con el objetivo de conocer mejor al pueblo nativo Tungush, escuchó en 1926 esta espeluznante historia de Stepan Chuchana, del clan Shanyagir, en el puesto de comercio de Strelka-Chunya, quien, junto con su hermano Chekaren, conversó con él ("Encuesta de los testigos de la catástrofe de Tunguska en 1926", en la colección "El problema del meteorito de Tunguska", Editora de la Universidad Estatal de Tomsk, Tomsk, 1967, páginas 21-30, reproducido por Vasiliev y otros, obra citada, traducido del ruso por DeSmedt, arriba citado):

Nuestro choum’ [especie de tienda de campaña de forma cónica] estaba en las riberas del Avarkitta. Antes del amanecer Chekaren y yo llegamos de la cañada Dilyushmo, donde nosotros habíamos estado con Ivan y Akulina [Lyuchetkan]. Caímos en un profundo sueño. De repente los dos nos levantamos de una vez: alguien nos había zarandeado para despertarnos. Escuchamos un silbido y sentimos un fuerte viento. Chekaren me gritó: ‘¿Escuchas como muchos ojos-dorados o mergánsares [especies de pájaros] pasan volando?’ Los dos estábamos todavía en el ‘choum’, sabe, y no podíamos ver lo que estaba pasando en el bosque. De repente alguien me zarandeó de nuevo, tan fuerte que me golpeé contra el poste del ‘choum’ y después me caí sobre los carbones calientes de la hoguera. Me asusté. Chekaren también se asustó, se agarró del poste. Empezamos a gritar papá, mamá, hermano, pero nadie contestó. Más allá del ‘choum’ había algún tipo de ruido, podíamos oír como los troncos de los árboles estaban cayéndose. Chekaren y yo nos arrastramos fuera de nuestras bolsas de dormir y ya queríamos saltar afuera del ‘choum’, pero de repente el trueno golpeó muy fuertemente. Aquél fue el primer golpe de trueno.”

El suelo comenzó a vibrar y a inclinarse, un fuerte viento golpeó a nuestro ‘choum’ y lo dio vuelta. Yo quedé atrapado bajo los postes, pero mi cabeza no quedó cubierta porque el ‘ellyun’ [especie de lona] se partió en dos. Ahí yo pude ver una aterrorizante maravilla: los troncos de los árboles están cayendo, sus hojas de aguja estaban quemándose, las hojas secas en el suelo se están quemando, el musgo para los renos se está quemando. Hay humo por todas partes, mis ojos me duelen, está todo muy caliente, me podría quemar todo.”

De repente, por encima de la montaña, donde el bosque ya se había caído, algo comenzó a brillar intensamente, y, le digo, era como si un segundo sol hubiera aparecido.”  

Leonid Kulik, armado con estos relatos, comenzó su segunda expedición en primavera, en una inútil tentativa de llegar antes de que la región se convirtiera en un pantano infestado de mosquitos. Desde la remota estación de ferrocarril de Taishet, usaron trineos tirados por caballos hasta alcanzar Keshma, donde empacaron más provisiones. Desde ahí les tomó hasta fines de marzo para llegar al pequeño poblado de Vanavara, sobre el río Tunguska Pedregoso. Éste era el último puesto de civilización antes de entrar en los bosques pantanosos donde Kulik calculaba había caído el meteoro, decenas de kilómetros más adelante.

El primer intento de alcanzar el sitio terminó prontamente por causa de una fuerte tormenta de nieve. Tuvieron que volver a Vanavara.

El segundo intento comenzó el 18 de abril de 1927. Tres días después llegaron hasta el río Chamb’e, donde cambiaron sus caballos por renos. Para ese entonces Kulik y sus asistentes ya estaban en mal estado, por las infecciones y la falta de comida adecuada.

Siguieron el Chamb’e por dos días hasta que llegaron al río Makirta, donde vieron los primeros signos de la explosión de hacía casi 20 años atrás. Siguieron moviéndose en dirección norte, hacia donde creían estaba el centro de la devastación.

Frecuentemente debían abrirse paso a hachazos a través de las ramas de los árboles caídos. Kulik notó que las copas de los árboles estaban quemadas, por causa de algo que parecería un súbito destello. El siniestro lugar aterrorizó a los guías nativos, que se negaron a seguir. Kulik tuvo que regresar de nuevo a Vanavara.

El 30 de abril, Kulik y dos guías (nuevos) partieron en la tercera tentativa. Esta vez construyeron balsas de río para desplazarse mejor. Así llegaron hasta cerca del sitio deseado. Prosiguieron a pie, y el 20 de mayo de 1927 Leonid Kulik y su gente finalmente llegaron a un bosque completamente derribado, plano, horizontal. Luego de una semana más de marcha adentro, establecieron un campamento. Kulik creía que el cráter que él buscaba debía estar muy cerca. Desde este campamento realizó varias expediciones hasta que terminó habiendo dando una vuelta en círculo completo por el área. Descubrió que todos los árboles apuntaban hacia fuera, de manera radial, así que buscó cuál sería el centro. Desde luego esperaba encontrar un cráter, pero en vez de eso, en el lugar que llamó “el Pantano Sur”, se vio a sí mismo frente al extraño espectáculo de un grupo de árboles quemados pero de pie, con sus ramas arrancadas, como columnas, justo en el centro de toda aquella devastación.

Kulik dirigió otras expediciones más a Tunguska, entre 1929 y 1938. En la última inclusive consiguió que se haga un extenso mapeamiento del local mediante fotografía aérea. Pero a pesar de sus esfuerzos, nunca consiguió encontrar su gigantesco meteorito.

En 1946, el teórico Aleksandr Kazantsev sugirió que la falta de fragmentos o de cráteres en Tunguska eran indicios de que la explosión sucedió en el aire.

Finalmente, en 1958 y 1961 la Academia de Ciencias de la Unión Soviética organizó las primeras grandes expediciones multidisciplinarias a Tunguska, con centenas de miembros, utilizando helicópteros y todo tipo de materiales de apoyo. Hubo otras expediciones importantes en 1959 y 1960, y nueve expediciones más hasta 1979. Con la caída del Comunismo comenzaron a llegar investigadores occidentales en buen número.

Uno de los problemas a resolver era el por qué un cuerpo con masa suficiente como para originar tamaña explosión no consiguió llegar hasta el suelo, habiendo sido frenado por la atmósfera. Por ejemplo, un cometa no habría llegado al suelo, por ser menos denso que un asteroide, pero justamente por eso no liberaría tanta energía como la detectada en sismógrafos y barógrafos por toda Europa y Asia el 30 de junio de 1908.

En 1994 un equipo liderado por Giuseppe Longo consiguió finalmente aislar, en la resina de árboles que sufrieron la explosión, minúsculos granos sólidos. El análisis por espectrómetro de rayos X mostró elementos químicos típicos de asteroides pedregosos, aunque hay mucho que hacer aún.

La mayoría de las suposiciones sobre Tunguska asumían que la explosión se desencadenó instantáneamente partiendo de un punto en el centro. Sin embargo, en 1997 Mark Boslough y David Crawford, después de observar el choque del cometa D/1993 F2 (Shoemaker-Levy 9) con Júpiter en 1994, propusieron un modelo en el cual el cuerpo se va desintegrando a medida que penetra en la atmósfera, hasta que al final lo que choca contra el suelo es una masa de gases calientes, suficiente para causar todo el daño visto en aquel bosque. ¿Y qué tan grande era ese cuerpo a la deriva? En el caso de Tunguska, algunas decenas de metros. Algo común y rutinario en la inmensidad del Sistema Solar.

A. L.

Si usted desea compartir este artículo con otras personas, podrá establecer un link de Internet, pero no deberá copiar ninguna parte de esta página. Copyright © 2008-2011. Se prohíbe la reproducción. Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en ABC Color, el 3 de agosto de 2008. Fotografía: Extraordinario espectáculo de un bosque en posición horizontal, Tunguska, Siberia, U.R.S.S., 1927. Se calcula que unos 80 millones de árboles fueron derribados por el meteoro de Tunguska. Crédito: Expedición de 1927, liderada por Leonid Kulik, de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S.

Durante varios siglos, comenzando con el Tratado de Tordesillas en el siglo XV, España y Portugal intentaron poner los límites de sus posesiones en América. Varias veces los tratados fueron rotos y varias veces se firmaron nuevos tratados de paz, y se reanudaron las negociaciones para nuevos y nuevos límites. El último tratado fue el Tratado de San Ildefonso, a fines del Siglo XVIII, firmado en la península ibérica pero con la salvedad de que debían reconocerse las tierras “in situ” para confeccionar los mapas definitivos.  Para eso fueron mandados Félix de Azara y colaboradores hasta el corazón de Sudamérica. Azara fue uno de los grandes científicos de la historia: por ejemplo, él ha sido honrado nada menos que con su nombre en la Luna: una cordillera llamada el Dorsum Azara. También, varios animales y plantas descubiertos por él en tierras sudamericanas llevan su nombre.  Hoy en día los mapas se confeccionan con fotografías aéreas o satelitales, pero en aquella época la única manera de hacerlo era llegar hasta cada rincón a lomo de caballo, en canoa e inclusive a pie, y tomar su latitud y su longitud, con instrumentos precarios pero con mucha inteligencia e ingeniosidad. Es así que los cartógrafos eran verdaderos aventureros. Por eso, por ejemplo, Azara pudo describir muchos animales y plantas desconocidos hasta ese momento, y por supuesto, nuevos ríos, cerros y cataratas. Como detalle importante, Azara y sus compañeros fueron unos de los primeros europeos en llegar a los Saltos del Guairá, la catarata más caudalosa del mundo.  El libro no se centra sólo en las expediciones a las fronteras del Paraguay, sino que también a las del norte de Argentina, el norte de Uruguay, por supuesto de Brasil, y en menor medida, la frontera con Bolivia. Es muy notable que Azara, cuando ya había recorrido todos los rincones, midiendo distancias, superficies, puntos de referencia, etc., trata de convencer al Virrey, y por medio de éste al Rey de España, de revisar una vez más el Tratado con la Corte de Portugal, puesto que había varios asuntos que en el Tratado no habían sido tomados en cuenta, por ejemplo, ríos de los que se tenían vagas noticias en la península ibérica pero que “in situ” se descubre que o bien no existían o que estaban en lugares muy diferentes de lo que decía el Tratado. Advertía Azara, con mucha preocupación y hasta digamos que clarividencia, de que si estos "impasses" no se solucionaban de una vez por todas se tendrían consecuencias nefastas en el futuro.  Y en efecto, la Guerra de la Triple Alianza e inclusive la Guerra del Chaco tuvieron, como algunos de sus motivos, las cuestiones de límites.  Como se hablaba de cuestión de límites, en muchas partes del libro se citan antecedentes, como por ejemplo las exploraciones realizadas por los jesuitas y la fundación de sus reducciones, las primeras expediciones españolas en busca del Potosí, y, como los límites finales sólo fueron resueltos en la época independiente, aparecen algunos detalles de los tratados de límites después de la Guerra de la Triple Alianza, el Laudo Hayes, los límites después de la Guerra del Chaco, e inclusive detalles del Tratado de Itaipú de cómo quedarían las fronteras después de la creación del embalse.  A pesar de las numerosas explicaciones técnicas que se van dando a través de las páginas, se intenta mantener ese sabor de aventura, porque eso fue realmente lo que hiceron Azara y sus compañeros: una gran odisea por tierras desconocidas.  Este libro no sólo va a interesar a personas que gustan de la historia de Paraguay, sino tambén la de España, de Portugal, de Argentina, de Uruguay, de Brasil y un poquito de Bolivia. Y por supuesto, por el carácter científico de las expediciones, también interesará a personas que gustan de la Astronomía, la Topografía, la Geografía y la Cartografía. En todos los casos, las explicaciones se dan de la manera más accesible posible, apta para todo público.